Caras y lugares (3)

  29 Mayo 2018

Crónica de un final

caras-y-lugares-1Cerca ya de los noventa años, Agnès Varda, una de las últimas supervivientes de la Nouvelle Vague, vuelve al cine, en concreto a ese híbrido de documental y ficción (valga la redundancia, habría que decir) con el que tan buenos frutos cosechó a lo largo de su carrera. En esta ocasión encuentra la colaboración de un peculiar artista-fotógrafo que se hace llamar JR, y que se dedica a hacer grandes fotografías en blanco y negro y decorar con ellas muros y otros espacios públicos de los pueblos que visita.

El resultado es Caras y lugares, un deambular por la geografía francesa a la caza de personajes anónimos que en un momento adquieren una fama que nunca esperaron y que, a la postre, se intuye efímera, como queda de manifiesto con toda claridad en la fotografía borrada con la subida de la marea, acto que puede constituirse como la perfecta metáfora de lo que la película representa.

En apariencia no existe un hilo conductor que aglutine los diferentes recesos del camino. Más bien parece confiarse todo a la calidad de los paisanos con los que los artistas se topan, más la sorpresa que produce el peculiar arte que practican. Son breves historias de las que emana una humanidad contagiosa, complementada y reforzada por la particular mirada entre cómplice y jocosa de sus interlocutores. Desde ese punto de vista la película constituye una especie de bucólica fábula pastoril construida para el regocijo partícipe del espectador.

Cierto es que las distintas escalas del viaje van siendo puntuadas por elementos que parecen ir ofreciendo una mayor densidad al discurso, apaciguando así las inquietudes siempre a flor de piel de quien no se conforma con el mero entretenimiento inane. De este modo se percibe, más que adivinar, un trasfondo llevado a la superficie en el que se acumulan aspectos como la importancia de la mirada (las gafas de JR-Godard, la enfermedad ocular de Agnès, la naturaleza misma de los montajes), la función del arte (la sorpresa, la conservación de lo que desaparece), el papel de la tecnología como sustituto-asesino de un mundo que se acaba (los selfies de las grandes fotografías en contraste con la camioneta-cámara de fotos, que representa un modo antiguo y desfasado de capturar la imagen), la posición social de hombres y mujeres (los estibadores y sus esposas), el respeto a la naturaleza frente al mero interés económico (las cabras y su tipología, los peces) o el mismo discurso metalingüístico, cuando los ojos y los pies de Agnès viajarán más lejos que ella misma a lomos del tren de mercancías al que se han adherido sus fotos.

Con ello se consigue que sobrevuele por toda la película una especie de pátina ideológico-cultural que vendría a completar la mera dimensión antropológica dominante, como si ésta, por sí sola, no bastara para satisfacer las pretensiones de autores y espectadores.

El problema es que su recorrido es escaso. Da la impresión de referencias más o menos azarosas dejadas caer aquí y allá a la espera de encontrar un receptor interesado, pero sin que posean la suficiente consistencia como para articular un discurso coherente. En este caso se ha echado mano de lugares comunes que vengan a rellenar unos supuestos huecos que tal vez no necesitaban ser rellenados. Como si se le quisiera dar un empaque a la película que, antes que completarla o profundizar en ella, la vuelve más dispersa.

Sin embargo sí que puede encontrarse un hilo conductor que permite reconstruir la unidad bajo la diversidad. Y ése no es otro que la idea del final.

Un final que, ante todo, acompaña a la propia Agnès Varda, quien quizá nos ofrece aquí su última película, o en todo caso está en el desenlace de su carrera, amén de una vida que vive, irremediablemente, sus últimos capítulos. Y como si fuera la conclusión de lo vivido, nos ofrece un repaso de todo ese mundo que, al igual que ella, también se acaba, bien por su destrucción, bien por su transformación auspiciada por los nuevos tiempos y los avances tecnológicos que conllevan.

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Caras y lugares sería así un viaje de despedida, la constatación de que la vida es finita, de que la permanencia es imposible. En cierto modo la propia Agnès Varda pone su existencia sobre el celuloide, la convierte en metáfora y abandona cualquier esperanza que fuera posible albergar. La película es entonces un relato trágico que asume que los intentos de perpetuarse a través del arte (de las fotos, del cine) no van más allá de una vana ilusión irrealizable, como bien demuestra la marea destructora. Las fotografías de JR colocan vida sobre los escombros, sobre los restos de la civilización, sobre el duro cemento de lugares antiguos, pero esa vida no pasará de ser un recuerdo fugaz para quien logre contemplarla en su breve tránsito por aquellos espacios públicos.

Sin embargo el tono no es el de una tragedia, sino todo lo contrario. El modo en que se ha afrontado la película, la ligereza y el humor con el que se aborda, vienen a desmentir la densidad de su contenido. No hay desesperación ante lo inevitable, inútil por otra parte, sino asunción gozosa de la renovación que siempre sucede a lo que termina. Al mismo tiempo que es una despedida, la obra de Varda y JR es también la afirmación de un nuevo camino desconocido pero inevitable, nuevas sendas que están apuntadas y que quizá representa mejor que nadie el fotógrafo, él si en la plenitud de la treintena, cuando explora sus nuevas propuestas artísticas.

JR y Godard, por supuesto. La película es un canto de amor y reconocimiento al amigo y maestro. Empezando por la carrera, una vez más, por la galería principal del Louvre, si bien la agilidad, como no podía ser de otra manera, está muy mermada, y los récords son ya una quimera.

Pero además Godard es la renovación del lenguaje cinematográfico, porque estamos asistiendo también al final del cine, al final del relato clásico, y el director francés es tanto su enterrador como el doctor Frankenstein que conseguirá hacerlo revivir de sus despojos. Varda le reconoce su carácter de inventor, de renovador, artista inquieto que no se resigna a dejar las cosas  como están, sino que arriesga siempre con nuevas propuestas.

En este sentido la resolución de la película, con la ausencia de Godard, representa, amén de un recordatorio encriptado de la muerte de Jacques Demy, el marido de Agnès Varda, (la muerte del viejo cine otra vez) una ruptura de la lógica misma del relato, el cual va encaminado al reencuentro de los viejos amigos, pero que queda abruptamente truncado con la desaparición del autor de Banda aparte, lo cual, si bien se mira, no es más que el umbral desde el que se accede a nuevos modelos cinematográficos, al tiempo que se dejan atrás los inservibles y gastados mecanismos tradicionales.

Con su ausencia, Godard ha hecho posible que la película sea radicalmente godardiana.

Escribe Marcial Moreno  

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