El Cairo confidencial (The Nile Hilton Incident) (3)

  11 Abril 2018

Discurso moral más que político

el-cairo-confidencial-1Esta película, que se ha estrenado en algunas salas con el título El Cairo confidencial, es la tercera realización de Tarik Saleh, el polifacético director de ascendencia egipcia y nacido en Estocolmo.

Hasta el momento, sus historias expresan su preocupación por las desiguales e injustas relaciones entre el hombre y un sistema que abusa de su poder para lucrarse a costa del bien común. Desde el punto de vista formal, este joven director combina la búsqueda de nuevas miradas, lenguajes y recursos tecnológicos con referencias muy evidentes al cine clásico con las que rinde tributo a directores como Fritz Lang o Hitchckock, entre otros.

En 2009, Metropía planteaba una historia distópica con tintes orwellianos, donde la imagen nítida y limpia de una animación muy realista captaba la sórdida y asfixiante atmósfera de una sociedad relegada a un mundo subterráneo.Tommy (2014) es una oportuna u oportunista versión sueca de un thriller criminal con las connotaciones  temáticas y formales de las novelas nórdicas, tan de moda en aquellos años. Con The Nile Hilton Incident, Tarik Saleh parece apropiarse del género negro para diseccionar la sociedad egipcia y desvelar la corrupción policial y su connivencia con las élites económicas y políticas de su país de origen.

Durante las semanas previas a la revolución de 2011, cuando las revueltas populares acabaron con el gobierno de Hosni Mubarak, el agente Noredim Mustafa —encarnado por el actor libanés Fares Fares— es requerido para  esclarecer el asesinato de una cantante en una habitación del hotel Nile Hilton. A medida que Noredim avanza en la investigación descubrirá también los intrincados hilos de la tela de araña donde se encuentra el verdadero poder, al mismo tiempo que su insignificante papel en la red de corrupción generalizada en que ha vivido.

El viaje de Noredim, personal y moral, toma la forma del noir, donde el héroe y su entorno son mostrados mediante la utilización de todos los recursos del género. Efectivamente, en la película aparecen los lugares comunes de los clásicos de la literatura y del cine: asesinato, lujo, miseria, fotos prohibidas, bellas mujeres, extorsión y el dinero como causa del crimen.

Basada en un hecho real, el asesinato de la cantante libanesa Suzanne Tamin, aquí también el sospechoso es un hombre rico y poderoso, ligado al emergente negocio de la construcción y muy próximo a Mubarak. Este crimen supone el inicio de un doble proceso que trasciende la investigación policial.

Por un lado sirve para mostrar el viaje, el itinerario interior del comandante Noredim, que va de la confusión a la lucidez, y que sería recompensado si supiera conducirse con acierto y prudencia por los laberínticos territorios de los corruptores, sin quitar disfraces ni levantar alfombras. Pocas son las analogías entre este antihéroe cairota y los detectives al uso, y muchas menos con el que interpretó Russell Crowe en la película de Curtis Hanson, tal como se sugiere en la desafortunada traducción del título. Como no sea por el hecho de que ambos se enamoran de una mujer prohibida, motivo de turbadoras emociones y momentáneos enredos, nada en la historia y en el tono del relato recuerda al filme de 1997.

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Quizá la construcción del personaje de Noredim sea una de las creaciones más singulares de la narración propuesta por este director, cuya trayectoria le ha permitido dirigir su mirada hacia las zonas más profundas de una realidad en continua agitación y cambio, con una doble perspectiva: desde el conocimiento de las intrincadas capas de la sociedad egipcia y desde la distancia de una cultura y formación occidentales.

Porque este detective no es un desengañado cínico aunque con sólidos principios morales, ni un defensor del bien y de los débiles, ni un restaurador de la justicia. No es melancólico ni paciente, no es reflexivo ni listo. En realidad no es nada, porque no tiene conciencia de quién es ni del valor de su trabajo, ni de su papel en la trama de abusos, chantajes y extorsiones en la que vive.

En principio, a Noredim todo lo que él hace y lo que sucede a su alrededor le parece normal: que un forense pida gambas y mango con champán mientras contempla el cadáver sangriento de la mujer asesinada; o coger el fajo de billetes del bolso de la víctima y guardárselos en el bolsillo. Y es que —como afirma el director— ese tipo de comportamientos se consideran habituales en una sociedad que lleva la corrupción en el ADN y que no conoce otra realidad. En Egipto, los policías corruptos son una parte de la tradición y de la degradación moral pública.

Y porque esa forma de vida es ya parte de la cultura de Noredim y de su ambiente, éste no cuestiona su origen ni sus consecuencias, mientras se evade fumando porros en su abigarrado y exiguo hogar, al final de una jornada tan agotadora como improductiva. El estado de ánimo del personaje oscila entre la apatía y el conformismo, por lo que va desarrollando su trabajo como una rutina que no le lleva a la verdad ni a la resolución del caso, ya que no controla la trama de policías, empresarios y políticos implicados.

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Ocasionalmente atisba una parte del conjunto, un fragmento de las incógnitas por descifrar, pero su situación es la de un personaje que siempre sabe menos que el resto y los propios espectadores. Comprender finalmente lo que hay tras los acontecimientos tampoco le servirá de mucho porque carece de los instrumentos para gestionar ese conocimiento.

El pesimismo nihilista de este estado de cosas tiene relación con la posible interpretación del objetivo que persiguen el director y su película: mostrar las escasas posibilidades de que el mundo mejore en un futuro próximo o lejano. Curiosamente, el  encuentro de Noredim con la verdad se produce con el inicio de la llamada Revolución Blanca, cuando miles de egipcios se concentraron en la plaza Tharir el 25 de enero de 2011.

Tarik Saleh comentó a este respecto que lo que quería mostrar era el inicio de «una revolución ingenua, juvenil y valiente» cuyos resultados no se atrevía a prever. Quizá el final de Noredim podría ilustrar al espectador sobre el tema.

Por otro lado, es relevante la presencia de la ciudad en la historia. Las idas y venidas de Noredim en su destartalado coche, buscando pruebas y testigos, tienen como telón de fondo a El Cairo, otro de los personajes de la  narración. Se trata de un espacio urbano que refleja en su aspecto las cicatrices de las convulsiones sociales y políticas que han trazado su perfil. Con amplias y lentas panorámicas, la cámara muestra las calles y plazas de la ciudad desde la mirada de Noredim, enturbiada por el parabrisas sucio y rayado del coche.

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Así, la realidad a la que se enfrenta el protagonista, cuyos secretos desea desvelar, se manifiesta como algo opaco e impenetrable, con los bordes difuminados por nieblas polvorientas que auguran la ofuscación del detective. Es una ciudad de contrastes, con los ricos atrincherados tras los muros de sus urbanizaciones, y los pobres en sus barrios, donde se mezclan la miseria, la basura, el desamparo y el crimen.  

Hay un plano que ilustra las dificultades de Noredim para realizar su investigación: cuando mira a lo lejos desde un balcón, la cámara se sitúa a sus espaldas mientras la ciudad, enorme y compacta, se extiende ante él como un enemigo a batir. Las intrincadas calles, las laberínticas azoteas con sus innumerables antenas, el tráfico continuo y estridente, todo conforma ese ámbito ficticio que representa la capital de Egipto, un imaginario construido por el equipo de Tarik Saleh, obligado a rodar en Marruecos, por estar en la lista negra de Abdelfatah Al Sisi.

La ciudad es, pues, un símbolo de la degradación moral del mundo actual, es un espacio deshonesto, corrompido y agitado donde todo —gentes y usos— se mezclan y bullen. El abigarramiento se da tanto en los suelos como en las alturas. Resulta muy irónico que, entre  la profusión de antenas en terrazas y azoteas, ninguna le solucione al pobre Noredim la mala recepción de imagen de su televisor, y que sólo pueda ver concursos en canales italianos. Toda una metáfora de la desinformación de los medios para los pobres con pocos recursos. Al menos no tiene que escuchar los discursos políticos con que se inicia la historia.

Es cierto que la película es lenta, lo que no quiere decir que no tenga ritmo, sino que el ritmo no es trepidante ya que no pretende ser un thriller, sino una descripción de la ciudad como símbolo universal del estado del mundo. Añádanse al gusto los adjetivos oportunos a ese estado y a esta película, bastante premiada, por cierto, en Cannes y Sundance.

En la Seminci, obtuvo tres premios: mejor guión, mejor director y Espiga de Oro. Y no olvidemos los méritos del actor Fares Fares, a quien alguien describió con graciosa precisión como «un rostro pegado a una nariz». La ironía, que no falte.

Escribe Gloria Benito

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