Los amores cobardes (1)

  21 Septiembre 2018

A veces, enfatizar en demasía hace que algo pierda su sentido

los-amores-cobardes-1Los amores cobardes es una película de bajo presupuesto, y se nota. Sin embargo, esta afirmación no debe entenderse con una connotación negativa, es tan solo un hecho. Además existen múltiples filmes rodados con escaso dinero de gran calidad cinematográfica, tanto de contenido como de forma.

En el caso de la opera prima de Carmen Blanco podríamos decir que en lo técnico se defiende. Es cierto que existen desenfoques continuos y también un extraño montaje de sonido, por citar un par de ejemplos, pero son errores en cierta medida excusables para una obra tan temprana y de estas proporciones. Lo que quiero decir es que en realidad no encontramos ningún fallo técnico garrafal.

Pero si acudimos al ámbito del fondo y de la forma, es decir aquello que cuenta el film y cómo lo cuenta, nos encontramos con otro cantar. Es muy evidente la intención de la directora y se notan constantemente sus ganas de ser poética y melodramática. Parece que Los amores cobardes nos repita una y otra vez “quiero ser una película bonita”. También son de una tremenda obviedad las escenas en las que Carmen busca la lágrima o la risa fácil. Tampoco ayuda mucho ese doble final donde se hacen más notorias todavía estas pretensiones.

Lo anterior se manifiesta a través de las herramientas que la directora utiliza para contar su historia. Herramientas que más que narrar parecen recargar la obra. La música que suena a lo largo de todo el metraje es un claro ejemplo. Otros serían los diálogos y el tono de los intérpretes. Y es que muchas de las conversaciones que mantienen los personajes son forzadas y antinaturales. Ello se puede ver claramente cuando la protagonista y su ligue hablan de pintura, cuando ella visita al psicólogo o cuando se ponen recuerdos en la boca de cualquiera de ellos. El resultado es a mi parecer un acting artificial que se aleja de lo espontaneo y de lo sencillo.

Antes decía que en lo técnico la obra se defendía, y creo que ese juicio también se puede aplicar a la dirección de Carmen Blanco. Digo esto porque no he sido capaz de atisbar ningún intento de lenguaje cinematográfico más allá del básico, tan solo una sucesión de planos simples y vacíos. A pesar de ello el filme funciona y es fácil de seguir, y no es esto lo que me desagrada, sino el no poder advertir ningún tipo de inquietud cinematográfica, aunque puede que esto último sea totalmente culpa mía.

Pero si acudimos al resultado, es decir a la obra en sí, podemos observar cómo todas las conversaciones están resueltas con un plano de presentación seguido de un plano-contraplano, todas. También vemos cómo que cada vez que los personajes se mueven de un lado a otro Carmen utiliza un plano medio-corto de seguimiento dorsal —desde atrás de los personajes— que deja desenfocado todo menos al actor o actriz. A su vez, cuando la protagonista se encuentra haciendo alguna tarea en solitario la directora hace un uso excesivo de los jump cuts  para expresar el paso del tiempo. Y para evidenciar el paso de una parte de la película a otra utiliza una y otra vez los fundidos a negro.

Aun así, y puede que en oposición a todo lo expuesto anteriormente, creo que esta película —a la cual le encaja a la perfección la etiqueta de cine independiente para adolescentes— merece la pena más que otras tantas que se estrenan hoy en día.

Guste o no guste, Los amores cobardes manifiesta las ganas de una persona que desea hacer cine y transmitir historias, emociones, sensaciones. Ojala se dieran más oportunidades a los directores y directoras noveles para poder disfrutar más a menudo de operas primas frescas y miradas nuevas.

Escribe Pepe Sapena 

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