ELEGY (1)

  06 Mayo 2008
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Título original: Elegy
País, año: Estados Unidos, 2008
Dirección: Isabel Coixet
Producción: Tom Rosenberg, Gary Lucchesi y Andre Lamal
Guión: Nicholas Meyer, basado en la novela "El animal moribundo" de Philip Roth
Fotografía: Jean-Claude Larrieu
Música: Varios (selección de canciones)
Montaje: Amy E. Duddleston
Intérpretes:

Patricia Clarkson, Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Peter Sarsgaard, Deborah Harry

Duración: 108 minutos
Distribuidora: On Pictures
Estreno: 18 abril 2008

Teatralización del deseo
Escribe Daniela T. Montoya

Amores desencontrados, la soledad dolorosa y la muerte inminente son elementos recurrentes en la filmografía de la directora catalana Isabel Coixet. Historias románticas donde el amor alcanza su momento más álgido, en un tiempo precede al inevitable final. Personajes abocados a situaciones límite para que extraigan sus sentimientos más profundos. Aquellos secretos que más dolor conlleva confesarlos, y aquellos deseos que fueron sepultados en un intento barojiano de alcanzar un estadio de quietud, retornan a la superficie desbordando vitalidad antes del acabose.

elegy1.jpgSin duda, próximo a estos planteamientos, a Coixet le debió parecer cercano el protagonista de El animal moribundo (1): David Kepesh, un profesor de universidad, sexagenario, que mantiene una activa vida intelectual y sexual con jóvenes alumnas y maduras ex-amantes, reflexiona sobre los tabúes sexuales de nuestra sociedad. En principio, un personaje suficientemente atractivo por sí mismo, pero cuyo discurso autoreflexivo dificulta su adaptación al formato cinematográfico.

Sin seguir a pies juntillas la novela, con Elegy, Coixet no parece del todo capaz de trasladar la esencia del texto escrito, en una narración fílmica autosuficiente. Prosiguiendo con su estilo de filmar/observar con la cámara al hombro, se aproxima a la fragilidad que oculta David tras su fachada de crítico célebre.

elegy2.jpgÉl es un hombre que ya no espera nada excepcional, pero se encuentra con Consuelo (Penélope Cruz), una joven que le hace perder su equilibrio e independencia. La forma en que ella le ama, provoca que a David le entre el pánico de sentirse enamorado. En su piel reaparecen los celos adolescentes, el miedo a perderla, la inseguridad en sí mismo.

Elegy podría ser una historia de amor romántico, una más en la filmografía de Coixet. Conjunciones imposibles entre sujetos abatidos por la vida, que son retratados con esa peculiar mirada respetuosa, próxima, aunque pudorosa, que retiene aquellos pequeños gestos que reflejan la afección hacia los seres amados. Ahí es donde es más intensa la emotividad que desea transmitir Elegy.

Pero el relato sobre la unión de estas dos personas queda lastrado por el estilo narrativo elegido: posicionarnos en el punto de vista de David, introduciendo con reiteración sus pensamientos en forma de voz en off (2), quiebran constantemente la aproximación del espectador hacia la historia de amor.

En cine es difícil hacer adaptaciones de libros, más aún si estos contienen una densa teorización sobre la ética o la antropología. No cumplir con el principio básico de trasladar las oraciones del texto escrito, en imágenes que se oponen y contraponen, conlleva caer en la mera teatralización. Si en el texto de Roth las divagaciones reflexivas (3) llegan a discurrir de forma similar a un discurso filosófico que aspira a romper con los tabúes sociales, en la película de Coixet se quedan en la superficialidad de lo tópico: la diferencia de edad como insalvable problema de la pareja.

elegy3.jpgAmbos, escritor y directora, abordan un mismo tema (el intelectual seductor) pero, al hacerlo desde diferentes puntos de vista, el resultado es desigual. Por ello, tratar de ser fiel a la novela sobre un maduro seductor, para relatar una película sobre el amor de una pareja, seguramente no sea el mejor punto de apoyo.

*****

(1) Novela de Philip Roth, considerada de menor calibre en comparación con su memorable La mancha humana (publicada en el año 2000).

(2) Precisamente, en sus anteriores películas, a la hora de mostrar los pensamientos de sus protagonistas, Coixet fue original encontrando recursos internos a la propia historia: una grabadora que contiene las últimas palabras que Ann (Sarah Polley) no logra decir en vida (en Mi vida sin mí, 2003); o aquellas cartas en que Hanna (de nuevo, Sarah Polley) revela su pasado (La vida secreta de las palabras, 2005).

(3) En El animal moribundo se plantea qué es aquello que Consuela Castilla puede ofrecerle de diferente respecto “de esta nuestra ubérrima sociedad de libertad sexual. Y aquí es donde comienza la pornografía […] La pornografía ordinaria es la exacerbación de los celos […] La pornografía ordinaria es una representación. Es una forma decadente de arte. No es que sea fingido; es que es manifiestamente falso. Deseas la chica de la película porno, pero no te sientes celoso de quien se la puede tirar porque se convierte en tu sustituto […] El que se tira la chica se convierte en un suplente tuyo que está a tu servicio; esto erradica el dolor y lo convierte en una cosa agradable […]”. Aquellos que hayan visto la película, se darán cuenta.

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