Ready Player One (2)

  18 Abril 2018

Spielberg sin fondo

ready player one-1El Rey Midas de Hollywood parece haber entrado en un febril estado de actividad. Lleva estrenadas cuatro películas en los últimos tres años, rompiendo su ciclo clásico de un estreno por trienio y queriendo alternar guiones políticos de cierto calado —como sería el caso de El puente de los espías y Los papeles del Pentágono— con entretenimiento puro y sin complejos. Ready Player one pertenece a este último ámbito y, desde luego, no podemos decir que Spielberg haya fallado esta vez: su última realización apenas nos da un respiro, no ya sólo por la acción que se desenvuelve en pantalla sino porque hay en ella tantos referentes culturales que resulta difícil apartar la mirada sin perderse algo.

Spielberg sin duda ha jugado con fuego. Se ha atrevido a adaptar una obra de culto geek —término que se refiere a los frikis de la tecnología y la informática—, aun asumiendo que no pertenece a una generación que pueda comprender esta filosofía en su totalidad. El mejor ejemplo de esto es Carlos Boyero, que dice no haber disfrutado una película que le resulta lejana en su concepto.

Sin embargo Spielberg es, nos guste o no, un icono de la cinematografía, además de uno de los referentes de la cultura pop de los años ochenta y noventa. Son estos dos de los tres elementos que entran en juego a la hora de poder hacer una película como Ready Player One, y el de Cincinnati no ha desaprovechado la ventaja de hacer valer su maestría en ambos, sacando un buen rédito final.

Con respecto al elemento principal, una película basada en la filosofía geek, hay tanto aciertos como fiascos; uno de los aspectos relevantes es que adelanta en forma distópica algunas de las consecuencias que últimamente estamos viviendo con el affaire Facebook/Cambridge analytica: la progresiva y subrepticia sustitución de nuestra identidad real por los datos de nuestra vida online, y las consecuencias políticas, económicas y sociales que esto trae.

Ni que decir tiene que Ready Player One no hace una sesuda reflexión sobre todo esto, pero sería injusto no ver que lo señala.

De un modo más cercano a la idiosincrasia del cine de Spielberg, se nos habla también sobre la pérdida de las amistades, la creciente irrupción de un individualismo solipsista y la ausencia de figuras paternas.

En un aspecto formal llama la atención la capacidad del filme para fusionar la mecánica de los videojuegos con la narrativa cinematográfica: abundan las armas de Chejov, perfectamente integradas en la trama y con la particularidad de que las reglas de este recurso son violadas precisamente con la única arma real que aparece en el filme.

Por supuesto, mención aparte merecen los eastern eggs o huevos de pascua, que constituyen un relato en sí mismos: son a la vez anécdota y categoría, erigiéndose en reclamo visual constante y elemento que hace avanzar la trama, pero también en objetivo final de la búsqueda —transmutado en macguffin de primer orden— que redunda en la paradoja autorreferencial de una película que es a la vez un videojuego.     

No obstante, cabe hacer una recomendación a todo geek que se disponga a ver la película: suspéndase absolutamente la incredulidad. No se deje abrumar por la consistencia del aparato técnico de Oasis, el mundo virtual donde se desarrolla gran parte de la acción: ésta directamente no existe.

Ya para cualquier profano resulta evidente la práctica imposibilidad de construir un mundo así, pero considerar que todo esto ha sido hecho por un solo ser humano (Halliday) en el transcurso de una corta vida, resulta ridículo para cualquier mortal, sea o no informático. Eso sólo debe señalar algo aún más evidente: Ready Player One no es una película sobre un mundo virtual, sino un aviso lúdico, superficial, aunque bien enfocado, sobre el mundo real.

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Pero si bien puede reconocerse que Ready Player One es relativamente solvente en el aspecto del entretenimiento puro, falla con estrepito en otros ámbitos, el primero de los cuales es la profundidad de sus personajes. Todo parece discurrir en la superficie en este sentido. Uno no sabe si como consecuencia de la alienación intrínseca de los mismos —son personas abducidas por la realidad virtual, cuyo contacto con el mundo real, tal y como se sugiere en el filme, apenas consiste en ir al baño, alimentarse y dormir— o porque el propio diseño de producción ha acaparado todo el interés artístico de la película.

Lo cierto es que si se tratase de la primera cuestión, alguien tan fino como Spielberg debiera haberlo hecho notar en pantalla mediante algún recurso sutil. La prueba de que se trata de lo segundo es la introducción de motivaciones dramáticas y lances patéticos de medio pelo en la vida de cada uno de ellos: injusticias pasadas, asesinatos por encargo, homosexualidad reprimida... que pretenden dar justificación para la particularidad y comportamiento de los personajes, pero que se diluyen como pantallas superadas sin más explicación mientras avanza la acción, por trágicas y radicales que hayan sido las consecuencias de aquellos lances.

Una última reprimenda merece Spielberg al no atreverse a llevar a término las conclusiones más radicales del filme: se dulcifica incomprensiblemente el comportamiento final del villano y se modulan con simples «periodos vacantes» las consecuencias indeseables de la adicción virtual a Oasis, renunciando con ello a una crítica social necesaria. Vistas las condiciones en que vive la humanidad del año 2045, parece extraño que no se incida más en el carácter distractor y castrante del gran juguete.

Pero parece que Spielberg no ha querido ir más allá, nadie sabe si por algún secreto resorte freudiano —siendo como es él el gran distractor de los 80 y 90— o porque la industria no toleraría una enmienda a la totalidad de una de sus fuentes de ingresos. El Spielberg valiente de Munich o The post no aparece por aquí, ni se le espera: con las cosas de comer no se juega.

Así pues el último consejo que un crítico puede dar es que se relajen y disfruten: surfeen por una película deliciosamente superficial, déjense llevar por la nostalgia y presten atención al detalle... al fin y al cabo de eso se trata, de un enorme, paradójico y caro Huevo de pascua: una película que distrae señalando los peligros de la distracción. 

Escribe Ángel Vallejo

 


 

Más información sobre Steven Spielberg:
Los archivos del Pentágono
El puente de los espías

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