La casa torcida (1)

  30 Abril 2018

El misterio de la mansión

la-casa-torcida-1Todos sabemos que el cine también funciona por modas. Por supuesto, estas modas son las que se rigen por los resultados en taquilla, pues no olvidemos que es la moneda la que manda cuando se trata de poner en marcha proyectos de cierta envergadura económica. Una de estas modas siempre ha sido el filmar los incontables relatos detectivescos de Agatha Christie, que han sido objeto de infinidad de adaptaciones televisivas en forma de mini-series, series y telefilmes.

Por supuesto, también el cine se ha rendido siempre a los encantos de sus alambicados argumentos. Sus elementos de base son de sobra conocidos por todos y a todos, quien más quien menos, nos gustan. Y es que el acompañamiento del lector/espectador/testigo de excepción de cómo se van deshojando sus tramas siempre nos han cautivado.

Ha sido Kenneth Branagh quien ha resucitado esta moda con su puesta al día del Asesinato en el Orient Express, y ya se ha anunciado que será él mismo quien se encargue de su continuación, Muerte en el Nilo. La fórmula cinematográfica, deudora de las adaptaciones que se hicieron en los años 70, es sencilla: un reparto de infarto con sobradas caras conocidas que enganchen al gran público, unos escenarios bien diseñados que ayuden a la puesta en escena del misterio, un buen diseño de vestuario y una buena fotografía que ayuden también al mismo cometido y un respeto por las tramas originales escritas por la célebre autora.

Ahora nos llega La casa torcida, otro relato prototípico a la par que entretenidísimo de un asesinato acontecido en el seno de una aristocrática familia que contiene —a excepción de la figura icónica ya del mayordomo— esos elementos que antes mencionábamos y que resultan el gancho de las novelas de Christie, junto con todos los motivos imaginables para el homicidio: codicia, vanidad, ira, celos y tedio en el epicentro de una espléndida mansión inglesa.

En esta ocasión, es Arístides Leónides el asesinado, patriarca de una familia de origen griego quien poseía más que dudables negocios alrededor del mundo y quien había introducido en la familia como segunda esposa a una bailarina de Las Vegas con quien mantenía una diferencia de edad de las que provocan escandalo social. Por supuesto, la joven muchacha será la principal sospechosa de la muerte de su marido.

El Poirot de turno, en este relato, es un joven detective cuyo padre había sido figura célebre en Scotland Yard, y quien mantuvo un romance con la nieta del acaudalado muerto. Será ella misma quien lo introduzca en esta desequilibrada casa para que intente averiguar cómo se ha producido la extraña muerte de Leónides. Por supuesto, todos sus personajes podrían tener suficientes justificaciones cómo para llegar tan lejos.

Ha sido en esta ocasión Gilles Paquet-Brenner, director francés sin grandes títulos en su haber y que parece que ha pasado a terreno británico desde su anterior filme, quien escribe y dirige esta nueva adaptación. Y como no podía ser menos, lo hace siguiendo el modelo establecido. Todo luce fantásticamente bien: el diseño de la mansión-museo y de sus estancias es fulgurante, su puesta en escena es elegante y está bellamente fotografiada y contiene uno de esos repartos que hacen que merezca la pena pasar por taquilla.

Los veteranos Glenn Close, Terence Stamp, Julian Sands, Christina Hendricks o incluso Gillian Anderson llenan la pantalla con sus intermitentes intervenciones en la acción mientras que el peso de la narrativa recae en un desacertadísimo Max Irons (sí, el hijo de Jeremy) que proporciona galantería y guapura al asunto, pero ni de lejos le reporta carisma alguno sino que más bien lo vuelve descafeinado y rutinario.

A esto tampoco ayuda demasiado la dirección de Paquet-Brenner. Si bien opta por la vía de la corrección formal, hace que la propuesta resulte demasiado teatralizada salvo en algunos pasajes. La cinta se basa en conversaciones de alcoba, todas ellas muy anticuadamente British, aunque se permita ciertas licencias que aboguen por un toque moderno. Pero todo termina por resultar demasiado átono, impersonal y mecanizado cuando la propia tónica argumental permitiría mayores riesgos en su planteamiento formal.

Paquet-Brenner confía en exceso en el propio peso del intríngulis que plantea Christie. Y razón desde luego no le falta porque logra mantener el suspense a medida que se van descubriendo sus personajes, así como también logra sorprender en sus veinte últimos minutos finales a quien no conozca el desenlace del original.

Pero todo lo que obtenemos de ello es un entretenimiento muy correcto, aunque muy plano a la vez, que gustará a quienes vayan buscando tan sólo el disfrute del misterio familiar, pero dejará frío a quien busque una nueva vuelta de tuerca al universo de Agatha Christie. 

Escribe Ferran Ramírez

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