Hannah (3)

  22 Mayo 2018

Un círculo que termina siendo una arista clavada

hannah-1Siguiendo el hilo de su opera prima, Medeas (2013), el italiano Andrea Pallaoro se confirma como un cineasta de lo observacional, de la confianza en el gesto y la mirada en el contexto cotidiano para sugerirnos la trama y el trasfondo que viven los personajes de sus obras. Con esta táctica, Pallaoro funciona como un expositor que plasma las acciones (o inacciones) de los individuos, evitando todo juicio moral, en obras que llevan en su germen dilemas morales fruto de las relaciones humanas.

En Hannah, Pallaoro basa la fuerza de su propuesta en la faz y los movimientos de una Charlotte Rampling en estado supremo. No proclama grandes monólogos, no chilla, no alardea, simplemente anda, mira, cocina, nada… El silencio de la protagonista construye una atmosfera incomoda, reforzada con la composición de planos descentrados y con un tono manierista que trasladan ante los ojos del espectador la inestabilidad emocional de una mujer herida, arrepentida y repudiada por la sociedad, por un suceso inconcreto junto a su marido, actualmente en la cárcel.

Todo lo turbio que puede contener el relato queda elidido y es el espectador quien puede rellenarlo con el valor que elija. Aparte de esquivar toda lección moral paternalista hacia Hannah y, por ende, al espectador, Pallaoro no determina el pasado porque lo que le interesa es la redención y la búsqueda personal de alguien perdido en una triste rutina, marcada por la culpa.

Hasta cierto punto es lógico que al hacer una aproximación realista a los conflictos de un personaje estos no se canten a los cuatro vientosHannah suprime las causas de estos y te deja solo con las consecuencias. Una mujer que sobrevive día a día sin tener aparentemente ninguna razón por la que vivir. 

Todas sus acciones por pequeñas que sean estén condicionadas por todo la trama en off que carga sobre sus espaldas. Conseguimos aproximarnos a ella tanto de una forma física como psicológica y sentirnos desesperados. Su único defecto es que la pasividad de las acciones, el ritmo en que suceden y los pocos estímulos que prevalecen nos acaben desconectando de ella. 

La película es un buceo frío en los hábitos de Hannah, una acumulación de escenas aparentemente triviales en las que se desflora la identidad de un personaje que bascula entre la realidad y la actuación –de ahí que tome clases de teatro-. El personaje queda retratado ante su reflejo ya desde su mismo nombre, en forma de palíndromo. A partir de allí, el público debe discernir a través de estos momentos cotidianos cuales muestran a la verdadera Hannah y cuales no.

Entrar en Hannah puede suponer un poco reticente, dada su (falsa) no-evolución dramática. Pero Pallaoro consigue fascinarnos por medio de un clima desasosegante, reposado en el magnetismo de una pletórica Rampling.

Una de esas experiencias que, en su visionado, no resulta llena. Pero que, al terminar, se queda con el espectador y le acompaña durante un buen tiempo. Lo suficiente para seguir pensando en Hannah, lo que fue, lo que es y lo que será.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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