El justiciero (Death wish) (0)

  19 Julio 2018

Directores estrellados

el-justiciero-1En Hollywood, de director estrella a director estrellado suele haber un paso: allí vales lo que tu última película ha recaudado y la mayoría de ejecutivos no recuerdan mucho más, puesto que no está demostrado que sepan de cine.

De ahí que fichen y fichen a lo grande. Nombres conocidos, que llevan espectadores a las salas y que, en apariencia, pueden dar un aire de seriedad a su nueva propuesta.  

(Si tienen dudas, pregunten a J. A. Bayona y su episodio jurásico.)

Pero no fichan para que las estrellas luzcan, sino para que se ciñan al plan comercial, al plan de medios, a los designios de los pases previos, a las peticiones del espectador estándar… nada de innovar ni salirse del camino. Por supuesto, eso incluye evitar sutilezas del lenguaje audiovisual (nada de aristas visuales, todo limpio) y quedan también fuera del menú la violencia excesiva (las películas para mayores recaudan menos).

Así que se impone el cine para adolescentes (un concepto que puede ir de los diez a los cuarenta años y que se refleja en el tamaño de las palomitas y el refresco que consumen durante la proyección): apañado en apariencia, pero sin nada en el interior, todo a la vista, nada oculto y, por supuesto, que no obligue a pensar mientras se mastica y se sorbe… contando con que ese espectador no tenga que atender el móvil en algún momento (lo de la oscuridad de la sala y las molestias al prójimo no forma parte de las prioridades del “adolescente”).

Un director presuntamente feroz, habituado a coquetear con el gore, nada convencional y habitual del terror de supervivencia (el survival que dicen los americanos), cuando recibe la llamada de Hollywood sabe que su cuenta corriente va a crecer casi tanto como va a menguar su capacidad de ser fiel a sus postulados más o menos autorales.

(Insisto: si tienen dudas, pregunten a Bayona y sus dinosaurios.)

Y si esto es cierto en cualquier título más o menos comercial, imaginen qué sucede cuando se trata de una nueva versión (remake), un nuevo enfoque para resituar una saga más o menos caducada (reboot) o aprovechar el éxito de un título para estirar el chicle haciendo un episodio de alguno de sus personajes (spin-off).

Se trata de dar más de lo mismo pero adaptado a un público bobalicón que debe entender todo lo que se le cuenta (no vale mostrarlo: puede pillarle hablando con el móvil o sorbiendo cola con palomitas). Así que se le cuenta, aunque acabe de verlo, para que no tenga dudas.

Y si hablamos del enésimo episodio de cualquier saga en activo… bueno, para qué hablar…

(¿Han preguntado ya a Bayona por su Episodio Jurásico 5?)

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Eli Roth, aquel enfant terrible

Toda esta larga introducción ¿tiene algún sentido?

En principio uno: situar el último film de Eli Roth, el director de Hostel. Un presunto innovador, maestro del cine de terror sangriento (gore) y no recuerdo cuántas cosas más se han escrito sobre él… hasta que dejó de funcionar su cine en taquilla.

Eli Roth comenzó como actor, una actividad que no ha abandonado en estas dos décadas del siglo XXI, casi siempre ofreciendo su rudo aspecto en títulos de corte terrorífico (El vengador tóxico 4, Piraña 3D, 2001 maníacos, Scream 4).

Sin embargo, fue el padrinazgo de un tal Quentin Tarantino el que le ayudó a despuntar en la primera década de este siglo: tras su debut con Cabin fever (2002), Tarantino le produjo Hostel (2005), lo utilizó como actor en Death proof (2007) y Malditos bastardos (2009), sobre el que algunos aseguran que Roth dirigió un fragmento…

Y luego un silencio en nuestros cines que resulta sospechoso.

Tan sospechoso que las dos últimas apariciones de Roth como director han sido El infierno verde (2013), que es un remake del mítico Holocausto caníbal italiano de los setenta; y Knock Knock (2015), no estrenada en España, aunque con cierto aire a Atracción fatal con algo de sexo light a cargo de Ana de Armas y Keanu Reeves.

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Llega El justiciero (2017), un nuevo remake

Y aquí tenemos a Eli Roth, presumiendo de su amor por otro tipo de cine, de su capacidad para sacar adelante este Death Wish que es, atentos, una nueva versión de El justiciero de la ciudad, la película que en 1974 creó escuela, concretamente la escuela del justiciero nocturno interpretado por Charles Bronson.

Una escuela a la que se unió en los 70 y 80 una amplia galería de vigilantes salidos del pueblo llano. Gente harta de que los malos destruyeran su modo de vida cotidiano, sin demasiados claroscuros, su vida monótona pero que le daba para sobrevivir… Por este paisaje desfilaron desde Chuck Norris a Sylvester Stallone pasando por Dolph Lundgren y otros habituales de los gimnasios.

Fue un subgénero en sí mismo que con el nuevo siglo ha ido reformulando algunas de sus piezas: el matón puede ser algo más culto, más irónico, menos dado a comentarios soeces… aunque al final los resultados siempre son los mismos: ojo por ojo…

En esta nueva versión de Death Wish, el justiciero no es un ignorante, sino un feliz doctor que vive en los mundos de yuppie (entiéndase en sentido estricto), capaz de intentar salvar en la misma noche a un policía (que fallece) y al matón que le ha disparado (que sobrevive). Es un profesional que hace el bien sin mirar a quien.

Hasta que su modus vivendi entra en crisis: tres desalmados atacan su Hogar (así, con mayúsculas) y eliminan a su familia feliz, precisamente en la noche de cumpleaños, lo que supone un cambio drástico en su vida.

Sin sutilezas. Todo se explica incluso con voz en off de televisión y radio, para que no tengan dudas los que se pierden algunas imágenes mientras teclean el whatsapp o acuden a por más palomitas.

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Eso sí, se enmascara con cierto aire crítico. Programas de radio y televisión van realizando encuestas y los ciudadanos anónimos opinan sobre la conveniencia o no de tener un tipo que mata a los malos. Surgen las dudas, los problemas morales…

Pero todo ello se nos presenta de pasada, casi como un relleno irónico, quizá incluso para vestir la película con un traje de diseño que no es ni mucho menos lo que realmente tenemos entre manos.

Porque el mal nos es presentado una y otra vez. Sin sutilezas. Amenazando al bueno de Bruce Willis (que sigue viviendo de las rentas de la Jungla de cristal, aunque no cuenta con John McTiernan para orientar sus pasos). Repetido una y otra vez. Todo muy didáctico.

En fin, que Bruce Willis no tiene otra salida. Aprende con tutoriales de Internet a manejar las armas. Compra en la tienda de aquí al lado, tras ver la publicidad en televisión. Se enfrenta a su hermano, que es un pobre hombre aunque honrado (Vincent d’Onofrio, que también vive de rentas: La chaqueta metálica).

Y sale a la calle a hacer justicia.

Primero con cierta ignorancia, incluso se quema un dedo al disparar. Luego aprendiendo a hacerlo más y mejor. Cosas de la experiencia. Hasta crear escuela.

Que nadie busque la ironía de la saga La jungla de cristal. El superhéroe aquí es íntegro, obligado por las circunstancias. Y el policía que le persigue, también. Buenos chicos que entienden que, en ocasiones, hay que tomarse la justicia por cuenta propia o los malos siguen paseando impunes.

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Que nadie busque dobles lecturas ni aristas de ningún tipo. No las hay. Todo previsible.

Exceptuando los planos nocturnos de la ciudad, que sirven de fondo a las opiniones enfrentadas de los espectadores. O esos elegantes travellings en la escena inicial del hospital, que transmiten perfectamente la idea de vértigo, de montaña rusa, que se avecina.

Lo demás es un telefilm con algún detalle gore (literalmente a uno de los malos de revientan los sesos con un coche), un final feliz que deja a los malos bien muertos (cómo llegan a cada casa es otro cantar) y al bueno del doctor algo tocado (ese plano final apuntando a un pobre diablo: eso sí, sin pistola).

Ah y al otrora enfant terrible Eli Roth con la necesidad imperiosa de tener un éxito comercial.

El fracaso norteamericano de este Death Wish tampoco le va a ayudar mucho, porque el film llega en un momento en que tener armas en casa y liarse a tiros con el que tienes delante no está muy de moda en el país donde todo el mundo defiende su hogar a fuerza de gatillazos… empezando por su propio presidente, Donald Trump.

Una nueva versión absolutamente innecesaria, que sirve para comprobar una vez más el bajo perfil de los productores norteamericanos a cargo de las Majors del cine: nula inventiva y menos riesgos; copiar y hacerlo peor que el original.

(En definitiva, como J. A. Bayona y Jurassic World: El reino caído.)

Escribe Mr. Kaplan

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