Todos lo saben (0)

  25 Septiembre 2018

Listos que son

todos lo saben-1Asghar Farhadi debutó en el largometraje con A propósito de Ely, una más que interesante ópera prima. Tras ella llegó la que es su obra maestra, Nader y Simin, una separación, reconocida por todas partes y premiada con el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. A partir de ahí comenzó a colaborar con productores europeos e intentó abundar en la fórmula introspectiva que le valió el éxito, cayendo en un manierismo cada vez más acusado, lo que no fue óbice para que Hollywood volviera a premiarle, esta vez por su coproducción con Francia El viajante. Y ahora esto.

Cuando Woody Allen vino a rodar a España Vicky, Cristina, Barcelona pensó para el personaje interpretado por Javier Bardem el oficio de torero. Luego alguien debió decirle que torero y Barcelona no combinaban muy bien, y lo enmendó transformándolo en artista. Mucho mejor, dónde va a parar…

Farhadi, en esta incursión española, opta por lo racial, por el drama desaforado, quizá influenciado por el cine de Almodóvar enriquecido, tanto monta, monta tanto, con el frenesí de los culebrones mexicanos y anexos. Y así, recogiendo de aquí y de allá, compone un batiburrillo en el que buscar coherencia se convierte en una quimera inalcanzable.

Ya desde el mismo planteamiento hay algo que no funciona. La España profunda, rural, adusta en la que la acción tiene lugar debería tener una significación en lo que allí ocurre, una corriente de trasmisión que perfilara la historia. Pero nada de eso. El marco se limita a algunos planos de las viñas y poco más, y la contención que debería propiciar es en realidad un torrente de emociones a flor de piel y una colección de individuos que no tienen ningún pudor en expresar lo que sienten, y que aquello que deberían esconder e insinuar directamente no existe, porque la capacidad de sugerir, de segundas lecturas (que quizá se pretendan) es nula.

Y eso lo vemos desde el principio. Toda la secuencia de la llegada, y sobre todo de la boda, es demencial. Al director parece atacarle una especie de horror vacui que le hace establecer un ritmo frenético en la narración. Los personajes van y vienen sin respiro, recogiendo todos los tópicos habidos y por haber. Es posible que las bodas sean tal y como quedan recogidas en la película, pero aquí chocamos con el viejo dilema entre la verdad y la verosimilitud. El resultado no es una boda en la que quienes intervienen están viviendo ese momento tan singular, sino un conjunto de personajes simulando que están en una boda y reproduciendo todo lo que se supone que en tales circunstancias debe ocurrir. En resumen, un aparatoso guiñol sin ninguna credibilidad.

Eso nos lleva algo más de media hora. La hora larga que queda será para la tragedia. Con ella se cambia la perspectiva, pero no el resultado. Una metáfora, la tormenta (manida como todas las que utiliza: la paloma atrapada en la torre del reloj, la limpieza final de la plaza), sirve para poner fin a la alegría e iniciar el drama. No hay matices ni evoluciones, ni siquiera un mínimo desconcierto que les permita a los actores construir algo digno. La bomba estalla y la película recomienza.

Los actores, en realidad, dan pena. Unos porque se ven obligados a cargar con un mamotreto (léase argumento-guión-dirección) que no merecen. Otros porque semejante engendro pone a la luz sus carencias, y los otros, quienes más suerte han tenido, porque asumen un rol tangencial y arquetípico que tampoco les exige demasiado y casi les permite pasar desapercibidos.

Entre los primeros está Penélope Cruz, de quien tenemos constancia de sus dotes como actriz. Pero aquí, la pobre, ha de limitarse a poner cara compungida y a llorar siempre que tiene ocasión, cuando no a protagonizar escenas tan bochornosas como aquella en la que sube por la escalera llamando a su hija desaparecida, mientras los demás la contemplan haciéndose cargo de la situación, comprensivos que son…

Algo parecido ocurre con Eduard Fernández, con quien tenemos la impresión de verlo maniatado, encorsetado en un personaje que no deja expresar ninguna de sus cualidades actorales, y a quien le obligan, para más inri, a pronunciar la frase aquella de los extranjeros que le roban el trabajo a los de aquí, para que no falte el toque comprometido con la actualidad.

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Otra cosa es Javier Bardem. No esperábamos mucho de él, pero tampoco había necesidad de ponerlo tan a las claras. Su trabajo es demencial de principio a fin. Verlo ejercer de detective improvisado resulta sonrojante, y notar su abatimiento cuando se entera de que tiene una hija (¿nunca lo había siquiera sospechado?, ¿ni lo más mínimo?, porque algo haría…) produce una lástima infinita, pero no por el personaje que corre a vender todas sus propiedades (?), que previamente había adquirido con artes dudosas (??), para salvar a su hija (???), sino por él mismo. Cuanto más melodramático pretende ser más risa provoca. No hace falta abundar mucho más.

¿Y el pobre Darín? ¿Cómo se le puede dar un personaje así? ¿Por qué se le exige que pronuncie esos textos? ¿Por qué aceptó? ¿Sólo por dinero? No se puede, en alguien de su nivel y prestigio, poner en riesgo el buen nombre de esa manera.

No recuerdo una película en la que los diálogos (y los monólogos, que no escasean) estén tan mal declamados como en ésta. Eso no puede deberse a los actores, quienes han demostrado en otras ocasiones que tienen mucho más oficio. Por lo tanto sólo cabe pensar en dos cosas: en lo demencial del texto, responsabilidad también, según atestiguan los créditos, del propio Farhadi, o en el hecho de que el director no conoce el castellano, y por lo tanto difícilmente puede captar la falsedad que impregna todo lo que se dice. Es como si hubieran aceptado las tomas falsas, como si interpretar equivaliese a leer el guion, y claro, es algo más. Si el director era incapaz de detectarlo alguien debió encargarse de eso, pero no lo hizo, o lo hizo mal, y ahí está el resultado.

Es evidente que la leve intriga que arma la película es lo que menos interesa a su autor, volcado en poner sobre el tapete el pasado de los personajes allí reunidos, todos con algo que exponer, por cierto. Y así asistimos a una sucesión de proclamas de cada uno de ellos, con escenas tan horrorosas como aquella en la que todos, sentados a la mesa, se cantan las verdades del barquero, o como las del padre medio borracho medio loco, haciendo de pepito grillo. Al final cada uno tiene su momento de gloria (gloria incierta, desde luego), dice lo que tiene que decir, y se queda tranquilo. Cuando todos han pasado por esa especie de confesionario ya no da el relato más de sí y hay que acabar con todo aquello.

La resolución de la trama está a la altura de todo lo demás: Una nadería añadida a otras muchas.

El esqueleto ya se cae por sí mismo. El aparente drama que se cuenta es una bobada sin pies ni cabeza. Unos cuantos tópicos mal hilvanados que de ninguna manera justifican la tragedia desatada. El criado que se hace con las tierras de los señores venidos a menos, aunque tampoco tanto, o no se explica, porque el marido de quien vende es un potentado, la relación de tal criado y la señorita, la marcha de ésta a Argentina y su vuelta de visita, la infidelidad. Hasta la presencia de la religión opresora. Y también, claro, los oportunos toques progresistas, como el señalado respecto a los inmigrantes o esa frase impresionante en boca de Bárbara Lennie: «la tierra es de quien la trabaja».

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Como la acción tiene que durar el tiempo suficiente para que cada uno diga la suya, es imprescindible que la policía no actúe, algo, por otra parte, que habría acabado con el problema en un plis plas, y para ello se saca de la manga dos cosas: El pasado, con otro secuestro que acabó mal (qué bochorno de escena esa en la que Penélope Cruz pregunta qué pasó y nadie se hace el ánimo de decirle la verdad) y ese policía retirado que da consejos gratis (más bien inútiles) y que tampoco avisa a la policía. En fin…

Pero lo interesante del caso está (debería estar, quiero decir) en ese entramado de secretos que recorre la película, y que en realidad es sólo uno, el que afecta a la paternidad de la secuestrada, y que parece ser vox populi, como el título se encarga de recordarnos. Pero, ¿cómo lo saben?, ¿quién se lo ha dicho? Los protagonistas del hecho no. Y entonces, voilà, se resuelve la cuestión: Es que la niña es muy revoltosa, y observándola los vecinos han deducido la relación filial. Sí, observando a una niña un poco alocada (de ahí las secuencias forzadísimas de la moto y el campanario) que vive en Argentina y que ha ido un par de veces por el pueblo de vacaciones. No hace falta más. Todos lo saben.

Podríamos seguir con las incoherencias (la aparición inmediata del padre, como teletransportado, desde la lejana Argentina), los subrayados (el inserto de las botas manchadas de barro, que, sin ninguna sospecha previa, parecen interpretadas en su justo significado por la madre, y es que a las madres no se les escapa una) o el abandono de los personajes (los novios, los suegros…).

Pero nada como la resolución del misterio. No hablamos ya de la decisión de pagar por encima de la opinión de su mujer, de soltar la pasta, sino de la manera en que la película decide quién y cómo es el culpable, como apresurándose a poner fin a todo aquello de cualquier manera porque no hay tiempo para más, y sobre todo de la manera en la que se produce el rescate, con esa escena en el puente que parece competir con todo lo anterior por el premio a lo más absurdo.

Al principio parecía que la película podría transitar un camino sugerente, o quizá fue sólo una impresión debida a la ingenuidad del espectador influida por otros momentos brillantes en la filmografía de Farhadi. Me refiero a ese juego con el tiempo y su poder que se insinúa en las primeras imágenes, con el mecanismo del reloj de la torre, y que se confirma en la escena en la que se explica el paso del mosto al vino. Pero ahí queda todo.

Si había una posibilidad de recorrer otro camino, queda por completo abandonada. Lo que al final vemos es lo que hay.

Escribe Marcial Moreno  

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