La cámara de Claire (3)

  17 Julio 2018

Obra menor, genio mayor

la-camara-de-claire-1Creo haber leído en alguna ocasión una afirmación parecida a la que sigue: un buen director de cine es capaz de hacer que sus películas hablen de algo, pero un genio siempre hará, una y otra vez, la misma película, o al menos todas sus obras hablarán de lo mismo.

Si esto es así, no hay duda de que Hong Sang-soo es uno de esos genios. Y es que el conjunto de sus filmes supone un amasijo en el que cuesta distinguir los unos de los otros. Esta situación ocurre también con cineastas de la talla de Ozu, Kiarostami, Rohmer o Angelopoulos, por ejemplo.

Dejando aparte este caso tan extremo (en el que las películas parecen casi siempre un calco de la anterior) podemos encontrar un conjunto de directores marcados por un gran tema, de forma que sus obras siempre tratan o giran en torno a la misma cuestión. Cabe citar aquí a Bresson, Tarkovsky, Tarr, Dreyer, Kaurismäki, Erice, Herzog, Jarmusch, Fellini... Y una larga lista de nombres que sigue y sigue.

Los ejemplos anteriores me sirven para posicionarme a favor de la afirmación inicial, así pues yo también concuerdo en que los grandes genios siempre hacen la misma película o siempre hablan de lo mismo. Y no solo ello, sino que son los cineastas por los que más interés y devoción siento, siendo Hong Sang-soo uno de ellos.

El cine de este surcoreano está marcado por unos elementos muy fuertes que lo hacen personal y diferente. Inevitable fijarse primero en esos zooms que tanto caracterizan su estilo. La primera vez que se vive uno de ellos es extraña y curiosa, pero poco a poco nos decantamos hacia una de dos posiciones: amor u odio.

Esos zooms, además de ser una cuestión de estilo, están al servicio de un fin mucho mayor: no cortar la interpretación. Sang-soo dirige actores de una forma muy peculiar, y es que escribe la historia a medida que rueda. Esto provoca que el punto de partida al que se agarran los intérpretes sea casi nulo, y por tanto dependen del día a día para construir sus personajes.

El resultado son unas películas llenas de espontaneidad, capaces de retratar no sólo a la sociedad al natural en su conjunto sino también a las personas y sus relaciones humanas. Y he aquí otro gran elemento de su cine: la poesía de lo cotidiano, de lo banal.

Al igual que el cineasta japonés Yasujiro Ozu, Sang-soo es conocido por retratar historias pequeñas, desnudas, de una forma sencilla y directa, sin elementos que recarguen en demasía algo que no necesita ser recargado. Huye del efectismo y lo rocambolesco, puesto que no tiene necesidad de ello, ya que sus películas son un claro testimonio de que menos es más.

Sus personajes casi siempre se desenvuelven en bares donde beben soju, fuman y comen cantidades ingentes de comida surcoreana. Las charlas por lo general giran en torno a cuestiones banales, amores, desamores, amistades y rencores. Pero también encontramos reflexiones filosóficas sobre el cine, el arte, el amor o el sentido de la vida.

No es raro que esas reuniones acaben en grandes borracheras o situaciones embarazosas. Tampoco es extraño ver a los protagonistas paseando por una playa o por las calles de la ciudad donde toda la trama tiene lugar. En cuanto a la relación entre esos personajes, usualmente se trata de relaciones amistosas, amorosas, interculturales, laborales o de profesor-alumno.

Y es que en el fondo Sang-soo habla de lo que conoce y de lo que le rodea. En La cámara de Claire concretamente se aprecia este aspecto más que en otros de sus filmes. Y no sólo porque aparezca la figura del director de cine, sino porque en esta ocasión el nombre de dicho sujeto (So Wan-soo) remite de forma irremediable al de su creador (Hong Sang-soo).

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Con tantos filmes en su haber, y más que están por llegar, es irremediable encontrar algunos que destacan más y otros que van a la cola de estos. Hablando claro, es inevitable encontrar obras menores, y en mi opinión La cámara de Claire es una de ellas.           

Para mi ello se sustenta no tanto en cuestiones de contenido, sino de forma. Y es que es muy evidente tras el visionado que se trata de una película rodada con escasos fondos y en poco tiempo. Cierto que ambos elementos suelen ser cortos en sus producciones, pero en esta ocasión lo son de más. Donde más patente se hace esto es en el sonido.

Como he comentado antes, Sang-soo escribe a medida que rueda, por eso los actores tienen esa ligereza y naturalidad. Pero claro, para lograr esas interpretaciones es muy importante recoger todo en una sola toma, de ahí los zooms y el no cortar. Y a su vez es de vital importancia para ello el sonido directo, la voz y el tono original de los actores en ese momento determinado.

Sin embargo, en esta obra se nota cuándo se ha rodado con calma y cuándo no. Se notan las localizaciones silenciosas y las ruidosas. Se nota cuándo una calle no está cortada y el ruido de una moto o un autobús tapan el diálogo de los personajes. Todo ello embrutece no solo el sonido, sino también el resultado final.

La fotografía, cuestión además muy relacionada con la trama de esta película, sufre igualmente. Ello se evidencia sobre todo en los planos nocturnos, marcados por un dominante color naranja debido a las farolas de la calle. A mi parecer esto toda de un cierto feísmo nada agradable a la imagen.

El hecho de que se hable en inglés la mayor parte del tiempo y, por tanto, que los actores estén actuando en otro idioma, potencia el tono que ya de por si tienen las interpretaciones en el cine de Sang-soo. En este caso concreto (a diferencia de En otro país) dota a los personajes de una mayor sobreactuación y de cierto carácter infantil.

Pero a pesar de todo esto el filme funciona, nos atrapa y nos emociona. Porque es honesto, divertido, sencillo y directo. Porque tiene detrás a un cineasta curtido y con las ideas claras. Porque aunque sea una obra menor, tras él hay un genio mayor.

Escribe Pepe Sapena

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