La fábrica de nada (3)

  25 Mayo 2018

Un fantasma recorre Europa

a fabrica de nada-1El fantasma de Pedro Pinho, cineasta detrás de A fábrica de nada, filme que destaca a primera vista por un claro y coherente contenido político. Ello lo vemos de forma evidente tanto en la historia que se cuenta, como en todo el relleno intelectual que presenta la obra a lo largo de su metraje.

Y es que de por sí, la trama ya es suficientemente potente como para reflexionar y darle vueltas a aquello que el autor le preocupa: la situación del trabajador en el sistema capitalista. Pero el director portugués decide completar lo anterior incluyendo numerosos pasajes, discursos y debates de gran contenido social, político y filosófico en torno a cuestiones como el consumo, el mercado, el trabajo, el capitalismo...

Personalmente, no sé hasta qué punto todo ello beneficia o lastra a la película. Es cierto, sin embargo, que si este relleno intelectual no estuviera se marcaría una diferencia, ya que el posicionamiento del director seria menos claro. En ese sentido es positivo para el filme, ya que nos ayuda a conocer la mentalidad de su autor. Pero por el mismo motivo es también una carga: creo que un cineasta no debe buscar dar respuestas masticadas, sino puntos de partida a reflexiones, meditaciones, dudas. Ello provocará que el espectador llegue a sus propias conclusiones que, sean las que sean, serán de un valor enriquecedor gracias al proceso vivido.

Véase por ejemplo a otro gran cineasta muy concienciado con el mundo laboral, a un humanista que se preocupa y ha defendido siempre a las clases más desfavorecidas del capitalismo, como es el finlandés Aki Kaurismäki. Cierto es que lo hace todo muy a su manera debido a la enorme personalidad que le rodean tanto a él como a su cine, pero a pesar de todo este director es también capaz de retratar el ambiente que a Pedro Pinho interesa y de despertar el mismo tipo de debates y dudas sin todo ese exceso de verborrea teórica e intelectual.

Por ello, y aunque coincida con muchas de las críticas realizadas por el autor portugués, no termino de estar de acuerdo con su forma de exponerlas. Aun así, y a pesar de este desacuerdo, creo que la obra es sumamente interesante y tiene otros tantos motivos muy atractivos a tener en cuenta.

El más llamativo de todos ellos es la gran libertad de la cual goza el filme. Y es que si atendemos a sus formas veremos que es una película inclasificable, una obra que se aprovecha de todo lo que considera adecuado en el momento que considera adecuado para contar lo que quiere. Así, encontramos una curiosa mezcolanza entre elementos usuales del cine de ficción con otros asociados al documental y al musical.

También tiene un extraño y fuerte componente metalingüístico que se acrecienta con el paso de los minutos. Dicho aspecto se encuentra personificado en Daniele Incalaterra, cineasta militante que se encarna a sí mismo y que en algunos instantes parece el propio director de la película que estamos viendo.

A los dos elementos anteriores se suma el de la participación de numerosos actores no profesionales, algo que siempre dota al filme que los usa de una aureola mágica y  fascinante, sobre todo si el resultado es, como en este caso, de una fuerza dramática y emocional apabullante.

Cabría citar a su vez la preocupación estilística que destila la obra, algo se aprecia a través de las localizaciones escogidas y la manera de fotografiarlas: las composiciones, los colores, el uso de la luz. Ello también se observa claramente en el vestuario y el atrezzo elegido. Pero lo que yo creo que es el aspecto más representativo de esta preocupación estilística es el hecho de decidir rodar en 16 mm, con todo lo que ello conlleva.

Por último me gustaría citar un elemento que creo que puede desmontar todo lo que he argumentado a los inicios de este texto. Se trata del fuerte tono cómico e incluso autoparódico que invade a la obra a lo largo de su metraje y que es más intenso y evidente en sus instantes finales. Y es que, ¿qué se puede decir sobre algo que se desmonta a sí mismo? ¿Cabe acaso crítica alguna contra algo así?

Pedro Pinho es consciente de las diferencias entre teoría y práctica, entre los intelectuales y los obreros, y su forma de hacer esto evidente es a través del humor.

Escribe Pepe Sapena

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