Rebelde entre el centeno (2)

  18 Mayo 2018

Un biopic deshilvanado

rebelde-entre-el-centeno-1Es posible que el director de este relato sobre la vida de uno de los escritores más icónicos de la literatura norteamericana haya considerado la adhesión a lo convencional como garantía de un éxito comercial que no se ha hecho realidad.

El “enigma Salinger” podría, sin duda, funcionar como anzuelo para atrapar a potenciales espectadores y reales lectores, intrigados por la misantropía de un autor que alcanzó el éxito y la fama con El guardián entre el centeno, su única novela.

A la falta de imaginación del título de la película se añade la absoluta ausencia de interés del equipo de realización del filme por profundizar en los misterios del mítico escritor. Danny Strong, coproductor, director y ocasional guionista y actor, que cosechó sus primeros éxitos  bajo el manto de la HBO (Recuento y Game Change) y se consolidó en series tan populares como Empire y en alguna de las películas (Sinsajo y Sinsajo II) de la tetralogía Los juegos del hambre, no ha triunfado como director de su primer filme.

Lo cierto es que la película no aporta nada nuevo, ni en contenido ni en perspectiva, a lo que ya se conocía sobre la vida del escritor. Tampoco profundiza en su proceso creador ni en los conflictos que supuestamente transformaron su vida en literatura. Y mucho menos penetra en su distante estilo ni en el cínico y perturbador humor de su obra.

El relato se ordena lineal y cronológicamente alrededor de los hechos consignados en el libro de Kenneth Slawenski, J. D. Salinger: una vida oculta (2010), e ignora el contenido del trabajo publicado en 2014 por los periodistas David Shields y Shane Salerno (Salinger), cuya estructura y conjunto de materiales quizá inspire en el futuro una buena película de ficción que no se resigne a rozar la superficie de la anécdota.

Nicolás Hoult, actor versado en el cine fantástico y de acción (X-Men), encarna al protagonista con una interpretación absolutamente plana e inexpresiva. Tras las lentillas marrones que ocultan el azul de sus ojos, su rostro adquiere un semblante hierático con eventuales fruncimientos del ceño que pretenden sugerir, alternadamente,  aislamiento o furia.

Entre el espectador y la historia se interpone la voz en off del protagonista, que reitera con demasiada frecuencia lo que las imágenes y los diálogos muestran con sobrada claridad. Este exceso de aclaraciones apenas deja resquicios para que el destinatario descodifique y/o interprete el contenido, y atribuya al director alguna intención que no sea la de disponer, uno tras otro, los episodios irrelevantes de una vida. Lo que se ve es lo que hay, sin  misterios que adivinar ni enigmas que descifrar.

Observamos una serie de incidentes relativos al ambiente familiar y acomodado de un adolescente y joven Salinger que, impulsado por sus deseos amorosos y literarios, acarrea su rebeldía por los bares neoyorquinos de los años 30. Su formación universitaria en Columbia se muestra dentro del contexto cultural donde las revistas y periódicos como Colliers, Esquire, Story y The New Yorker colonizaban y controlaban la edición y publicación de la obra de los  escritores noveles.

La experiencia bélica del autor en las batallas de Hürtgen y las Ardenas se representa en secuencias tan torpes y envejecidas que parecen extraídas de otros filmes. El estrés postraumático se sugiere como causa del aislamiento y hosquedad de Salinger, del fracaso de sus matrimonios y de la consideración de la escritura como terapia contra la soledad, la furia y el vacío existencial. Todo muy evidente y ordenado en una lógica causal sin fisuras ni oquedades.

El nacimiento del personaje central de su novela, el emblemático Holden Caulfield, pasa inadvertido en una secuencia anticipatoria donde se menciona de pasada el relato Sligth rebelión off Madison (1941). A pesar del intento de inscribir la mención de su simbólica muerte en el final real de Salinger como escritor tras su voluntario y definitivo retiro en Cornish, la pretendida relación de ficción y realidad queda enturbiada por la atonía narrativa de la película.

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La ausencia de un ritmo que capture la atención del espectador y contribuya al discernimiento entre lo nuclear y lo accesorio es causa tanto de la confusión como del aburrimiento que aparece hacia la mitad de la  proyección.

No podemos saber hasta qué punto la participación del actor Kevin Spacey en el papel de Whit Burnet, carismático profesor, guía y mentor del joven Jerome David Salinger, ha podido influir en la acogida de la película por un público influenciado por la campaña “Me too”.

Los dudosos comportamientos de Harvey Weinstein y otras figuras del mundo del cine retrasaron cuatro meses el estreno en España, pero no impidieron la presencia de este actor, cuyo trabajo destaca dentro de un elenco que no brilla demasiado a pesar su afianzada posición profesional. Zoey Deutch, en el papel de Oona O’Neill y Sara Paulson en el de la segunda esposa, Claire, ya habían descollado en The disaster Artist y Carol, respectivamente. Lo que está claro es que el estreno de la película meses antes del escándalo impidió a Danny Strong volver a rodar los planos donde aparece Kevin Spacey, como hizo Ridley Scott en Todo el dinero del mundo.

Recordamos la actuación del director como secundario en Pleasantville (Gary Ross, 1998), en aquella secuencia donde el  protagonista, Tobey Maguire, le recomienda leer El guardián entre el centeno y Huckleberry Finn, los dos libros prohibidos. Desconocemos si la anécdota fue el germen del proyecto o quizá no fue más allá de los límites de la ficción.

En Salinger, de David Shields y Shane Salerno, se dice  del autor que “pasó diez años escribiendo su única novela y el resto de su vida arrepintiéndose”. Y sobre su desgarro interior y reclusión Zen, que “la guerra mató al hombre pero hizo nacer el artista”; en cambio “la religión le dio paz pero mató el arte”. Como estas palabras nos resultan más sugestivas que la película, con ellas nos quedamos.

Escribe Gloria Benito

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