LA HUELLA (3)

  05 Mayo 2008
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Título original: Sleuth
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Kenneth Branagh
Producción: Jude Law, Simon Halfon, Tom Sternberg, Marion Pilowsky, Kenneth Branagh y Simon Moseley
Guión: Harold Pinter; adaptación de la obra de Anthony Shaffer
Fotografía: Haris Zambarloukos
Música: Patrick Doyle
Montaje: Neil Farrell
Intérpretes: Michael Caine (Andrew Wyke), Jude Law (Milo Tindle)
Duración: 86 minutos
Distribuidora: Sony / TriStar
Estreno: 11 Octubre 2007

Reinterpretar los clásicos
Escribe Sabín

En una época en que hacer nuevas versiones de títulos antiguos se ha convertido en una costumbre, sobre todo para intentar encontrar historias de interés en un momento en que los guionistas norteamericanos están tan preocupados por sus derechos laborales que se olvidan de sus obligaciones, y la mayor parte de lo que escriben no superaría la criba del primer lector de guiones de cualquier estudio de los años 40 o 50.

lahuella1.jpgEn este contexto, sorprende que un reputado director como Kenneth Branagh se atreva con una película del prestigioso Joseph Leo Mankiewicz basada en una pieza teatral de otro intocable, Anthony Shaffer. Hablamos de la nueva versión de La huella, realizada treinta y cinco años después de la versión cinematográfica original.

Pero la sorpresa pronto se convierte en un agradable descubrimiento, porque Branagh ha logrado algo muy difícil: no ser una simple fotocopia, no destrozar el original y, además, ofrecer una relectura personal y muy, muy atractiva.

Dos comienzos

Mankiewicz iniciaba su película de 1972 con un teatrillo de marionetas que servía de fondo a los títulos de crédito y, a continuación, mostraba el laberinto de setos que rodeaba la mansión, un laberinto del que sólo se podía salir haciendo trampas. Eran sus aportaciones a la obra teatral para explicar las claves de su filme: que todo era una representación, una farsa, pero también un juego con trampa.

Luego, la acción se trasladaba al interior de la mansión y comenzaba el portentoso duelo de intérpretes entre Laurence Olivier y Michael Caine. Un duelo que también era una lucha de clases: ¿cómo iba un aristócrata a tolerar que un simple peluquero se llevara a su mujer? La lucha, obvio recordarlo, finalizaba con la destrucción mutua.

lahuella2.jpgBranagh también aprovecha los planos iniciales de su película para mostrar sus cartas, sus innovaciones frente al original de Mankiewicz.

Una sombra observa unos monitores donde vemos cómo llega un coche a la mansión. Su itinerario se capta a través de multitud de cámaras que rodean la mansión. El coche, pequeño y coqueto, aparca junto a uno más grande en la puerta de la mansión. Lo vemos siempre a través del monitor, en un picado cenital que impide descubrir el rostro del recién llegado. Por la postura de la cámara y del observador, uno diría que es un dios el que observa complacido la llegada de la diminuta figura. Sale el dueño, recibe al invitado. Siempre en picado. Hablan. Entran en la casa. Un travelling a través del techo nos permite entrar en el interior de la casa. Comienza el brillante duelo de Shaffer, esta vez entre Michael Caine y Jude Law. 

Los títeres y el laberinto inicial han sido sustituidos por las nuevas tecnologías, pero sigue habiendo alguien que observa desde una postura superior, allá arriba, al curioso personaje que viene a enturbiar la plácida existencia de este demiurgo.

¿Plácida existencia?

lahuella3.jpgBranagh hace un notable esfuerzo desde el primer momento por dar un nuevo aire a la pieza. Es consciente de que gran parte del público conoce la obra teatral, pero, sobre todo, en la memoria del cinéfilo permanece la obra maestra de Mankiewicz, por lo que opta por no intentar batir al maestro en su terreno y busca alternativas para su actualización.

En ese proceso de sumisión y renovación, acepta seguir casi al pie de la letra los diálogos y situaciones originales, aunque utilizando la imagen para añadir otros valores a la historia.

Las paredes vacías, sin cuadros, sin fotos de la familia (apenas dos pequeños marcos encima de una mesita en el dormitorio: marquitos que serán barridos con los disparos de la primera actuación). El frío color azul que inunda las estancias. La enorme pancarta con la imagen del escritor y sus éxitos literarios. Todo ello habla de una mente fría, criminal, ególatra, distante, calculadora... Todos los atributos que ahora posee el dueño de la mansión, interpretado por Michael Caine, en un ingenioso juego con el casting, ya que ahora es el otro personaje del duelo: ha pasado de ser el novio ocasional a ser el poderoso creador, un autor literario de éxito acostumbrado a manejar a los demás como si fueran simples marionetas en una de sus novelas.

Un duelo que se desarrolla según lo previsto, muy fiel al texto original, aunque con un matiz ingenioso: la profesión de su oponente ha cambiado, ya no es un simple peluquero, sino un actor primerizo (por más que Caine siempre lo llame “peluquero”: un guiño al filme original). Este cambio no es gratuito, ya que ayuda a entender su brillante interpretación posterior, en el segundo acto, como policía que viene a investigar la desaparición del actor. Con esta idea, Branagh incluso mejora el original, en el que era difícil aceptar una gran interpretación de un “simple peluquero”.

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Final alternativo

Pero no acaban aquí las aportaciones de Branagh y su guionista, el también prestigioso dramaturgo Harold Pinter. Puestos a sorprender al espectador avisado, al que intenta  adelantarse a los diálogos y situaciones, ambos se inventan un tercer acto que, por momentos, parece chirriar, aunque acaba cerrando todos los elementos de la trama con brillantez.

lahuella7.jpgTras la fachada fría del autor de éxito se esconde un homosexual capaz de hacer proposiciones incluso a su rival. Un giro sorprendente que, no obstante, no impide llegar al mismo final que en las versiones anteriores: ante la inminente llegada de un tercer personaje (en este caso la esposa y amante, no la policía como en el caso de Mankiewicz), el escritor mata al actor y se condena a sí mismo de forma irreversible.

La posesión en todos los sentidos, el control de los demás, el dominio, el poder... son temas apuntados en la obra teatral y en la película original, pero que adquieren en manos de Branagh un nuevo valor. En este sentido, toda la trama se transforma en eso, un juego de tramas de una novela, quizá la última obra del famoso autor y, probablemente, la más dolorosa, por la innegable implicación del artista en su propia creación.

La huella acaba convirtiéndose en un ejemplo perfecto de cómo actualizar un clásico indiscutible: respeto a su esencia, incluso a sus diálogos, pero actuando sobre la propia puesta en escena y, en último término, sorprendiendo al espectador ya avisado con un giro inesperado, pero coherente con el planteamiento global de la obra, lo importante es la posesión de los otros a cualquier precio.

La imagen cuenta

Dentro de su meticulosa puesta en escena, Branagh se permite incluso filmar un largo plano-secuencia que resume a la perfección su discurso: se trata de un plano fijo de la pantalla de un monitor, casi al comienzo del duelo entre ambos, donde el espectador puede comprobar cómo las cámaras se mueven al detectar movimiento y, si no lo hay, se apagan.

Además de justificar a los más escépticos cómo es posible seguir a los personajes por la mansión y sus alrededores, dicho plano finaliza con una idea genial: los dos protagonistas se mueven por la habitación, mientras la cámara intenta reencuadrarlos; finalmente, salen del encuadre. Tras buscar infructuosamente, la cámara no detecta movimiento y pasa a modo stand-by. Una ingeniosa forma de adelantar el final de la función: los dos individuos ya no se mueven, son cadáveres y, por tanto, la cámara deja de grabar. Fundido a negro. El mensaje queda claro.

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Un tratamiento visual que se corresponde con otra ingeniosa solución, esta vez en la banda sonora, a cargo de Patrick Doyle, el compositor habitual de Branagh: un tema casi único, con reminiscencias de una marcha circense, que subraya de forma subliminal el espectáculo al que asistimos. La vida es espectáculo, y la muerte... también.

No se la pierdan. Y si pueden, recomendamos algo muy difícil de aconsejar con cualquier otro remake: vean las dos versiones seguidas. Será un placer doble.

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