Hotel Transilvania 3 (1)

  21 Agosto 2018

Vacaciones en el mal

hotel-transilvania-3-0Poco que decir de la tercera entrega de una saga que ya de por sí no resultaba muy destacada en este ciclo de resurgimiento del cine de animación. O quizá sí: es mucho peor de lo que se esperaba.

Hotel Transilvania supo mantenerse, con sus dos primeras entregas, dentro de la clase media de sagas animadas que ahora abundan en la cartelera. Cumplía con el carisma de sus personajes, con cierta originalidad en el tratamiento de cine de monstruos —desvinculándolo de la clara oposición entre bien/mal o luz/tinieblas para moverse en una acertada ambigüedad de claroscuros y penumbras morales— y con algún chiste acertado de vez en cuando.

Pero como parece habitual en todas esas sagas, la decadencia llega siempre cuando aparece la tentación de sobreexplotar la gallina de los huevos de oro con una historia que no da más de sí. No le pasó a Toy Story, pero sí a Gru, Shrek, Nemo, Cars, Ice Age o Madagascar. A unas les sucedió antes que a otras y muy pocas se recuperaron milagrosamente, pero no parece que el bajón de calidad de Hotel Transilvania pueda justificar una cuarta entrega.

Para empezar, hay algo que ya rechina desde el comienzo: esa querencia por el chiste ocurrente, por el golpe visual, esa intención de hacer gracia a toda costa que muestra que no hay una planificación de la historia para que ésta que avance in crescendo, parece una especie de dopaje visual que busca mantener entretenido al respetable para que no se dé cuenta de que no hay nada que ver tras la cortina.

La mala noticia es que el dopaje es de baja calidad. Ni siquiera se nos garantizan unas risas francas. Cuando se recurre a los chistes de pedos, a bailar la Macarena o a la lengua trabada de los personajes, parece que nos estemos retrotrayendo a lo más casposo de los sábados noche de los años ochenta y noventa.

Y lamentablemente aún hay más... retomar el discurso del amor verdadero e incondicional (lo que en la película denominan el chin), es algo que nos suena a viejo hasta a los más refractarios a condenar sumariamente toda esa tradición que parte del neoplatonismo y pasa por Lope de Vega, para desembocar bien diluido en los edulcorados filmes de Disney.

Tartakovsky, que por primera vez participa en el guión, ha elaborado un relato rutinario, menos ocurrente que cualquiera de los episodios de la serie de dibujos animados de la franquicia. La aventura sólo se sostiene a medias por la gracia de algunos personajes que van perdiendo fuelle a medida que pasan los minutos. En el caso más destacado, la pareja de licántropos que alimenta alguno de los mejores chistes, sucede además que desaparecen de escena durante un buen rato haciendo perder quilates a una película muy escasa de ellos.

La trama principal, además, parte de la aparición de un personaje que no debiera estar ahí salvo retorcimiento de los más elementales principios cronológicos, marcando groseramente la evolución de otros protagonistas que crecen y decrecen a su sombra, para al final ofrecer un anticlímax bastante bochornoso.

No ha sido pues una buena idea confiarle un libreto que falla en todo excepto el arranque y algún destello visual a quien tenía bastante con encargarse de la dirección del proyecto. Porque si algo salva a esta película de tener un cero clamoroso es, como siempre, el diseño de escenarios y personajes, que a veces constituyen un hallazgo en sí mismos: Frankenstein y sus «parientes» de diversas partes del cuerpo, la omnipresencia de Bigfoot en las más disparatadas situaciones, y el poder hipnótico de los Drácula, que solventa con gracia alguna que otra escena.

Por lo demás, poco salvable, salvo las buenas intenciones con respecto al mestizaje entre seres humanos y monstruos y un humor generalmente blanco que incluso en esta ocasión ha resbalado con alguna referencia a «las partes» de Drácula.

Una película que pasará sin pena ni gloria y que marca el inicio de la decadencia de una saga que nunca dio para mucho.

Escribe Ángel Vallejo


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