A silent voice (2)

  06 Abril 2018

Estampas japonesas

a-silent-voice-1Nos sorprende la directora Naoko Yamada con una correcta adaptación del manga de Yoshotoki Oima Koe no katachi (Una voz silenciosa). Es esta una historia atrevida, que puede afectar de un modo desigual a ciertas sensibilidades. La dificultad de su asimilación reside en el hecho de tratar un tema polémico como el acoso infantil desde la perspectiva del agresor, pero también en su trabajosa elaboración estética y en una marcada carga cultural, elementos sólo aparentemente disociados.

Yamada ha creado un film preciosista, trufado de recursos visuales —tratando una película de animación como si de una filmación real se tratase, con juegos de lentes y saturaciones de luz incluidos— y una música que se debate entre lo minimalista y lo estridente, acompañando una acción intimista y emotiva.

Esta intencionalidad estética, sin alcanzar las cotas de excelencia de, por ejemplo, Your name (Makoto Shinkai, 2016), sí sabe fundir en su relato esa idiosincrasia cultural japonesa que tan bien trazada hallábamos en la obra de Shinkai. Porque a la indudable valentía y pretensión de universalidad del tema del acoso en la obra de Yamada hay que añadir el matiz de su pormenorizado retrato de la excesiva conciencia de culpa individual japonesa, esa que se transfigura en un avergonzamiento casi cruel, paralizante, que no pocas veces lleva al suicidio de muchos de sus adolescentes.

En efecto, el principal campo temático de la obra de Oima, y por extensión de Yamada, es la difícil gestión de la culpa en una edad problemática. A silent voice cuenta de un modo despiadado, casi insoportable por la comodidad con que transita por una violencia sólo en apariencia menor, los episodios de bullying a los que es sometida Shoko, una niña sorda en sus primeros años escolares. Ishida, el matón, no tiene en apariencia motivo alguno para ser cruel, pero se ve recompensado con el seguidismo de un grupo que, cobarde o cómplice, le sigue el juego en su acoso.

Lo interesante es la evolución de los personajes desde ese momento inicial, y es la excusa perfecta para hacer un retrato de la cultura japonesa desde su atormentada juventud, atrapada entre la soledad individual de la culpa y el señalamiento público de la vergüenza. Yamada acierta la mayor parte de las veces con un relato pleno de simbolismos y estampas de la cultura popular —el renacimiento de los cerezos, la identificación de las mariposas y el alma, la perseverancia, paciencia y fortaleza de las carpas en torno a las que los personajes se reúnen tantas veces— y elementos novedosos como las redes sociales y esas «x» atroces que tapan los rostros de los personajes.

Pero por otro lado no puede evitar enormes elipsis y saltos temporales que dificultan una adecuada interpretación del relato. Si señalamos también el insuficiente trato que da a personajes como el amigo alto, la abuela o las madres, tendremos algunos motivos para la queja.

He hablado de inevitabilidad. Esto es así porque el manga original es demasiado extenso y resulta imposible plasmar todos sus giros en una película. Debe añadirse también que la mencionada evolución de los personajes se ve lastrada por los mismos motivos, resultando en ocasiones reiterativa la mecánica de conflicto/reconciliación en que se basa una historia más profunda de lo que la versión cinematográfica sugiere.

Nadie puede negar los hallazgos estéticos del filme, así que nada hay que decir en un aspecto formal. Son llamativas algunas escenas de detalle. Signos discretamente eróticos que se deslizan sin importancia aparente. Pero en contraste con lo festivo, pocos pueden dejar de sobrecogerse ante la tensión y la dureza que generan algunas escenas, sabiendo que responden a un drama demasiado real entre la juventud nipona: la elevada exigencia social, la enorme carga de responsabilidades morales, la competitividad exacerbada... Todos estos son detalles que nos hacen estimar una película que no es, aunque en ocasiones lo parezca, un simple culebrón adolescente.

No, el problema de A silent voice es que a veces resulta tediosa precisamente por lo que se acaba de mencionar: lo que en principio es un shock calculado acaba por diluirse, por mor de la adaptación, en un relato reiterativo. La distancia cultural hace el resto: nadie que no sepa que el suicidio adolescente es un gravísimo problema en Japón, puede estar en condiciones de sacarle todo el jugo a una película casi existencialista.

Una película que podría haber sido excelente, pero que se queda tan solo en correcta y a la que sin embargo no cabe renunciar si se está dispuesto a hacer un esfuerzo de atención y reflexión. A silent voice dice cosas importantes, aunque por decirlas silenciosamente, a veces nos cueste oírlas.

Escribe Ángel Vallejo

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