Western (2)

  25 Junio 2018

Un marco vacío

western-1Western es la tercera película de la directora alemana Valeska Grisebach. Con Sehnsucht, su segunda obra, llamó la atención de la crítica, lo que le permitió que su siguiente trabajo fuera acogido en la sección Un certain regard del Festival de Cannes, amén de otros galardones en diversos certámenes y varias candidaturas en los premios anuales del cine alemán.

En la producción de la película ha participado Maren Ade, la directora de la muy sobrevalorada Toni Erdmann, un ejemplo que puede ser muy esclarecedor de los derroteros que está tomando el cine que en otros tiempos se llamó culto, y que ahora deslumbra con ingredientes cada vez más simples y lugares comunes que complazcan las conciencias previamente adiestradas, como ese humor tirando a chabacano y una leve crítica social que no resistiría ningún análisis serio, pero que permite al espectador autosatisfecho seguir alimentando su narcisista concepto de sí mismo.

Western quiere ser lo que el título promete: una película de vaqueros e indios, aunque trasladada a coordenadas espacio-temporales ajenas al origen del género. No es una estrategia en absoluto original. La actualización del cine del oeste se ha producido muchas veces, y no ha hecho falta anunciarlo en el título para que fuera reconocido y disfrutado, pero aquí se dejan desde el principio las cosas bien claras. Por si acaso.

El comienzo de la película es ya diáfano en este sentido. Un tipo solitario llega, no se sabe desde dónde, hacia una zona poblada. Este personaje seguirá siendo un solitario, con cara de solitario, durante las dos horas de proyección. Algo así, habrá pensado la directora, como Ethan Edwards. Vale.

Y desde ahí asistimos a una recopilación de los rasgos que definen el western. Es casi como un examen en el que hay que demostrar el conocimiento de las claves del género, y, en una especie de homenaje, reconstruirlo con otros medios.

Los vaqueros y los indios están aquí representados por los trabajadores alemanes y los lugareños, a cuyas tierras han llegado aquellos, estableciendo una convivencia complicada. Está también el fuerte con la bandera, la cual es robada por la noche, haciendo patente la amenaza que se esconde en el entorno, y que acabará traduciéndose en peleas también nocturnas. La figura del indígena traductor a la lengua de ocupación la ejerce aquí uno de los búlgaros del pueblo, mediación que no evita la tensión, los ataques por sorpresa, como el del joven que se abalanza desde un árbol sobre nuestro héroe, y al que éste se impone mostrando acto seguido su magnanimidad.

La descripción de los personajes también recurre a las códigos clásicos del este cine. Su carácter solitario está refrendado por la ausencia de una casa que le sirva de referencia, a la cual volver, o si existe, como el caso de uno de sus compañeros, es incierta esa vuelta. Aunque su errar sin destino no puede ocultar un pasado que los atormenta y está marcando su presente, en este caso la participación en la Guerra de Irak, la cual, como no podía ser menos, ha transformado su carácter y ha propiciado su renuncia a las armas (como Johnny Guitar). Y al mismo tiempo sirve para dar ese toque sociopolítico que tanto se espera que guste.

La directora construye, en fin, un mundo masculino en el que no faltan las fiestas nocturnas, en este caso para unos trabajadores lejos de su tierra, que hasta montan a caballo, en un ejemplo palmario de cómo se puede forzar la historia para aclarar algo que no necesita mayor aclaración. O los machetes y las pistolas, o las mujeres robadas o en trance de serlo, aunque en este caso por los “civilizados”.

Con todo ello se diseña un marco sobre el que tendría que acontecer una historia que termina por no presentarse. El conflicto, mínimo, tarda una hora en aparecer, y su trascendencia es insignificante. Se trata del agua, algo también muy habitual en los clásicos, pero que una vez más parece un rasgo para confirmar dónde estamos, pero sin fuerza dramática alguna que justifique la construcción de ese gran decorado, que es lo que la película acaba siendo.

Pensar que un western es la acumulación de trazos identificativos es quedarse en los prolegómenos, que es lo que esta película hace. Todo ello sería el marco con el que arropar una acción que casi siempre posee caracteres épicos, y que aquí está ausente. Dos horas para que a estos obreros no les pase nada más allá de la anodina convivencia con los autóctonos. Y si la épica está ausente, la lírica es ya una quimera. Los grandes westerns están atravesados por la emoción, la cual no emana, sin más, de un rostro compungido, que es a lo que la directora alcanza.

Al final todo parece reducirse a algo de sobra conocido. La constatación de que el cine del oeste trasciende los límites en los que surgió, que sus códigos son universales. Pero si queremos seguir disfrutándolo tendremos que regresar a los clásicos.

Escribe Marcial Moreno  

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