Thelma (4)

  07 Abril 2018

Sobre condicionamientos, represiones y libertades

thelma-1Pasan los años y Joachim Trier mantiene sus temas, o bien los temas mantienen a Joachim Trier. La cuestión es que el cineasta noruego, autor de la magnífica Oslo, 31 de agosto, vuelve a las salas con una obra que es fiel a su estilo. La única diferencia o novedad es que en esta ocasión se aleja de la naturalidad que hasta ahora enmarcaban sus historias para acercarse a una atmósfera más fantástica o sobrenatural.

Así, Thelma nos cuenta las vivencias de una joven en un mundo extraño, opresor, frío y oscuro digno del griego Yorgos Lanthimos. En cierto modo se podría considerar que es una adaptación post-moderna de la conocida película de Brian de Palma Carrie. Y es que en ambos filmes la respuesta de los personajes ante los reveses que les da la vida es la utilización de una fuerza paranormal que tiene la capacidad de alterar la realidad. También comparten, curiosamente, el hecho de que su título es el nombre de pila de la protagonista femenina.

En el caso de Carrie, tanto los motivos contra los que reacciona el personaje como el poder usado por el mismo son más claros y concisos. Ello se debe principalmente a que se trata de una obra con una narrativa más convencional. En cambio Thelma no permite ese descanso al espectador ya que en ningún momento se llega a esclarecer qué es exactamente lo que está pasando, y ello se aplica tanto a la mente de la protagonista como a su poder. Por hacer más evidente todavía la distinción anterior: Carrie apuesta por el lado terrorífico de la historia mientras que Thelma lo hace por el psicológico.

En este sentido, Trier acerca el filme a aquellos temas de los que ya nos ha hablado en sus otras obras: la sociedad, la religión, la familia, las amistades, los amores, la muerte, el pasado, el paso del tiempo... En suma, la vida misma. En Thelma todo lo anterior se concreta en un aspecto mucho más conciso pero también relacionado con los citados previamente: los numerosos condicionamientos a los que estamos sometidos los seres humanos desde que nacemos hasta que morimos.

Y es que, ¿hasta qué punto nos marca todo aquello que nos rodea? ¿Depende nuestra forma de ser del lugar donde hemos nacido y de la educación que hemos recibido? ¿Tienen nuestras represiones un límite o un punto de inflexión? ¿Podemos ser conscientes de ello y destruir todo lo recibido para empezar nosotros de cero? ¿Acaso somos realmente libres? Esta misma cuestión se la han preguntado todo tipo de personas a lo largo de la historia y entre ellos filósofos de la talla de Descartes.

Es inevitable dedicarle también algo de atención a otro tema relevante como es el de conocer mundo, romper la burbuja de protección en la que hemos sido criados y experimentar. Por centrar este elemento en la película, cabe decir que es sumamente importante el hecho de que la protagonista proviene de una familia religiosa muy estricta (al igual que sucede en Carrie). Por ello cuando siente una atracción por otra chica cree estar siendo tentada por el pecado y comienza a rezar con extrema insistencia.

Sin embargo hay ciertos momentos en los que esta atracción fluye y el personaje de Thelma se deja llevar. En esos momentos mágicos bebe, fuma, baila, ama. Estas pequeñas y preciosas escenas despiertan sensaciones parecidas a las que desprende La vida de Adèle. Y es que esa atmósfera de experimentación, de libertad y de placer nos atrapa como si fuéramos nosotros mismos quienes las viviéramos.

Thelma es, por tanto, una película llena de emociones y sensaciones que incita a la reflexión. En todo el contexto anterior los elementos sobrenaturales son tan solo una herramienta para conducir la historia y dotarle de un ambiente más extraño y abstracto. Pero el filme en si es mucho más complejo e incita a múltiples lecturas o entendimientos diferentes.

Eso es también lo bonito de la obra: Trier, en consonancia con lo que cuenta, no nos condiciona a un pensamiento concreto sobre la misma, sino que nos deja total libertad como espectadores para completar la película con una parte de nosotros.

Escribe Pepe Sapena 

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