Invitación de boda (Wajib) (3)

  04 Mayo 2018

«Conflicto» generacional

invitacion-de-boda-3Seleccionada para representar a Palestina en los Oscar de 2018 a la mejor película extranjera, aunque finalmente no consiguiera ser escogida entre las últimas cinco finalistas, Invitación de boda (Wajib), dirigida por Annemarie Jacir (La sal de este mar, Misterio en Amán), se nos presenta como un claro ejemplo de cine sólido y comprometido. 

Construida sobre un punto de partida bastante simple, pero fijado en una intención de documento antropológico (el wajib, o la costumbre local, típica del norte de Palestina, que asigna a los hombres de la familia la tarea de llevar las invitaciones de boda casa por casa), la película se desenmaraña durante una buena parte en una situación narrativa fija y reiterada. Padre e hijo viajando en el desvencijado automóvil del primero por la ciudad de Nazaret, con paradas más o menos largas en casa de los distintos familiares y demás invitados, que dejan espacio para pequeños retratos a menudo caracterizados por un cortés sentido del humor. 

La intención de la directora y también guionista es la de retratar de la forma más fiel posible una Palestina urbana (Nazaret tiene alrededor de 75.000 habitantes). Para ello elige relatar una sensación de opresión a través de fragmentos que entran tangencialmente en la pantalla, a veces incluso a través de una breve imagen capturada sobre la marcha por el automóvil que se convierte en una curva (esos soldados encuadrados fugazmente…).

Mediante esta y otras técnicas igual de efectivas dota de sentido un contexto social que busca meticulosamente sus propias formas de una idea de normalidad, donde esa misma normalidad es revelada por un término que incluye en su significado también vivir como prisioneros, con libertad limitada de pensamiento y acción, y sobre todo guardando celosamente las manifestaciones del ritual y la cultura que en su continuidad garantizan la comodidad de la identidad, con ese padre coraje a la cabeza entusiasmado que hará lo indecible para darle a la hija una hermosa boda e involucrar a tantos amigos y parientes como sea posible en la ceremonia.

Uno de los logros más importantes de este interesantísimo film es el de duplicar el conflicto enfrentando a un padre y a un hijo que también lo son en la vida real. Uno encarna la tradición —Mohammad Bacri, quien en 2002 dirigió un documental titulado Jenin, Jenin que tuvo muchos problemas con las autoridades israelíes— y otro la modernidad —Saleh Bakri, visto en films estrenados en España como La fuente de las mujeres y La banda nos visita—.

Ambos se quejan amargamente del punto de vista contrario de su interlocutor: el padre quiere que su hijo no vuelva a marcharse y le vende el país como un reguero de oportunidades para mejorar su vida. Sin embargo, Shadi tiene otros planes (novia, trabajo fijo) que desde luego no pasan por desandar el camino andado.

Los afilados diálogos se enriquecen del continuo enfrentamiento dialéctico. Algunos temas de discusión son bastante divertidos (ese cantante que amenizará la boda que lleva cuarenta años actuando para la familia aunque su voz no sea precisamente la de un tenor) y otros no tanto (todo lo que tiene que ver con la ocupación israelita de los territorios palestinos).

Y, a su lado, una magnífica pléyade de secundarios que ejemplifican a la perfección el mosaico de caracteres que se puede hallar actualmente en el país: desde el poderoso y el espía, al que se debe tener contento a pesar de la diferencia ideológica, pasando por el desencanto generalizado de quien no tuvo la oportunidad de marchar, e incluso el representante de la religión, que aboga por reclutar feligreses para la guerra en lugar de predicar la paz.

Ojo a la escena final, un auténtico alarde de calma después de la tormenta que sirve para marcar un enfoque simétrico ligero y recíproco, donde en ambos lados hay una especie de amanecer de comprensión y aceptación del otro. 

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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