Disobedience (2)

  05 Junio 2018

Leve transgresión

disobedience-1A partir de los mimbres con los que había confeccionado sus dos anteriores y premiados filmes (Gloria en 2013 y Una mujer fantástica en 2017), sendos retratos de dos mujeres que se desvían de la senda que la sociedad ha trazado para ellas en aras de una búsqueda de libertad que es, a la par, una búsqueda y defensa de su propia identidad, de sí mismas, el chileno Sebastián Lelio ha sido seleccionado por la productora y actriz Raquel Weisz para poner en pie un nuevo retrato femenino, en lo que ya se está convirtiendo en marca de fábrica del cineasta sudamericano, particularmente dotado para convertirse en otro nuevo director de mujeres (a lo Cukor o a lo Almodóvar) en una época propicia para la reivindicación femenina o feminista.

El cambio de lengua (el español por el inglés) y de producción (de la periferia al mainstream) no le ha sentado nada bien al artífice de aquella radiografía de una mujer bella en su madurez vital, fotografía de una generación de mujeres que tuvieron que renunciar por el camino a su propia realización, a la vez que estudio oblicuo de la sociedad chilena desde la dictadura pinochetista hasta nuestros días.

La desnudez corporal de Gloria era un síntoma de verdad y de autenticidad, de naturalidad y de hondura. Con su siguiente película, Lelio añadía la reivindicación del elemento transgénero, dentro de un discurso coherente con esa búsqueda citada de la libertad y de la plenitud vital, contra todas las imposiciones sociales y restricciones morales.

En Disobedience parece ser que el camino trazado persigue el mismo objetivo: mostrarnos el proceso de liberación de una joven profesional judía y con tendencias lésbicas (Rachel Weisz), que ha debido desarraigarse por completo para poder vivir con plenitud. En cierto modo, el director fuerza los vectores del conflicto en lugar de permitir que este se origine de modo natural porque parte de un punto de vista que exige y da por sentado la complicidad del espectador con tal proceso de emancipación de la protagonista.

Implícitamente, se diseña una dialéctica entre el mundo profano y el religioso, entre lo seglar y lo sagrado, en unos tiempos en que el mundo occidental ha asumido la secularización como una de sus señas de identidad. Se parte de una situación marcada de antemano y esas trampas ideológicas lastran el discurso narrativo, mediante la condescendencia y la manipulación diegética.

La pertenencia a una cerrada y, por definición, asfixiante comunidad religiosa será el factor detonante que provoque la actitud reactiva de la protagonista, para mayor colisión narrativa hija de un rabino con consideración de sabio y casi santo. La muerte en directo de su progenitor, durante la misa hebrea, sirve de prólogo a una película con una estructura circular, pues otra celebración, en este caso la misa funeral en honor de dicho rabino y la consagración pública de su sucesor, será el colofón, al que se le añadirá una coda de redención.

Entre medias, Lelio aspira a pergeñar una historia frustrada de amor juvenil entre un triángulo protagonista, cuyos rescoldos todavía humean en el presente. Esas ascuas aparentemente sofocadas son las que se reavivan cuando la hija del difunto rabino regresa, sorprendentemente y sin aparentemente haber sido invitada, a Londres, desde el exilio de Nueva York (mejor, el destierro que se ha autoimpuesto y al que ha sido empujada) para el funeral de su padre, única familia que le queda.

Los primeros cincuenta minutos son una exposición de ese microcosmos hebreo, de ese gueto no sólo espacial, sino moral, religioso, vivencial. Aparece la parafernalia y la emblemática asociadas a lo judío: la menorá, la mezuzá, la kipá, la mención al estudio de La Torá, el análisis e interpretación del Cantar de los cantares, las cenas familiares, la tensión latente y el repudio del que fue merecedor la protagonista, orquestado por su propio padre para preservar la pureza primigenia.

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Esta es la parte más contenida, más descriptiva, en la que bien por la represión reinante y del entorno, bien por el punto de vista distante y antropológico de la mirada del director, la protagonista deambula. En los encontronazos, suaves y delicados con los miembros de su comunidad y de su familia, el director nos obliga a posicionarnos al lado de Ronnit (Weisz), despachando con cierto pintoresquismo y maniqueísmo a los contrincantes y antagonistas religiosos. Los hechos pasados se sugieren, se intuyen tenuemente, pero carecen de un vigor necesario para justificar la eclosión futura.

Sin embargo, súbitamente y sin previo aviso, estalla el conflicto emocional y se delimita un triángulo amoroso que se proyecta desde la lejana adolescencia de cada uno de sus vértices. Dovid, el elemento masculino, fue el alumno más aventajado y discípulo preferido del extinto rabino, candidato a convertirse en esposo de su única hija, cuyas preferencias amatorias se desviaron hacia otra joven judía, hoy en día la mujer de Dovid. Éste será elegido para ocupar el vacante puesto de rabino, por su preparación, por su fidelidad y ejemplaridad para la comunidad.

Una visita a la casa familiar (de la cual ha sido despojada en el testamento por su propio padre, que la ha cedido a la sinagoga) propicia un efluvio amoroso por parte de Esti (Raquel McAdams), la esposa del rabino in pectore. La gratuidad de dicho efluvio es una muestra de la inconsistencia de los personajes, apenas esbozados y cuya actuación responde más a un resorte ideológico (criticar y poner en evidencia la falta de oxígeno vital en una secta, en una comunidad religiosa cualesquiera, pero si está sometida al rigorismo de la liturgia hebrea, mejor) que a la convulsión y al magma dramáticos que deberían latir exacerbadamente en lo más hondo de sus almas.

La continuación de los besos se producirá en un espacio público para, por supuesto, que aparezcan testigos incómodos que denuncian la conducta inapropiada de la pareja femenina, de la mujer del rabino que expresa con convicción sabe poner y mantener en orden mi casa. La culminación del arrebato sensual tendrá lugar, ahora sí, en la intimidad de las cuatro paredes de un céntrico hotel londinense (pues que no es grande Londres para perderse y no ser espiadas), en donde la falta de sustancia anímica se suplirá por la ostentación corporal: masturbación mutua (con las bragas en su lugar); cunnilingus liberador fuera de campo, del que sólo se ofrece el rostro extático de McAdams; juegos salivares, etc., etc.

El pudor y lo pacato se adueñan de la pantalla, cuando Lelio, en sus anteriores obras, los había sabido mantener a raya y los había rechazado, por hipócritas y por antinaturales. Ahora, la relevancia de las actrices y de la producción lo obliga a domeñar lo sexual en su modo natural, no forzado, para ofrecernos un remedo codificado y tópico, un sucedáneo vulgarizado, amén de servir de señuelo para atraer la atención sobre lo transgresor de su propuesta, siempre con el halo de denuncia ética como coartada que coarta su guión y su mirada.

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Quedan lejos los encuentros amorosos entre dos personas, entre dos cuerpos que se aman al modo de La vida de Adèle (2013, de A. Kechiche), cúspide sexual de una entrega total. Más lejos queda la sutileza de gestos, ademanes y miradas desplegada por Todd Haynes en Carol (2015). En cierto modo se apela, aun sin querer, a ciertos indicios de lesbianismo turbio propios de otras épocas en las que su visibilidad (su representación artística) estaba vedada (y velada), como por ejemplo en La calumnia (1961), de William Wayler, sobre una obra dramática de Lillian Hellman. Del tabú sáfico de antaño, se puede llegar a una obscenidad y exhibicionismo pornográfico sin medias tintas (por ejemplo, Una habitación en Roma, de Julio Medem).

Llegados a este punto, el triángulo debería derrumbarse y la vida de sus vértices transformarse, pero la situación prácticamente se mantiene incólume, para lo cual se recurre al embarazo de Esti, fruto de esos encuentros sexuales al modo misionero que ritualmente mantiene todos los viernes con su flemático marido. Lo que debía ser una convulsión se convierte en un dique de contención.

El triángulo parece resquebrajarse para metamorfosearse en una pareja liberada (después de muchos rodeos innecesarios Weisz propone a McAdams que se vaya con ella a Nueva York), pero Dovid y todo lo que representa parece imponerse sobre el espíritu dubitativo y dúctil de Esti, que acepta su condición de esposa y futura madre, sacrificando in extremis (escena de la carrera y detención del taxi para certificar su sacrificio, la renuncia al amor de su vida que regresa a la soledad vital y ontológica de su exilio) su vía de liberación.

Previamente, en la mencionada secuencia del funeral del rabino, se ha producido una catarsis: su sucesor renuncia al discurso que llevaba escrito e improvisa uno nuevo, en el que también renuncia al cargo y al honor que se le ofrece y reivindica entre y ante el público de la sinagoga la presencia del repudiado vástago.

Al mismo tiempo, se perpetra un comentario de texto para que el obtuso espectador entienda lo que allí ha acaecido. El joven discípulo glosa el sermón, la homilía que su maestro estaba profiriendo cuando le sobrevino la muerte. Un discurso que versaba sobre la cosmogonía, en un mundo regido por Dios y habitado por ángeles, bestias y seres humanos, caracterizados estos por su capacidad de elegir y de equivocarse, por su libre albedrío, por su potestad de disobedience; en fin, por ser libres.

Como espectadores, nos damos por enterados. Lección aprendida.

Por cierto, al rabino lo fulmina la muerte cuando en su sermón dividía a los seres humanos en mujeres y hombres… y parecía que iba a añadir alguna categoría más. Ese algo más le será devuelto por su hija cuando, en un acto de redención y de perdón, desvíe el taxi que la conduce al aeropuerto para rendir un último tributo a su padre: fotografía la tierra que cubre su cuerpo y que alojará su sepulcro. La dialéctica entre obediencia y arraigo frente a la soledad y exclusión de la tribu parece haber sido superada. La paz ha sido filmada, o al menos ese ha sido el inconsútil anhelo de la trama de Lelio.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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