El taller de escritura (2)

  14 Junio 2018

De la literatura, la vida y el desconcierto final

el-taller-de-escrituraDiez años después del estreno de La clase, Laurent Cantet insiste en su intención de  vincular conflictos personales, sociales y literarios. El aula como reflejo de la sociedad y la literatura como forma de dar salida a los impulsos, contradicciones e intereses del ser humano conforman el estilo y filmografía de este director, que se desplaza con soltura del microcosmos pedagógico a la radiografía política.

El director, corresponsable del guión con su colaborador Robin Campillo (Recursos humanos, 1999), propone una reflexión sobre la diversidad cultural, la violencia, el terrorismo, la intolerancia y la xenofobia presentes en la sociedad actual. El argumento parte del proyecto de escribir una novela negra por un grupo de alumnos que necesitan compensar así sus deficiencias educativas. El plan incluye dos condiciones: que sea un thriller y suceda en el lugar donde viven, La Ciotat, villa provenzal cercana a Marsella.

Con este planteamiento, el filme propone algo ya conocido por el cine y la literatura: insertar una ficción dentro de otra, recurso que apunta a Cervantes, Woody Allen (La rosa púrpura del Cairo) o François Ozon (En la casa), entre otros. Este recurso permite contemplar varios planos ficcionales con los consiguientes deslizamientos temáticos y narrativos entre ellos.

Así, el debate literario sobre la novela provoca la discusión sobre una realidad personal, social y política en la que los personajes proyectan sus particulares conflictos. Tanto Olivia (Marina Foïs), exitosa autora de best-sellers y conductora del proyecto, como el grupo de alumnos comienzan hablando de los rasgos de la novela  para pasar a confrontar sus posturas respecto al entorno que condiciona sus vidas.

El texto como pretexto promueve un proceso de interacción entre la novela en curso y una realidad latente, cuyo desvelamiento depende de que la primera actúe como espejo de la segunda. La dialéctica e interacción entre los dos planos, el literario y el político-social, configuran la primera parte de la historia y determinan la estructura del filme.

La presentación de los personajes facilita la comprensión del problema de la diversidad de las sociedades europeas, donde la migración histórica ha configurado una sociedad en la que deben convivir gentes de distintas razas, creencias y culturas. La conversación entre los miembros de esta sociedad en miniatura y su tertulia sobre las características del relato que deben escribir no son mero entretenimiento didáctico, sino el medio de construir un discurso sobre diferentes respuestas a conflictos generados por la mezcla de africanos, marroquíes y franceses en un mundo fracturado y confuso.

En esta primera parte, cimentada en diálogos bien dosificados, la discusión literaria avanza a la par que la discusión política. El análisis de los rasgos del thriller, el ritmo y la dosificación de los hechos motivan un acalorado debate sobre otros juegos y lenguajes narrativos, como los de las series o los videojuegos, colonizados por la acción y violencia extremas. Lo mismo sucede cuando se aborda la naturaleza criminal del asesino del género negro, cuyo estudio deriva hacia la naturaleza del mal y el castigo de los que lo practican en la vida real.

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Un plano ficcional impregna al otro y lo contamina, de modo que  en el grupo ya no se discute sobre la novela sino sobre la vida de los personajes, el miedo al terrorismo yihadista y la pasada tragedia del Bataclan, es decir, de todo aquello que les perturba e inquieta. Igual que la realidad social se filtra en la literaria, ese universo en miniatura que es la clase se transforma en reflejo de la sociedad francesa, europea y occidental.

El uso de este viejo artificio narrativo tiene dos efectos: por un lado dota de dinamismo a una exposición temática que de otro modo podría haber resultado densa y compleja, aunque el director se limita a plantearlo sin  demasiados matices; por otro, al hacer coexistir los dos planos en el relato, el destinatario del mensaje tiene la sensación de que uno es más real que el otro y que el interés por los conflictos sociales es el más verdadero y fiable. Esta técnica produce además una impresión de distanciamiento, que el director confirma cuando explica que ha pretendido abordar estos temas con “la objetividad propia del documental”. Pero todo es un truco, ya que ambos planos son igualmente ficticios dentro del filme de Laurent Cantet, claro está.

De este modo la empatía con el espectador y su complicidad están aseguradas. Su interés ha sido captado y, como el gancho ha funcionado, ya puede comenzar la segunda parte de la historia, la que explicita la confrontación entre uno de los estudiantes (el provocador y furioso Antoine, Matthieu Lucci), la profesora y el grupo. Parece que la función de este personaje, el único del que se muestran las raíces psicológicas, familiares y sociales de la furiosa rebeldía que ostenta, es la de representar a  la extrema derecha, intolerante y autoritaria, defendida por los seguidores de Le Pen.

Antoine, al cuestionar todas las propuestas, genera una serie de dualidades en el marco del taller, que configuran y duplican los puntos de vista, enriqueciendo la mirada sobre cada uno de los temas. Oponiéndose a todo y a todos, Antoine se singulariza ante el grupo como un ser malhumorado y antisocial que oculta su soledad en la isla de su habitación, internet y los videojuegos; que distrae su aburrimiento en simulacros y nocturnos entrenamientos bélicos; que intenta aliviar su confusión en el ejercicio físico y sus baños en el mar. En resumen, un personaje adolescente y atormentado por la falta de confianza en sí mismo y en la generación que le precede, tal y como expresan sus críticas a Olivia como escritora de best-seller y como coordinadora del proyecto. De nuevo lo literario se correlaciona con lo vital.

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Lo que se persigue con esos episodios es algo más que oponer dos visiones del mundo, pues el espionaje que cada una de las partes practica con la otra, encarnadas en los personajes de Antoine y Olivia, evidencia el desconcierto, el interés y la curiosidad que cada uno siente por su contrincante. Lo que realmente sucede es que la pretendida objetividad anterior desaparece sepultada por la emoción, la distancia se acorta tanto que la tensión sube y sube, el ritmo se acelera, y el supuesto documental se convierte en thriller. Finalmente el plano de la ficción psicosocial se ha impuesto al literario, pues a estas alturas el espectador está tan pendiente de las andanzas de Olivia y Antoine que ha olvidado todo lo demás.

A partir de este momento, el de la tercera parte donde se debería producir el final, cierre o desenlace de la historia, los guionistas toman un camino desconcertante. De pronto la historia da un giro hacia territorios simbólicos o poéticos donde la luna podría señalar alguna forma de realidad soñada, y el barco el espacio de solidez que se conquista con la madurez.

Da la impresión de que el director ha querido obsequiar a los personajes con cierta esperanza en un futuro donde podrían resarcirse de un presente que les rechaza y un pasado que desconocen. Un pasado que los alumnos deben descubrir al visitar las ruinas de las industrias navales desmanteladas por la globalización de la crisis. Precisamente se trata de La Ciotat, donde los Lumiére filmaron la llegada del famoso tren y la salida de los obreros de la fábrica. El paseo en moto de Antoine evoca y rinde homenaje el nacimiento del cine.

En este recorrido del filme por estilos y formatos diversos, el realizador se ha perdido en un juego donde la pieza no encaja en el puzle, estropeando así el resultado.

Habrá que mandarlo a un taller de escritura.

Escribe Gloria Benito.

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