El insulto (2)

  30 Marzo 2018

Efecto mariposa

el-insulto-1Estamos en Beirut, la capital del Líbano, un reducto multicultural y multireligioso que, precisamente por ello, ha sido objeto de disputas sangrientas, de luchas sin fin, demoliendo la promesa de prosperidad que en algún momento fue. Beirut, el Líbano, se alza así como paradigma de la intolerancia, cuando en realidad tendría que ser todo lo contrario. La coexistencia de lo diferente es el combustible que, en lugar de incitar a la aceptación, genera odio. Malos presagios acerca de la capacidad humana para convivir en paz.

El insulto es la puesta en escena, a partir de una anécdota en apariencia trivial, del conflicto latente en ese país. Intenta mostrar cómo una discusión sin importancia puede convertirse, en virtud de un malévolo efecto mariposa, en toda una revuelta nacional.

Todo, por lo tanto, debe ser leído desde una óptica metafórica. Toni y Yasser no son dos individuos cualesquiera que se han visto involucrados en un desagradable incidente, sino los representantes canónicos de las principales facciones enfrentadas en aquellas latitudes. La descripción de su procedencia, de su raigambre, es mucho más detallada, adquiere más importancia, que sus peculiaridades personales y privadas. La película arranca con un mitin del partido cristiano en el que participa lleno de entusiasmo Toni, y pronto sabremos la condición de palestino de Yasser. Y casi sin solución de continuidad la disputa.

Cuando se plantea un relato de este tipo resulta esencial atender al punto de vista adoptado. Las opciones están bien definidas: o se toma partido por uno de los contendientes o se intenta ofrecer una visión más objetiva que muestre las razones que asisten a cada uno de ellos. En el primer caso tendríamos un mero panfleto propagandístico (en ocasiones muy necesario, y de ninguna manera incompatible con la calidad artística), mientras que en el segundo obtendríamos una reflexión más matizada y, en consecuencia, más rica.

Es ahí, en el lugar desde el que se nos cuenta la historia, donde comienzan a aflorar las insuficiencias de la película. Pero no porque exista a priori un lugar adecuado y otro erróneo, sino porque su toma de posición se realiza a costa de una manipulación que devalúa el resultado final.

El planteamiento no respeta la exigencia de ecuanimidad esperable, sino que toma claro partido por uno de los bandos. El fanatismo que detectamos en el mitin cristiano nos pone sobre la pista. Y a partir de ahí, tanto por sus actos como por las reacciones que tiene, Toni se perfila como una mala bestia que no atiende a razón alguna y que es el responsable último del sinsentido de lo que ocurre. Tanto es así que ni siquiera escucha a los más próximos, su esposa y su padre, en los intentos que hacen por aplacar la situación, enrocándose en un empecinamiento irracional.

Por su parte, Yasser es la otra cara de la moneda. A pesar de sus esfuerzos se ve arrastrado en una dinámica de la que intenta por todos los medios escapar, llegando incluso a esconder la información que le avala y podría hundir a su adversario. Yasser se nos dibuja como una buena persona que ha tenido la mala suerte de caer en las garras de un demente.

En un momento dado parece que Toni reflexiona: cuando nace su hija. Esa es otra de las grandes metáforas de la película: la nueva generación que tendrá que suturar las heridas, los que tienen el encargo de la reconstrucción, sobre todo moral, del Líbano. No es sin embargo un giro drástico el que da la historia, si acaso un amago. Y es que, siguiendo con el simbolismo, la niña nace prematuramente y debe ser cuidada en la incubadora, esto es, en realidad no ha nacido aún, no ha empezado el tiempo nuevo.

Como la historia personal parece agotarse, se da paso a una segunda fase, en la que toman el protagonismo los abogados de uno y otro bando, y en la que se reproduce al pie de la letra el planteamiento anterior. El abogado de Toni es un viejo resabiado y medio histérico que recurre a tretas sucias con tal de ganar el pleito, mientras que la de Yasser es una mujer (mujer y no hombre, lo cual no es baladí) que resulta ser la hija del rival y que mantiene un comportamiento mucho más sosegado, reflexivo y honesto. En el enfrentamiento de siempre aparece una nueva generación que será capaz de abandonar viejas actitudes y hacer posible la reconciliación. Porque a fin de cuentas nadie duda de que al final la reconciliación ha de triunfar.

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Y ahí, en ese giro, es donde la película deja de marchar por sí sola y se convierte en un artefacto en manos del director, quien la retuerce sin miramientos para alcanzar sus objetivos.

Ya tenemos alguna pista en esa escena (un tanto ridícula) en la que empezamos a descubrir la bondad de Toni cuando sin mediar palabra alguna arregla el coche de Yasser (la contrapartida será la sustitución otra vez de la canalización rota por otra nueva, que será ahora aceptada de buen grado), y que al final se resolverá al desvelarse el secreto que guarda Toni, y que explica su actitud anterior. El espectador se ve forzado por tanto a admitir que la aparente irracionalidad del cristiano no es más que la consecuencia lógica de su pasado, y  que por la tanto la bondad más íntima es generalizada, como general es también el sufrimiento que la enturbia.

Hasta el arisco abogado se ve conmovido por lo que acaba de descubrir y cambia de actitud, se humaniza. Parece incluso que pasa de acusador a defensor, cuando hasta ese momento no había nada de lo que tuviera que defender a su cliente. Por supuesto que va a perder, porque el futuro ya no le pertenece, es propiedad de su hija, de las nuevas generaciones, como la niña que ya ha salido del hospital, que ya ha nacido de verdad, pero esa derrota tampoco parece hundirle en la desesperación, como si comprendiera y aceptara el verdadero lugar que desde entonces le está reservado. A pesar de los conflictos que inundan las calles se vislumbra una nube de concordia que lo acaba cubriendo todo.

La corrupción política o urbanística (enfrentada, por cierto, a la honestidad de Yasser) o el deplorable papel de los medios de comunicación son aditamentos que pretenden enriquecer la historia, pero que en realidad introducen tópicos que más bien, por recurrentes, la vulgarizan.

La película acaba prometiendo más de lo que ofrece. El buen ritmo que en muchos momentos despliega resulta amputado en favor de una tesis, más bien una propuesta, que la simplifica en exceso. Poco a poco todo va resultando menos creíble, y no porque no lo esperemos, sino porque somete la lógica interna del relato a las intenciones ajenas que lo dirigen y lo desvirtúan. Lo que comienza siendo un análisis acaba convirtiéndose en una profecía voluntariosa.

Escribe Marcial Moreno  

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