Blackwood (2)

  06 Agosto 2018

La dificultad de crecer

blackwood-1El cine de género establece una complicidad con el espectador en base a una estructura reconocible que sistematiza diferentes elementos comunes que se van repitiendo filme a filme hasta crear un corpus estandarizado que permite adscribir una determinada película a un género concreto.

En muchas ocasiones la propia pertenencia a un género o subgénero es suficiente para articular el relato. En otras, las más interesantes, la adscripción a un género es simplemente el elemento de partida y el filme va más allá del estricto terreno que esperamos para crear una obra propia que habla de otros temas. 2001, una odisea del espacio, encuadrada dentro de la ciencia ficción, es un filme que se escapa a los códigos del género para explicar la evolución y el sentido del ser humano; las películas de John Ford, siguiendo las pautas del género del oeste, muestran un universo complejo  y juegan con el drama o la comedia elevándose por encima de ese propio género.

En el cine de terror, Halloween de John Carpenter, redefine y lanza los códigos del subgénero de psyco-killers, aunque en realidad el tema principal del filme, de lo que trata realmente, es el miedo y cómo éste puede surgir en cualquier instante, fundamentalmente asociado al momento en que uno crece, y para eso utiliza el envoltorio de una película de terror.

Blackwood (Down a dark hall, 2018), el reciente trabajo de Rodrigo Cortés, se inscribe dentro del género de terror gótico con elementos identificables como son una gran mansión, unas protagonistas adolescentes, una directora que se asemeja a una institutriz y apariciones fantasmagóricas. Todo ello trenzado en un guión que parte de un antecedente literario, la novela Down a dark hall que Lois Duncan escribió en 1974.

Lois Duncan es una escritora estadounidense, fallecida en 2016, conocida fundamentalmente por sus libros de suspense y misterio dirigidos a público juvenil. Suya es la novela Sé lo que hicisteis el último verano, adaptada al cine. Algún otro título suyo también se ha llevado al cine como Hotel para perros. La editorial española Nocturna, coincidiendo con la adaptación cinematográfica, acaba de realizar el lanzamiento de Down a dark hall bajo el título de Blackwood.

Tenemos por lo tanto una apelación al relato de misterio protagonizado por adolescentes. Kit (Anna Sophia Robb) una joven con problemas es internada por sus padres en Blackwood, una institución académica que cuenta solo con cuatro estudiantes, dirigida por una férrea directora, Madame Duret (Uma Thurman).

Sin embargo, el planteamiento del filme es, asumiendo su origen, intentar ir más allá para contar una historia que transciende el simple modelo de suspense adolescente basado en los sustos. Al margen de la línea argumental, el sustrato que va emergiendo es un relato en el que las protagonistas, cada una de ellas tocada con un don, deben asumir el esfuerzo que supone el desarrollo de la creatividad y el talento. Un peaje que hay que pagar por superar una etapa, por alcanzar las metas futuras, y que abre un abanico de temas como la perdida de la inocencia, la transición al mundo adulto o la necesidad de cerrar etapas anteriores.

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Para poner en imágenes esta propuesta, tenemos un doble tratamiento formal. En la primera parte del filme, el modelo de narración remite al clasicismo cinematográfico, pudiendo encontrar similitudes con el Hitchcock de Rebeca o la recreación escénica de la Hammer (mansión gótica, paisajes cargados de sentimiento, atmósfera de misterio). Aquí encontramos un tratamiento del lenguaje cinematográfico que subraya al espectador los hechos de la trama a través de  los movimientos de cámara y el juego con la planificación.

Los movimientos de cámara a los rostros de los personajes, el trabajo con la composición escénica de los personajes (Madame Duret siempre físicamente por encima de sus alumnas), la planificación con planos cortos seguida de un gran plano general cuando Kit entra en la mansión  ante la mirada de su madre y su acompañante en el que se muestra claramente la sensación de miedo y soledad que siente la joven cuando va a entrar en Blackwood… son diferentes ejemplos que nos muestran la potencia de la imagen para transmitir sentimientos más allá del diálogo.

En la segunda parte del filme, cuando la historia vira hacia el lado más oscuro, la realización nos presenta unas imágenes acordes con el ambiente opresivo que sufren las adolescentes, con un cambio de fotografía y  un montaje más nervioso, que termina transmitiendo el caos en el que se van introduciendo los personajes.

Es el momento en que la presencia de esa gran casa comienza a ganar protagonismo. El espacio arquitectónico, las estancias y los pasillos se convierten en un personaje más. Los decorados adquieren importancia orgánica para recalcar el misterio y el terror siguiendo un uso narrativo como el que hemos visto en obras de Polanski (Repulsión) o Kubrick (El resplandor): un espacio escénico que transmite la opresión y la angustia que sufren internamente los personajes.

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El uso del espacio como recurso escénico no es ajeno a la concepción estética de las películas de Rodrigo Cortés; era determinante en Buried (2010) donde constituía el elemento esencial, pero el uso de los espacios como las habitaciones o el teatro era muy evidente también en Red lights (2012).

En ese entorno, las protagonistas adolescentes deben afrontar el reto y enfrentarse a sus miedos. Especialmente Kit tendrá que sufrir y luchar, asumiendo todo aquello que tiene que dejar atrás para crecer, para evolucionar. De esa forma, la película parece trazar un círculo uniendo principio y fin.

Y teniendo en cuenta todo este planteamiento, el problema que surge con Blackwood es que el guión no colma las expectativas, no es capaz de hilvanar todas las propuestas que se lanzan. La conjunción de los problemas personales que arrastra Kit, la metáfora sobre el esfuerzo de la creación y el peaje que hay que tributar para conseguir la obra perfecta, unido a la convivencia con los propios recursos del género fantástico, terminan distorsionando el discurso y aportan cierta confusión sobre lo que se nos quiere contar.

Muchos frentes abiertos que dejan a gran parte de los personajes (el resto de las alumnas, los profesores, la directora) excesivamente planos, sin matices. Parece que el cuidado en el tratamiento formal se ha impuesto sobre el contenido y, como la propia película muestra, la capacidad destructora de la creación, de la obra de arte, es capaz de llevarse por delante  la propuesta.

Nos queda una obra que supone otra vuelta de tuerca en el universo creativo del autor de Buried, que añade otra capa a sus obras anteriores pero, al igual que ocurría en Red lights, quizá la escritura del guión termina lastrando el resultado final.

Escribe Luis Tormo  

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