El viaje de Nisha (3)

  03 Septiembre 2018

Choque de culturas

el-viaje-de-nisha-1En estos tiempos de corrección política, en los que los guardianes del pensamiento fetén están ojo avizor para detectar desviaciones inaceptables, llega a sorprender encontrarnos con la dureza de una película como ésta. Y no porque lo que plantea no sea un problema real, censurable y de sobra conocido, sino porque el tacticismo intenta disimularlo buscando evitar ofensas, tender puentes hacia la infamia, golpearse el pecho de la culpabilidad sin atender al horror que mientras tanto va haciendo su camino. Interculturalidad lo han llamado algunos.

Lo que se plantea es, dicho sin rodeos, el choque de dos culturas en el que una de ellas es opresiva y la otra respetuosa, sin medias tintas, sin equidistancias. Y ahora el burgués acomodado frunce el ceño, apela al matiz, busca la otra cara, el reverso que ponga en cuestión tanta firmeza, porque la bondad y la maldad se han convertido en conceptos líquidos que ocupan vasos comunicantes. De ahí la sorpresa.

Lo que ocurre es que en este caso el concienciado y respetuoso occidental lo tiene un poco más difícil, pues quien cuenta la historia es alguien que la ha vivido de manera directa, que no necesita explicaciones teóricas que le aclaren los conceptos, pues los hechos son de una contundencia irrebatible. Y es entonces cuando surge la extrañeza. Tristes tiempos en los que tal cosa es posible.

La directora, Iram Haq, cuenta su propia experiencia, la de una joven de origen paquistaní, con una familia atenta a las tradiciones y a los preceptos de su cultura, pero viviendo en Noruega, el paradigma de la libertad y el respeto a los derechos individuales. Y a partir de ahí, claro, el conflicto.

Dos líneas maestras pueden encontrarse en la exposición minuciosa de los hechos. En primer lugar, la claridad con la que las posturas están definidas. No hay lugar a dudas: Están los opresores y los oprimidos, y la base sobre la que se sustenta esa opresión es la concepción arcaica de una cultura que no respeta la dignidad de sus miembros, que está sometida al qué dirán y que no es capaz de defender los derechos individuales frente a la opresión social.

La descripción del monstruo está realizada con sencillez y elegancia, tanto en Noruega como en Pakistán, donde la joven es enviada para regenerarse. La distribución del trabajo por sexos, la forma de vestir, los círculos cerrados… Todo ello va colocando en su sitio los roles de cada uno.

Pero ni siquiera es panfletario. Incluso en esa familia tan tradicional existen pequeñas válvulas de escape que matizan la opresión. El hecho de que la joven estudie con el apoyo de sus padres, o algunos otros detalles van mostrando el esfuerzo para asimilarse a la sociedad de acogida. Hasta que llega el umbral infranqueable y se desencadena la tragedia.

Y es aquí donde podemos encontrar el peculiar matiz que introduce la película y que complementa la contundencia del planteamiento. Una línea inestable entre la denuncia implacable y la comprensión en la que brilla el personaje del padre. No hay discusión alguna del carácter de víctima de la joven Nisha, pero lejos de presentarse como sometida, sin más, a sus despóticos padres, la descripción de su progenitor sitúa el problema en sus dimensiones exactas. No es tanto una persona la responsable de sus males (en ese sentido la madre, más de una pieza, no es más que el vehículo para situar las características culturales opresoras), sino una estructura mental de la que también el adulto es víctima. El sufrimiento de ese hombre, sus contradicciones, su debilidad ante las presiones que no puede dominar, están descritas de una manera excelente, aunque nunca hasta el extremo de apuntar una justificación a su modo de obrar que en ningún caso es admisible.

El modelo narrativo que desde estos postulados adopta la directora se asemeja mucho al de una película de terror. La cámara se compromete con la mirada de la protagonista para vivir con ella la incredulidad y el miedo que se van apoderando de la joven a medida que se suceden los acontecimientos que la desbordan. El rostro de Nisha (maravillosa la actriz que la encarna), sin apenas gesticular, va transmitiendo el viaje al infierno en el que irremediablemente se ha embarcado. Y también el ansia de redención, el apego a la vida, que florece en el amor con su primo, el cual es destruido sin contemplaciones, añadiendo aún más crueldad a su desgracia. Ahí está el riesgo y al mismo tiempo el valor de la película: recorre el camino que se traza de antemano sin permitirse ninguna concesión.

En algún momento se detectan ciertas inconsistencias que no deben empañar la solidez del conjunto: sea la facilidad con la que el padre, en el aeropuerto de Oslo, consigue sacar a su hija del país; sea el error que cometen los jóvenes en prodigarse sus caricias en la vía pública, sin sospechar, o menospreciando, el riesgo que asumen; sea, en fin, la facilidad con la que Nisha envía el mensaje por Facebook y la intrascendencia que tiene. Son detalles disculpables.

El final podría ser contemporizador, pero no lo es. Lejos de buscar una solución de compromiso la película lleva hasta sus últimas consecuencias el plan establecido y permanece fiel a él. La joven huye de su casa y se adentra en la fría Noruega. Esa es la opción que se defiende, la única salida.

Y mientras en su casa queda el padre, una víctima más, como queda su hermana pequeña, cuyo plano de despedida aventura un futuro incierto, la necesidad de una salvación que no sea individual sino colectiva.

Escribe Marcial Moreno  

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