Los vengadores: Infinity War (2)

  21 Mayo 2018

Rutinaria

avengers infinity war-0Hay un salto clamoroso del papel al celuloide en aquello que respecta a la adaptación de los cómics de superhéroes. Todo aquél que no lo entienda está condenado a elaborar un producto facilón.

Los cómics no aguantan largas series de batallas, no pueden sustentar su encanto sólo en piruetas inverosímiles de personajes sobrehumanos. Marvel y DC, entre muchas otras, entendieron esto hace tiempo y decidieron reinventar el cómic con largas sagas de superhéroes que se iban encadenando en "universos" con tramas cada vez más complejas. Esto les salvó de la rutina.

El cine posee sin duda un lenguaje diferente, más rico y menos rígido al contar con movimiento y sonido, más expresivo y menos expresionista. Pero ello no puede servir de excusa para caer tantas veces en lo rutinario, como si su mayor dinamismo pudiera sostener algún que otro descanso imaginativo.

Muchas de las películas del universo Marvel poseen un encanto especial. Esto sucede casi siempre que rozan tangencialmente aquello que se ha venido en llamar (salvando las distancias) cine de "autor": películas hechas por realizadores con cierta marca personal y una trayectoria definida, reconocible. Sucedió con el Logan de James Mangold, los X Men de Bryan Singer o Mathew Vaughn y, sobre todo, con el Thor de Taika Waititi o los Guardianes de la Galaxia de James Gunn.

Sin embargo hay una gran mayoría de episodios realizados por jornaleros del mainstream, gente con oficio pero sin arte, que cumple con escrúpulo los mandatos de la escaleta y no se sale ni lo más mínimo de lo absolutamente predecible, ni siquiera en aquello que por su propia naturaleza debiera resultar impredecible.

Los hermanos Russo son un perfecto ejemplo de ello. Han dirigido varias entregas de Los Vengadores y a fe mía que no han conseguido ni una sola escena memorable. Todas las virtudes que puedan atesorar estas películas están en el guión, que deriva de otros creadores ajenos a la familia. Lo mismo sucede a Infinity War, una película rutinaria, salpicada de batallas cada pocos minutos, donde ni siquiera un cuidado CGI destaca en el marasmo y la confusión, en la violencia insensibilizante de hordas que atacan y despedazan sin hacernos sentir la crudeza del combate.

Es por culpa de Waititi y Gunn que las vergüenzas de los Russo han quedado al desnudo. El Thor del neozelandés nos mostró a un dios humanizado, cercano, gracioso incluso. El misterioso y circunspecto Doctor Extraño no le iba a la zaga. Starlord, el patán de las galaxias siempre presto a la torpeza y el autoescarnio, fue siempre un soplo de aire fresco. Pero ahora estos mismos personajes, incluyendo al siempre incisivo Tony Stark, se nos aparecen acartonados en manos de Joe y Anthony, intentando ser ocurrentes sin conseguirlo, o repitiendo  demasiadas veces el mismo chiste. Son como malas imitaciones de los actores de Thor: Ragnarok o Los Guardianes de la Galaxia.

Así pues, descartado el arte (si tal cosa es posible en una película de estas características) nos queda valorar el oficio.

Infinity War da entonces lo que promete: caos y destrucción. Un enemigo implacable, con una lógica por momentos casi convincente: un imperativo ecológico que exige la destrucción de la mitad de los seres vivos para restablecer el equilibrio del universo. Frente a él, criaturas con vida propia, pequeñas dichas y miserias que justifican desde sí mismas la existencia y que luchan por conservarla.

No escapan a esta caracterización los superhéroes, que del mismo modo que los mortales se aferran a su pequeña porción de terreno y tiempo. Si hay algo lejanamente sutil en Infinity War es esto: la asimilación de los Vengadores al resto de los mortales, que luchan por todos, pero antes que por ninguno, por sí mismos, por su derecho a vivir, sufrir y gozar. Una caracterización vitalista de la existencia frente al nihilismo depresivo y ciego del destructor de mundos.

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La película parte de una diversidad de escenarios y focos de acción para converger en la Wakanda de Black Panther, donde tiene lugar la batalla final. Una batalla, de nuevo, rutinaria hasta que llega su fin, inesperado sólo si atiendes al guión de la película y los desenlaces habituales de este tipo de cine. Un compañero me dijo que bastaba mirar la vida real de los actores que protagonizan la saga para intuir este final sorprendente, pero cabe decir que había que hilar muy fino para darse cuenta de esto. Si sólo atendemos a la pantalla, resulta difícil no sorprenderse ante el giro de los acontecimientos.

Lo cierto es que, rutinas aparte, este epílogo reúne ciertas virtudes: epata, abre multitud de interrogantes y nos emplaza, como el mejor de los hangovers, a la próxima entrega dentro de un año. Ha hecho que ardan las redes en busca de teorías y se ha garantizado una recaudación record para ésta y próximas películas, donde nuevos y viejos héroes deberán, en parte, desfacer el entuerto.   

No es poco para un producto comercial, pero sí demasiado poco para una obra de arte. El Aleph de Borges parecía jugar a lo mismo que Infinity War: un folletín rutinario, una vida de pequeñas envidias y miserias, tan vulgar como cualquiera, para desembocar de repente y sin esperarlo en la ruptura de la propia realidad, en el multum in parvo, en una de las cumbres de la literatura universal. Sin embargo... ¡Qué manera tan deliciosa de narrar la rutina, la envidia y el resentimiento! ¡Qué habilidad para aburrirnos, haciendo de esto mismo un camino necesario hacia la sorpresa!

Si alguien cree que desvarío está en lo cierto. Pero que la película más taquillera de la historia del cine no soporte una comparación lejana con un solo cuento de Borges, es muy mala señal para la cinematografía.

Escribe Ángel Vallejo


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