Alma mater (3)

  15 Abril 2018

Del discurso y los personajes

alma-mater-1Hablando un poco de guión, es bien sabido que hay dos elementos fundamentales dentro de toda historia que se quiera contar en el medio audiovisual (y fuera de él): trama y personajes. La primera es una serie de hechos que se suceden y avanzan conforme a los objetivos de los personajes, y la oposición que frente a éstos ejercen los teóricos antagonistas.

Dicho esto, la mayoría de historias suelen seguir los cánones de la trama, sometiéndose a ella necesariamente para crear una sensación de progresión y viaje que atrape al espectador. Cada escena hace que avance, y en muchos casos se enseña precisamente que si una escena no hace que la trama se mueva hacia delante, debe ser cercenada sin piedad en favor del conjunto.

Una película de personajes

Alma mater, de Philippe Van Leeuw, se posiciona en un lugar menos usual y más arriesgado de sostener. Basa la película completamente en sus personajes, realizando una exploración progresiva de unos problemas establecidos y olvidando por completo la necesidad de existencia de esa trama que provoque la sensación de cambio.

Esto condiciona todo el relato, de inicio a fin. Por ello no es casual que sea una historia circular, que comienza y termina prácticamente con el mismo plano.

Esta decisión no tiene por qué ser un aspecto negativo, simplemente es un hecho que define a la película como una visión de unos determinados personajes dentro de una realidad muy concreta. Sin embargo, crea un gran desasosiego darse cuenta (incluso antes del final de la película) que no conoceremos la resolución de muchas de las historias que estamos viendo, quedando en su gran mayoría incompletas y sólo sugeridas.

Hay muchos personajes en Alma mater, aunque el punto de vista gire en torno a tres o cuatro principales, y esto hace que se pase rozando la vida de la mayoría de ellos, dando un esbozo insuficiente de quiénes son y sus relaciones con el resto.

Los actores (y debo añadir: las actrices, que son mayoría) hacen un trabajo realmente comprometido para crear personajes creíbles que, sin embargo, quedan sometidos por la falta de información en favor de la emoción. La película bascula así con gran equilibrio entre el drama y el melodrama, sin dejarse caer a ninguno de los dos lados en los momentos más intensos de la misma.

Algo más que realidad

El estilo de dirección es sobrio, la fotografía juega su papel narrativo sin salirse del realismo en exceso y el sonido ayuda especialmente a la creación de ese ambiente opresivo de la guerra en el exterior del hogar. Todos estos aspectos juegan a favor de la transmisión de una sensación de realidad, intentando asegurarle al espectador en todo momento que lo que ve podría haber ocurrido ayer mismo en cualquier país en guerra.

La película funciona como vehículo de un discurso claro y que valoro positivamente, si bien la forma en que su director lo envuelve pierde muchas de sus herramientas comunicativas por el simple hecho de querer apegarse a una visión más realista.

Sin saber cómo terminarla, el montaje decide en un momento determinado que ya hemos visto suficiente de la vida de estos personajes, con la sensación de que podría haber tomado esta decisión 20 minutos antes o después, sin pudor alguno. Es un mensaje claro el hecho de que se nos ha permitido ver la vida de estas pobres personas, en un acto de voyeurismo siempre relacionado con el propio medio cinematográfico, y es potestad del realizador cortar ese privilegio para que, al terminar, queramos interesarnos por aquellos que realmente están viviendo esta situación.

Escribe Alberto Pino | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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