Todo el dinero del mundo (1)

  20 Julio 2018

Ridley Scott en modo “auto”

todo-el-dinero-del-mundo-1Cuando cumple más de 40 años dirigiendo cine, si algo ha quedado claro en la filmografía de Ridley Scott es que tiene un gran talento para la composición de imágenes, un buen olfato comercial y una cierta tendencia a ser un “ilustrador” de historias antes que un “creador de mundos propios”, por lo que sus trabajos suelen valer lo que los guiones sobre los que trabaja.

Si hubiera que definir esta tendencia brevemente, uno diría que en los trabajos más personales domina el Ridley Scott director, mientras que en los otros es el Ridley productor, dueño de Scott Free (en asociación con su hermano Tony, hasta que éste falleció) esa productora cuyas señas de identidad son proyectos visualmente atractivos, bien arropados y con una recepción notable en las taquillas de medio mundo.

Dejando a un lado sus clásicos intocables (Alien y Blade runner), esta división no afecta ni a géneros (los ha tocado todos) ni a los presupuestos con los que trabaja (a veces ha rodado pequeñas películas) ni siquiera al carácter de secuela que pueda tener un título: si Ridley se implica a fondo en el proyecto es capaz de lograr resultados notables, da igual si se trata de un péplum como Gladiator, de un alegato feminista como Thelma y Louise, o de una secuela como Alien Covenant.

Pero si no encuentra elementos que le hagan implicarse personalmente (ojo, la profesionalidad de Ridley nadie la discute: hablamos de implicación), entonces se limita a ilustrar el texto del que parte, con brillante fotografía, exquisitas composiciones, un manierista uso de la luz y con equipos técnicos y artísticos solventes… pero sin pasión.

Las de este grupo son películas tan elegantes visualmente como carentes de alma, por más que pudieran haber sido grandes títulos: Legend (1985), 1492: La conquista del paraíso (1992), Hannibal (2001), El consejero (2013)…

Todo el dinero del mundo (2017) pertenece a este segundo grupo y, además, es un film que ha hecho historia porque es el primero en el que la censura de lo políticamente correcto ha eliminado a un intérprete (Kevin Spacey) para sustituirlo por otro (Christopher Plummer) cuando la película estaba a punto de estrenarse y el escándalo de las relaciones sexuales del primero “obligó” a Ridley a eliminar completamente sus planos y rodar nuevas tomas justo antes del estreno.

Un esfuerzo de producción que, entre otras cosas, le permitió al film ser nominado a los últimos Oscar, precisamente en la categoría de mejor actor secundario para Christopher Plummer. Sin duda, este cambio ya apunta que el Scott productor se ha situado por encima del director y eso se nota en la película final.

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Un cuento moral

Todo el dinero del mundo se basa en una historia real que transcurre en Italia en los años 70. El nieto del multimillonario Getty es secuestrado. La madre del niño acude al abuelo a pedirle el dinero del rescate. Éste no está por la labor. La investigación policial paralela a las relaciones familiares y los negocios de Getty completan el metraje de un caso conocido y aireado por la prensa en su momento… y del que ya conocemos su final.

Conocidos los momentos clave de la trama principal no cabe en el espectador la sorpresa —salvo modificación sustancial de la historia, algo que no se produce—. Por tanto, no es saber cómo acaba lo más importante, sino por qué sucede y cómo sucede.

En definitiva, la clave son las relaciones familiares… y ahí Ridley Scott se muestra tan desapasionado como en otros títulos suyos —El consejero, sin ir más lejos, y eso que partía de un guión original del novelista Cormac McCarthy—. Poco dado a filmar diálogos con garra, a traducir conflictos emocionales en imágenes que funcionen, Scott se siente más cómodo con la acción, los paisajes o el movimiento, y resuelve los conflictos humanos con escasa convicción.

De hecho, el espectador no empatiza casi con ningún personaje: el joven secuestrado es un niño pijo y algo impertinente que ni siquiera sabe valorar el esfuerzo que realizan para salvarlo (Charlie Plummer); el investigador privado a cargo enviado por Getty nunca resulta creíble y Mark Wahlberg hace lo que puede para defender un papel que aporta poco a la trama; la madre del joven (Michelle Williams) es más interesante, al ser una persona acostumbrada a sobrevivir por sí misma, y su boda con el hijo de Getty acabó mal porque los descendientes del magnate no son más que marionetas; el ladronzuelo que les ayuda a escapar, un tipo que primero es secuestrador y después asalariado de un mafioso local, cambia su postura moral sin más explicaciones, porque lo exige el guión y sin una evolución lógica…

Finalmente, Getty es el auténtico protagonista de la función. Un abuelo ricachón, tozudo, acostumbrado a hacer lo que quiere y a comprarlo todo con dinero… pero que se ve incapaz de pagar por el rescate de un nieto suyo, quizá porque su propio hijo tampoco ha demostrado ser más que un inútil y sospecha de todos: su dinero es suyo, nadie va a decirle en qué gastarlo.

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Una escena resume ejemplarmente su postura: un encuentro en un lugar discreto con un traficante de arte, un maletín con dinero y, finalmente, Getty consigue lo que él llama “mi niño”: una imagen gótica de una Virgen con el niño Jesús, un ejemplo perfecto de lo único que puede amar, el arte, lo que se compra con dinero… pero el dinero nunca puede pagar el cariño o el amor de los suyos.

Junto a la gran interpretación de Christopher Plummer (recordemos: añadido con posterioridad al rodaje, a veces rodando con intérpretes, otras sobre pantalla de chroma para insertarlo posteriormente en lo ya filmado), su papel es el más desarrollado y, de hecho la película retrata su soledad, la enorme mansión sin vida, sólo llena de obras de arte, todo el dinero del mundo puede comprar las piezas más valiosas —incluso de forma ilegal—, pero, insistimos, nunca podrá comprar una familia.

Esta atractiva idea se cierra con un homenaje a Ciudadano Kane en la parte final, sin duda la más personal y atractiva del film: un montaje paralelo de la búsqueda nocturna del nieto por parte de la Mafia y de quienes intentan salvarle, al mismo tiempo que el abuelo Getty, sólo en su enorme mansión llena de obras maestras (pero sin vida: simples cuadros y estatuas), busca lo que él llama “mi niño”, y se aferra a ese vínculo en los últimos momentos de su vida.

Una escena resuelta con juegos de luces y sombras (una de las marcas de la casa: Alien, Blade runner, Legend, Prometheus…) en esta ocasión justificados con la alarma que salta en la mansión al descolgar su valioso cuadro, que será lo último que Getty tenga entre sus manos: su niño, la tabla gótica de la Virgen y el niño Jesús, lo único por lo que ha sentido pasión en vida, mientras que su familia queda a un lado.

Su muerte acaba remitiendo al inicio del film de Orson Welles y su “rosebud”. Una idea resuelta con pasión, con sentido del cine… algo que se echa a faltar en el resto de un relato filmado con atención a la fotografía, los decorados, el vestuario, incluso la selección musical… pero sin ninguna garra.

Escribe Mr. Kaplan

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