Happy End (2)

  26 Julio 2018

Final abrupto

happy end-1Un año después de su paso por el Festival de Cannes llega a nuestras pantallas la última película de Michael Haneke, Happy End, un final feliz entre ambiguo y sarcástico, que abre incógnitas y perspectivas, y que da pie a digresiones, más retóricas que otra cosa, sobre sentidos y expectativas.

El director austriaco, cada vez más afrancesado, vuelva a su temática más querida. Pocas veces se ha permitido desviaciones. De nuevo se propone indagar sobre el mal en el seno de una familia burguesa, mostrando la miseria moral que corroe sus entrañas. No es ni mucho menos un tema original de este autor, pero su estilo visual y su persistencia constituyen como una especie de marca de agua que identifica, casi sin ninguna duda, sus obras. También aquí utiliza la mirada gélida, distante, expositiva, intentando dejar que los hechos hablen por sí mismos.

Pero los logros no están a la altura de otros hitos. Quizá ése sea el reverso de la marca de fábrica. Se crea un prejuicio, en este caso positivo, a la altura del cual no es siempre fácil estar. Al mismo tiempo la persistencia temática de su cine contribuye a establecer comparaciones y a mostrar, por tanto, los declives.

Desde este punto de vista, Happy End adolece de fallas que en sus anteriores obras, de existir, eran menos detectables. En primer lugar la entidad de la historia, la intensidad de lo narrado. Dicho de otro modo: a los malvados de la familia protagonista les falta maldad. Cierto es que nos encontramos con una tierna y peligrosa psicópata, pero el tratamiento que recibe atenúa su trastorno. Incluso en un momento dado cede, no se sabe muy bien si de forma irónica, a apelar a un sentimentalismo que la humaniza hasta la vulgaridad.

Por otra parte, la misma forma de presentar sus fechorías, a través de la pantalla del teléfono móvil, las tiñe de un aura de irrealidad que les resta crudeza, y que muy bien podría ser la puerta abierta a una reflexión sobre la banalidad del mal, sobre la volatilidad del mal en nuestra sociedad, reflexión que no se produce, quedando así truncada una línea discursiva que sin duda podría haber dotado a la película, y muestras suficientes ha dado el autor al respecto, de una entidad que no tiene.

La descripción del entorno en el que la acción tiene lugar acumula todos los rasgos esperados. Nos encontramos ante una familia burguesa fetén, de amplios poderes económicos, con criados inmigrantes, los cuales parecen ocupar un ala separada de la casa, con estrictas normas de educación que en realidad no denotan sino acartonados e hipócritas usos sociales como lo de no discutir en la mesa. Pero luego, tomados uno a uno, los personajes no superan la vulgaridad ni siquiera en sus desviaciones.

Da igual el extracto social al que pertenezcan; no se observa ninguna diferencia, ninguna relevancia que los haga dignos de atención. En algún momento la película transmite la impresión de tomarse a broma lo que está narrando, como si de un esperpento se tratara. Algo así como una mirada cansada, que a fuerza de repetirse descubre que aquello que mira ha perdido todo su interés. Y en ese sentido la película, en sí misma y no la historia narrada, puede representar un final, si bien no está claro que quepa calificarlo de feliz.

Habría sido otra opción a estudiar: Darle la vuelta a los planteamientos habituales y lanzar una mirada crítica sobre la propia obra. Pero Haneke se resiste a ese salto en el vacío. En cierto modo claudica ante lo que de él se espera, y sigue sembrando su relato de provocaciones que ya no lo son tanto, que más bien aparecen como trucos.

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El más obvio es la fiesta de cumpleaños del abuelo. La llegada del desequilibrado nieto con unos cuantos subsaharianos para dinamitarla no posee, a estas alturas, ningún poder destructor. Como mucho un petardo fallido. Algo similar ocurre con la escena en la que se está negociando la indemnización por el accidente, donde la vileza, a fuerza de normalizada, se torna trivial.

Pero quizá la artimaña más evidente, y por lo tanto más ineficaz, sea aquel momento que nos muestra al abuelo, tras un largo rato sin que el espectador sepa de él, avanzando solo con su silla de ruedas en una calle muy transitada, hasta entablar conversación con unos inmigrantes. Es un muy buen ejemplo de cómo el supuesto mensaje que la escena debiera transmitir queda diluido en una presentación tan forzada que lo desactiva por completo.

Este y otros momentos acaban transmitiendo la sensación de una panoplia de ideas un tanto desordenadas. Es como si el autor quisiera recoger todos aquellos elementos que necesita para construir la historia, algunos de ellos deudores de los volubles caprichos de la actualidad, pero sin la estructura adecuada que los dote de coherencia. Esa manera de narrar le ha dado espléndidos resultados en otras ocasiones, pero en ellas se advertía la presencia de un hilo conductor e integrador que aquí es demasiado tenue.

La película acaba ofreciendo, a duras penas, lo que promete, pero para entonces el espectador ya ha perdido el interés acerca de lo que se le está contando. La capacidad de sorpresa de Haneke, la profundidad de sus personajes, la potencia de sus historias, todos ellos rasgos que caracterizan su cine, son aquí un eco lejano. Si este es el final la felicidad habrá que atribuírsela a lo que concluye, no a la manera en que lo hace.

Con todo lo peor es la referencia a Amor, su anterior película y, ésta sí, una auténtica obra maestra. Querer establecer una continuidad entre ambas resulta casi pecaminoso. No redime a esta entrega, y cuestiona la brillantez de la anterior, algo que los amantes del cine no podemos tolerar.

Escribe Marcial Moreno  

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