En la playa de Chesil (1)

  07 Julio 2018

Fragmentos de una relación

en-la-playa-de-chesil-1Hace más de diez años que descubrimos a una incipiente actriz, de nombre Saoirse Ronan, cuando aún era tan sólo una niña, en la excelente Expiación, filme dirigido por un inspiradísimo Joe Wright que adaptaba una de las novelas cumbre del celebrado escritor Ian McEwan. Ronan, en aquella, encarnaba a la poco empática y casi repulsiva Briony Tallis, haciendo que casi odiáramos a su personaje.

Resulta más que lógico pues que, diez años después de aquella adaptación de una de sus novelas más importantes, ambos hayan vuelto a reunirse para afrontar otra gran adaptación de otro de los más famosos relatos del autor. Ian McEwan, en este caso, ha convertido su propio material literario en guión cinematográfico y produce el filme. Ronan, por su parte, podría ser perfectamente aquella Briony Tallis de Expiación con diez años más y con un novio con el que casarse y con el que poder exorcizar sus demonios internos del pasado.

Nos encontramos ante En la playa de Chesil, relato situado a principios de los años sesenta sobre un chico y chica, ambos excelsos en sus respectivos campos de estudio —él, historia; ella, música clásica— y con sus familias, que se enamorarán y cortejarán hasta que se casen y afronten la noche de bodas. El descubrimiento del sexo, o la ausencia del mismo, y la revelación de los deseos de cada uno serán los que condicionen la relación de los dos enamorados.

De la dirección se encarga Dominic Cooke, extrañísima elección de la BBC, suponemos —que es quien pone el dinero, claro—, dado que se trata de un director de escena teatral de las tablas londinenses y todos sabemos que dirigir un filme con todas las decisiones estilísticas de imagen y sonido que suponen no tiene nada que ver con ser director en el mundo del teatro, que va por otros derroteros.

Y es aquí donde viene el mayor problema de un filme que nunca acaba de funcionar porque no encuentra ni decide, salvo en dos secuencias clave, lo que quiere transmitir o por dónde quiere transitar.

Solos en la playa

En la playa del título es donde sucede la mayor parte de la acción presente de la propuesta, que se organiza como un puzle emocional de los sentimientos y recuerdos de los dos protagonistas. Ambos se acaban de casar y están en su tarde/noche de bodas, ambos esperan ese momento cumbre que implica la propia noche nupcial aunque lo esperan por motivos diferentes: el muchacho lleva tiempo esperando culminar su relación con ella mientras que ella ha estado evitando este momento y ahora ya no puede retrasarlo más aunque sigue teniéndole un pánico atroz.

En el decurso de las horas previas a ese momento cumbre, cada uno tiene sus particulares digresiones mentales (y narrativas para quien las atiende) y asistimos a fragmentos de sus vidas cotidianas: cómo la madre de él enloqueció hace años, cómo los padres de ella son dos lobos con piel de cordero —cada uno a su manera—, cómo se relacionan estos dos jóvenes con toda la fiebre cultural del Swinging London de aquellos años…

Este constante vaivén de historias, situaciones y retazos narrativos hace que jamás lleguemos a intimar con la pareja protagonista en este momento tan álgido de sus vidas, lo que convierte el relato en algo mucho más funcional y gélido de lo que debería haber sido.

Tampoco las elecciones y procedimientos estéticos escogidos por Dominic Cooke parecen ser los más acertados: trufar la banda sonora del filme de constante música rock de los 60 mezclada a su vez con un listado de piezas clásicas de Mozart, Beethoven o Schubert conocidas por todos, para darle proximidad al asunto, es todo un desatino. No se puede pasar del rock a la clásica sólo con un cambio de imagen y escenario. Tampoco se puede pasar del humor a la aspereza constantemente en un par de segundos.

Y un apunte para avezados del cine de los noventa: la cinta contiene pasajes narrativos y musicales —más de uno, lo que provoca cierto arqueo de cejas— que parecen directamente inspirados (¿plagiados?) del Retrato de una dama, de Jane Campion, filme de 1996 que precisaría una revisión urgente.

Pero no seamos injustos. Si merece ver esta obra en pantalla grande es por cuatro motivos: por dos momentos cinematográficos valiosísimos y por el torrente de interpretaciones que nos brinda la pareja protagonista. Saoirse Ronan está fantástica, como siempre, aunque parece que esté sacando de nuevo la Briony Tallis crecidita que lleva dentro.

Pero el intérprete más valioso de la función es un soberbio Billie Howle, quien entiende su personaje a la perfección y lo dota de gran sensibilidad, delicadeza y cariño. Howle, casi sin palabras ni ademanes, consigue que entremos de lleno en sus emociones, sus desdichas y esperanzas truncadas, haciendo que su presencia en el encuadre sea por la que se justifica todo el relato.

Ambos, Ronan y Howle, componen dos de las secuencias más bellas que ha dado el cine en estos últimos meses y que son las dos por las que parece tener sentido la existencia de esta adaptación de En la playa de Chesil. El cierre del filme, severamente lastrado por unos efectos de maquillaje espantosísimos (cuando lo vean lo entenderán), realmente conmovedor y decidido, logra sacarnos la lágrima pese a habernos hecho dudar durante todo el metraje.

Y la escena clave del filme, la que vemos en el póster de la cinta, la que vemos en el tráiler y la que se intuye con acierto como decisiva. Se trata de la secuencia satélite por la que se articulan todos y cada uno de los momentos del relato, y por la que ambos personajes se confiesan en la playa. Si bien todo el filme es demasiado irregular, esta secuencia es casi perfecta, impecable, y con un poder de impacto emocional que hacía tiempo no veíamos en un filme. Y es en estos minutos de metraje donde el propio filme sale a flote y cobra todo el sentido del mundo.

Escribe Ferran Ramírez

en-la-playa-de-chesil-2