El hombre que mató a don Quijote (1)

  12 Junio 2018

Fallecimiento por exceso

hombre-que-mato-don-quijote-0El personaje que mató a sus imitadores” podría haber dado título a un amplio conjunto de adaptaciones cinematográficas, desde que el cine mudo aprovechó el talento cervantino para la comicidad en la construcción de sus gags ya en 1903. La emblemática versión en tres idiomas de Georg Wilhelm Pabst (1933) contrasta con la lírica producción de Albert Serra (Honor de cavalleria, 2006), una reflexión sobre el paisaje sentimental del libro.  

En medio, las versiones y adaptaciones han recorrido multitud de géneros y formatos como el musical, el cortometraje, el documental, la serie y la animación. Como excusa, cliché o espectáculo, el proceso no cesa. Siempre está ahí el punzamiento seductor de la universal novela hacia los cineastas, como impulsor del deseo de volcar parcial o totalmente el contenido del libro en un nuevo discurso. Intención y proyecto que se  han frustrado en mayor o menor grado, como el que inició Orson Welles en los años 50 y acabó Jesús Franco en los 90. Entre otros.

Quizá el mítico personaje y el universo del que se rodea se resistan a salir de las páginas del libro para habitar otros espacios estéticos. Terry Gilliam pertenece a la liga de los pertinaces, como demostró al estrenar en el último Festival de Cine de Cannes su extravagante y singular versión, casi treinta años después del primer esbozo de su plan. Son ya conocidas las perturbaciones y desgracias que la preproducción de la película sufrió desde su comienzo. Problemas financieros, catástrofes naturales y circunstancias personales propiciaron constantes interrupciones del rodaje, con el consiguiente perjuicio económico y profesional de los equipos. De todo ello se nutrió el documental Perdidos en la Mancha, que en 2002 estrenaron Keith Fulton y Louis Pepe.

El relato, si puede llamarse así, se centra en el tópico del idealismo quijotesco para comprimir una serie de episodios en los que la mítica pareja transita por espacios librescos y tiempos barrocos. Suponemos que la historia que encuadra las aventuras responde al intento de cohesionar el siglo XVII y el XXI, el pasado y el presente.

Toby, un joven director  publicitario (Adam Driver), desengañado y harto de su trabajo,  está rodando un anuncio para una multinacional cuando por azar cae en sus manos una película sobre El Quijote que hizo en sus tiempos de estudiante. A partir de este hecho, Toby inicia la búsqueda de los que participaron en la película, entre los cuales se encuentra el zapatero que encarnó a don Quijote (Jonathan Pryce), al que encuentra tan enloquecido como su personaje.

El argumento, tan trillado como inverosímil, acoge la delirante versión de algunas aventuras del libro que resultan tan extravagantes como poco creíbles, quebrantándose así el precepto cervantino sobre “las verdaderas historias” y su exigencia de coherencia y verosimilitud. El resultado es un popurrí de espacios y tiempos donde el director parece haber pecado por exceso en su pretensión de incluir demasiados personajes, demasiados hechos, demasiados mensajes.

Así, la venta, transformada en deteriorado y tercermundista refugio de okupas, migrantes y presuntos yihadistas, desdibuja y reduce el episodio del acuchillamiento de los odres de vino a mero fragmento de un pretencioso collage, con una estética superficial y desequilibrada.

Lo mismo ocurre con el castillo de los duques, suplantados por un boss ruso psicópata (Jordi Mollá) y sus sicarios, donde el arte de Els Comediants se diluye entre las orgiásticas y extravagantes secuencias que encubren la melancolía de don Quijote. Y más de lo mismo con la alforja de las monedas de oro, convertido en hierro sin valor, para simbolizar el evidente y dual significado de la realidad en su desplazamiento hacia la ficción.

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Todo contribuye a la impresión de que Terry Gilliam ha subordinado la complejidad del libro a una interpretación simple e infantilizada, y lo compensa con un exceso formal y visual basado en la acumulación de imágenes y acciones.

El amor como salvación del vacío vital e impulsor de una existencia basada en la ética queda reducido a cliché en la pareja formada por Toby, ya abducido por Sancho, y Jacqui (Olga Kurylenko). Más penosos son los escenarios que representan la cultura española y sus costumbres pues recuerdan lo más rancio y castizo de la peor filmografía, con los tablaos flamencos, los toros, las procesiones y las tapas de las tabernas. 

Todo se lo traga este abigarrado y desmesurado filme con homenajes al cine de aventuras y a los cuentos infantiles. En realidad, la película no es una narración sino un conglomerado de materiales donde se confunden el melodrama y la aventura caballeresca, embellecidos por la cámara de Nicola Pecorini, y en el que hasta la saludable comicidad de los gags del libro queda sepultada.

No se aburrirán los fans del singular humor de Terry Gilliam, ni quizá los amantes y lectores del Quijote, por lealtad los primeros y  por atónito interés, los segundos. El resto oscilará entre el asombro y el cabreo, según su carácter.

Lo más interesante —la transformación del protagonista, la ficción dentro de la ficción, las críticas a la religión, al fanatismo, al poder corruptor del dinero, y la magia de la imaginación y la fuerza creadora de los sueños— permanece en el fondo, asfixiado por la densidad y exceso de extravagancias, de esta surrealista y en ocasiones esperpéntica película.

Si, como dice su director, es una broma concebida para reírse, se trata, quizá, de una broma pesada. En el sentido más literal del término.

Escribe Gloria Benito

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