Custodia compartida (2)

  02 Mayo 2018

Anatomía de un maltratador

custodia-compartida-1Amparada en un título que puede generar unas falsas expectativas en el espectador español, esta nueva muestra de la prolífica producción cinematográfica francesa (ahora mismo se pueden contemplar en nuestros cines títulos procedentes de allende de los Pirineos tales como Una razón brillante, El buen maestro, La casa junto al mar o Un sol interior) se sitúa en la corriente de dorada medianía por la que parece deslizarse el cine francés de la era Macron: se apuntan y radiografían los problemas que acechan a la sociedad francesa, pero con ánimo de llegar a algún tipo de pacto que restañe las heridas de una nación profundamente dividida, reflejo de la división europea entre apertura cosmopolita y caparazón-cerrazón identitarios, nueva dialéctica que sustituye a la periclitada lucha de clases marxiana.

En este caso concreto, el debutante Xavier Legrand pretende visibilizar el tema de los malos tratos, de la violencia de género o machista, del feminicidio…, asunto que parece impreso en el ADN de los hombres no solo europeos (con una transversalidad de este a oeste y de norte a sur del continente), sino a nivel mundial.

El guión de Legrand parte de un prólogo en el que se resumen las mejores virtudes de su mirada: una vista preliminar para fijar los términos en que se materializarán una separación matrimonial y, en concreto, la custodia del hijo menor de once años. Dichas virtudes radican en una observación fría, gélida, deshumanizada (sin sentimentalismo), una especie de disección con un escalpelo visual construido con la neutra objetividad y la precisión técnica de la retórica administrativa. De hecho se trata de golpearnos con esa aspereza mediante el contraste entre lo que allí se dirime y cómo se expone.

Esta exposición adquiere el punto de vista de la ley, ergo de la jueza que debe adoptar una decisión después de escuchar el testimonio de los comparecientes y de sus respectivas abogadas, testimonio viciado por las mentiras de las partes en conflicto, según taxativa aseveración de la jueza ante las contradictorias declaraciones de los cónyuges.

En este prólogo se genera cierta ambigüedad: el espectador se queda con la duda sobre quién dice la verdad. Y hubiese sido un gran acierto que Legrand profundizase en esa senda abierta, en esa duda surgida por el afán de ambos progenitores por conseguir sus respectivos objetivos: la madre aspira a la custodia total del hijo menor; el padre, a la custodia compartida.

Porque después de esta forense secuencia inicial, la ambigüedad suscitada se difumina paulatinamente, y su difusión arrastra al armazón del relato para convertirlo en un instrumento pedagógico —exposición de las etapas de una situación de malos tratos de manual— y, muy a su pesar, maniqueo. El director podrá ampararse en la gravedad de los hechos denunciados, en la necesidad de mostrar el dolor y el terror al que un maltratador puede someter a sus víctimas, pero el nuevo punto de vista que adopta debilita y perjudica su narración.

El magnífico prólogo basaba su éxito en otorgar el papel de juez a una mujer madura, distante en su profesionalidad, objetiva, consciente de su labor y sin ningún atisbo de solidaridad femenina. Ofrecer y exhibir a una madre taciturna, amparada en una parquedad expresiva y verbal que tanto podía ser manifestación de su sufrimiento como impostura de debilidad que persigue la conmiseración. Para la figura del padre, un personaje fornido, pero aparentemente lastimado y torpe a pesar de su fuerza física, dispuesto a obedecer y aceptar condiciones para ver a su hijo, a cuya custodia no está dispuesto a renunciar.

Cabe resaltar que este arranque in medias res coadyuva a generar despiste: nada se nos cuenta sobre los motivos de la separación súbitamente sobrevenida hace un año, sólo se esboza que la mujer abandonó el hogar con sus hijos y se trasladó a casa de sus padres, a más de quinientos kilómetros de distancia.

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Después de la secuencia inicial, el relato se articula mediante la focalización del padre, interpretado por el actor Denis Ménochet, del que se recuerda su papel en el magnífico prólogo de Tarantino en Malditos bastardos (2009). Sí, era el campesino francés Perrier La Pedite, al que el sádico coronel Hans Landa (Christoph Waltz) somete a un sutil y tortuoso interrogatorio verbal para que desvele dónde se ocultan unos vecinos judíos a quienes Perrier cobija.

La corpulencia de Ménochet es todo un presagio sintomático de lo que se avecina y de lo que esconde: una bestia montaraz, un ser iracundo propenso a ejercitar la violencia. La metamorfosis de su transformación se lleva a cabo a través de los viajes en su furgoneta con su hijo pequeño, sobre el que ejerce un chantaje y una presión en los trayectos motorizados cuyo único objetivo es conseguir información sobre su esposa. La bestia se va calentando. Sus hijos incluso utilizan el apelativo de ése, en función despectiva del demostrativo, para no nombrarlo. Cuando el padre lo descubre, todavía se sulfura más.

Durante casi cuarenta y cinco minutos su protagonismo es absoluto y su desenmascaramiento, total. Las comidas en casa de los abuelos paternos nos muestran el caldo de cultivo en el que ha crecido el maltratador. Su señor padre también es un hombre de armas tomar, con un genio indomable. De casta le viene al galgo. Pues el padre y el hijo además de compartir mal carácter también comparten afición cinegética. De hecho, ya se había bosquejado, de pasada, en la secuencia prologal, su condición de cazador. Ahora, cuando introduce parte de los bártulos en casa de sus padres, destaca una escopeta enfundada…

Legrand pergeña el retrato del maltratador, visto desde la perspectiva del miedo creciente del hijo, del rechazo absoluto de la hija mayor de dieciocho años: al enemigo ni agua, en un trasvase en que lo moral (ante dicho juicio todos estamos de acuerdo) se arroga lo narrativo. Esa ansiedad de obtener información por parte del padre responde a los preliminares y a los pasos de un ejercicio de inquisición cinegética: está preparando la caza de su presa que, obviamente, es su mujer.

Cuando consiga detectar la nueva guarida, el nuevo hogar de su mujer, intentará mostrar su contrición y su voluntad de cambiar, pero todo se va al traste cuando intuye que su mujer ha iniciado una nueva relación. Legran sigue el manual al pie de la letra. Los últimos treinta minutos suponen un nuevo cambio en el punto de vista. A raíz de la celebración del cumpleaños de la hija mayor, ésta muestra el horror que presiente que la acecha: su padre.

La hija ha sido utilizada para constatar cómo la mentira se ha convertido tanto en una herramienta para zafarse de la persecución paternal, como en un atributo más de su condición de adolescente. Toda la historia con su novio se convierte en un fleco que no es desarrollado y que aporta muy poco a la centralidad del relato. En una exhibición de manierismo autoral, Legrand pierde casi cinco minutos al ofrecernos esta faceta mentirosa de la hija mediante la narración de la prueba del embarazo que ella misma se practica: con un plano sostenido en el que sólo nos muestra las botas de la chica en el cuarto de baño del instituto. Ni dicho embarazo ni las botas tendrán ninguna repercusión posterior. 

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La madre, hasta ahora en un segundo plano, ocupa ahora un lugar central. A estas alturas queda claro que su parquedad expresiva respondía a la interiorización de un dolor y un sufrimiento causados por la bestia corrupia de su marido. La actriz Léa Drucker (la hermana del profesor protagonista de la citada El buen maestro) encarna maravillosamente en su aparente fragilidad el modelo de mujer débil y acosada.

La resolución del guión adquiere tintes de película de terror en su prurito de hipostasiar el miedo sobrevenido en la madre y el hijo cuando la cacería se desata y son conscientes de que ellos son las presas a batir. Legran prepara un final climático en que la violencia y el terror se compaginan.

No obstante, reserva la clausura del filme para escanciar la última gota moral: obliga al espectador a que adopte el punto de vista de la vecina cuya llamada a la policía resulta providencial para evitar el crimen, para detener al monstruo en el último minuto. Nosotros somos esa mirada que no puede permanecer impasible ante la puerta agujereada —cual queso gruyere— a escopetazos y ante el dolor que ya no puede disimular. A renglón seguido, fundido en negro. Que nuestra conciencia empiece a trabajar.

En suma, el director y guionista ha utilizado una tragedia de acuciante y palpitante actualidad para armar una película con una nítida función pedagógica y de denuncia. Unos hechos cuya narración leemos casi diariamente y cuya publicación ocupa no sólo los medios informativos, sino las principales tendencias novelísticas.

La aportación del director es enfocar algunas secuencias con una mirada nueva, con los mimbres cinematográficos del thriller o del cine de terror. No es suficiente para trascender los arquetipos y dotar a su historia de un aliento trágico de mayor alcance. Si a ello se suma su fácil ubicación en el terreno de lo moralmente condenable, así como sus cada vez menos sutiles manipulaciones, el resultado peca de convencional.

Cualquier noticia relativa a los malos tratos tiene suficiente fuerza (y tragedia y desgracia y crueldad) para superar el discurso de Legrand. El parricidio ya fue fuente primigenia en el origen de la tragedia griega. Parece ser que sus temas todavía perviven. Habrá que encontrar Esquilos y Sófocles cinematográficos capaces de reflejarlos. Su extirpación social y su erradicación no es una narración, aunque necesitará su relato. Tal vez uno nuevo o, al menos, distinto.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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