Rodin (2)

  08 Septiembre 2018

Un oso polar de pie

rodin-1Auguste Rodin murió en 1917. Un siglo después el director francés Jacques Doillon recupera su figura y conmemora la efemérides con esta película-homenaje, al artista y al hombre, que hace un recorrido creativo, emocional y sentimental por la segunda etapa de su vida. La película explora el pensamiento artístico del creador e indaga en las inseguridades y las certezas del proceso creativo y en los propios sentimientos de un artista controvertido, visceral y autodidacta, adelantado a su tiempo y no siempre comprendido.  

La acción comienza en 1880, cuando Rodin (Vincent Lindon) con cuarenta años recibe el encargo del Estado de realizar La puerta del infierno. Ya por entonces trabajan en su taller numerosos aprendices, algunos de ellos mujeres, entre las que se encuentra la joven Camille Claudel (Izïa Higelin) a la que conoce en 1883. Con ella habla y reflexiona sobre arte. No es cualquier interlocutora. Es una mujer con talento cuya personalidad le atrae y le apasiona hasta convertirla en colaboradora, musa y amante intermitente durante los próximos diez años de su vida. Después de su ruptura seguirán sus desahogos puntuales con otras mujeres, modelos y aprendices. Y en el trasfondo, su relación permanente con Rose Beuret (Séverine Caneele), la mujer tosca, sencilla y reservada que le acompañó toda su vida y con la que se casó pocas semanas antes de morir.

La historia se encargó de ligar la vida y la obra de estos dos artistas inmortales. Pero mientras la figura de Rodin fue reconocida en su época y por la posteridad, la de Camille fue ignorada en su momento y tuvo que esperar a ser recuperada, a finales del siglo pasado, por parte de la vanguardia feminista que se ha encargado de dar valor a su obra y ha visibilizado su trayectoria artística y personal. 

El mundo del cine ha reivindicado su figura con dos películas que abordaban la vida y tormento de la escultora: La pasión de Camille Claudel (1988), de Bruno Nuytten, y Camille Claudel 1915 (2013), de Bruno Dumont. En la primera, un biopic a la manera hollywoodiense, Isabelle Adjani y Gérad Depardieu recreaban la apasionada y conflictiva relación de la pareja. En la segunda, una insuperable Juliette Binoche componía un retrato descarnado y brutal de la malograda artista ya internada en un manicomio por su propia madre.

En esta ocasión Doillon erige a Rodin en figura protagonista permitiendo al espectador indagar en la naturaleza creativa, soberbia y algo salvaje del personaje.

El metraje obvia su etapa de formación y recorre los años que le consolidaron como genio universal y padre de la escultura moderna. Gran parte de él lo dedica a su relación tanto creativa como personal con Camille; sus reflexiones y conversaciones sobre arte, su colaboración profesional y la contradicción emocional que ella le provocaba: pasión arrebatadora hacia la mujer y rivalidad con la artista: “Te amo como Camille pero te odio como Claudel”, le dice cuando su relación se deteriora.

Pero también nos deja vislumbrar la fuerza de un artista incansable siempre a la búsqueda de dar una mayor expresividad a la materia. Sus obras estaban tan vivas que le costaba darlas por concluidas. En cierto momento de la película dice: “Hay demasiada vida en mi escultura”. Esa vitalidad es lo que hace que muchas de sus obras estén sin terminar. Así, en otra ocasión, expresa la belleza de la obra de arte inacabada como lo está un árbol, las catedrales o algunas obras tardías de Miguel Ángel. Una concepción de la obra como un proyecto continuo que respira en su inmovilidad el aire del paso del tiempo.

Aunque el orden de la historia es cronológico, la película la conforman una serie de secuencias separadas por transiciones introducidas por grafismos, en un discurrir elíptico que busca más la semblanza que la introspección.

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Rodin es una película con pocas pretensiones esteticistas, con una puesta en escena naturalista, de planos fijos y tonos fríos, sin música ni adornos suplementarios, que despliega una mirada  distante, falta de intensidad y sin empatía emocional con sus personajes.

Se obvia el contexto social de la época, al que dedica apenas unas pinceladas —como el encuentro con Monet y Cezanne o su relación con Octave Mirbeau o Rilke, por ejemplo—, que resultan insuficientes para abordar a un personaje tan controvertido socialmente en su momento, pero tan en consonancia con el carácter poco sociable de Rodin.

Por sus secuencias desfilan episodios concretos, más o menos significativos, de la trayectoria del artista, algunos relacionados con encargos de obras emblemáticas (Los burgueses de Calais, el busto de Víctor Hugo o la escultura de Balzac, a la que dedica una atención especial) y otros con momentos puntuales de su vida personal, como su desagradable encuentro con el hijo no reconocido que tuvo con Rose, al que reprocha que le llame papá.

Respecto a su trabajo artístico, la película ilustra con gran naturalismo las distintas fases del proceso creativo, las dudas, certezas y reflexiones que lo jalonan, muchas de las cuales eran producto, como se muestra, de las elucubraciones conjuntas con Camille. En esta parte tan descriptiva, que se desarrolla sobre todo en el taller, vemos al artista en plena efervescencia creadora tomando decisiones y aplicando técnicas características de su propio acervo como  dibujar sin mirar el papel o la mutilación e intercambio de las cabezas de las esculturas.

La sorprendente, por inesperada, escena final rompe, de golpe, el pacto de ficción con el espectador. Le traslada al presente y le pone en comunicación directa con una de las obras más controvertidas de Rodin, hoy plenamente aceptada, en un manifiesto homenaje a su modernidad y talento transgresor.

Escribe Leo Guzmán

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