15:17 Tren a París (1)

  22 Febrero 2018

Del imperio hacia Dios (y viceversa)

the 15 17 to paris-2En sus últimos trabajos Clint Eastwood parece haber asumido una tarea que tiene todo el aspecto de la liquidación de una deuda, una deuda con su país y con los valores que representa. Y para hacerlo, a la manera de aquellas lecturas ejemplares, ha recurrido a héroes anónimos realmente existentes, quienes mejor pueden representar a la totalidad de la población, de sus compatriotas, ya que no son otra cosa que uno más entre ellos, unos elegidos al azar, quienes, en un momento dado, cuando las circunstancias se confabulan, asumen su heroísmo con la naturalidad que da estar constituido por una convicción que no deja alternativa alguna.

Y para acentuar la realidad de lo narrado, para confirmar su naturaleza, recurre a imágenes documentales en las últimas escenas, donde aparecen los verdaderos autores de las proezas, previniéndonos así ante cualquier tentación de atribuir al relato exageraciones o invenciones que lo desvirtúen.

Tal estrategia, utilizada tanto en El francotirador como en Sully, se repite en 15:17 Tren a París, aunque ahora va más allá. La caracterización de los actores principales no ha sido necesaria, pues ha utilizado a los verdaderos protagonistas de los acontecimientos que la película nos cuenta para encarnarse a sí mismos, de tal modo que ya no quepa distinguir entre lo que ocurrió y lo que se nos ofrece.

Sin embargo lo que se gana por una parte se pierde por otra, si bien la pérdida no puede ser atribuida al elenco sino a la torpeza de quien lo dirige, al excesivo énfasis con que se emplea, a la limitación de la historia o a la desgana con la que se nos transmite. De todo hay un poco.

En las películas precedentes reconocíamos complejidad, enfrentamiento, conflicto. Los héroes individuales interaccionaban con la sociedad, y de ese choque brotaban momentos de autenticidad. Aún sin renunciar a contar lo que ocurrió, a ensalzar a los autores de las gestas, Eastwood no obviaba las zonas oscuras, y las trataba con el respeto que merecían, consiguiendo así una densidad que enriquecía el relato, lo dotaba de interés y le daba credibilidad.

Sin embargo esa disposición ha desaparecido en su última obra, y cuando se intuye su voluntad de recuperarla no escapa a un tono ramplón y casi caricaturesco que aún debilita más el conjunto.

Los norteamericanos (tan lejos en eso de los europeos, mucho más dubitativos) nunca han mostrado reparo alguno en exaltar a sus héroes. Y esta película puede entenderse como un ejemplo paradigmático de esa propensión. Más aún: No es que se exalte al héroe concreto, al primus interpares, sino que se extiende la elegía a la heroicidad misma y al reconocimiento de las estrategias nacionales de las que se alimenta, aunque a veces la escritura se haga con renglones torcidos.

No cabe interpretar de otra forma todo el fragmento en el que se nos muestra la infancia de los jóvenes. La escuela a la que asisten está plagada de carteles (acaba de tener lugar una elección de delegados) referentes a la heroicidad de los americanos, a los símbolos patrióticos, como la bandera, y a las imágenes religiosas. Todo ello formando un caldo de cultivo cuyos efectos son inevitables, o así nos lo sugiere la película.

Es cierto que en algunos momentos los métodos allí utilizados por los educadores rozan el ridículo, con unas normas disciplinarias que a simple vistan parecen absurdas, pero lejos de abundar en esta idea y de sacar las conclusiones pertinentes, el director acaba por aprobarlas al modo de fin que justifica los medios. La ironía es escasa y equívoca, y queda subsumida en un hecho incuestionable: el resultado será ejemplar. Lo mismo podríamos decir de la familiaridad del niño con las armas, escena provocadora como ella sola, pero que en ningún caso cuestiona la mentalidad sobre la que se apoya, por mucho que a nosotros, europeos biempensantes, llegue a provocarnos algún escalofrío.

Desde ahí, y por los tortuosos caminos que se abren, se forjará el espíritu de la nación que salvará Europa. Ni siquiera importan las mentiras con las que se alimentan (el guía turístico alemán así lo señala), porque ellas también son el combustible que nutre ese espíritu. Es como si Clint Eastwood hubiera querido mostrar y justificar los tópicos tantas veces cuestionados. Aquí no hay ninguna controversia. Al contrario: nos ofrece una afirmación desacomplejada de lo que tantas veces se ha repetido. Ni el patriotismo, ni la religión, con ese Dios al que se someten y en quien confían que nunca les abandone, ni el omnipotente espíritu de superación, del que el joven ha de echar mano para poder entrar en el ejército, presentado también con una dureza necesaria e incuestionada, y finalmente efectiva, son objeto de crítica alguna. Porque en el fondo todo parece obedecer a un destino del que no se puede escapar.

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Esa idea de destino (tan próxima a la de pueblo elegido) está presente en toda la película. Lo están en la aspiración frustrada del recluta a entrar en el cuerpo de rescatadores, trabajo que finalmente tiene que realizar en el tren a París, y lo está en las dudas de los amigos sobre si viajan a la capital francesa o no. La tarea que les esperaba era la que era, determinada por altas instancias a cuyos designios no es posible escapar.

Y todo ello afectado por una simplicidad que desmerece el talento suficientemente acreditado del director. No es necesario compartir una posición ideológica como la que aquí se sostiene para disfrutar de una obra de arte, si la hubiera, y ejemplos al respecto sobran, pero cuando se reduce a ser un mero panegírico sin densidad alguna, y trazado con una dejadez más que evidente, el resultado es, como mínimo, decepcionante.

También es verdad que el material de partida y el punto de vista elegido para su tratamiento no ayudan en la tarea. Eastwood no ha querido detenerse en el terrorista. No sabemos sus motivaciones, ni los rituales que ha seguido, y apenas vemos su rostro. De hecho las primeras imágenes de la película son sus pies anónimos caminando por la estación. De este modo quiere universalizar el mal, con lo que el mérito de quien lo desactiva es aún mayor, de más alcance. Pero esa decisión deja a la historia que nos cuenta en algo raquítico. No queda ya mucho de donde echar mano.

Todo tiene que focalizarse en el momento en el que el malvado es reducido, y, amén de que la tensión queda considerablemente rebajada por conocerse el desenlace, el tránsito hasta que ésta estalla se alarga sin justificación, más allá de completar el minutaje canónico. Y así vemos como a mitad de la película la proeza de los jóvenes sestea en una especie de documental turístico que no se sabe muy bien a qué viene, con personajes como la joven encontrada en Venecia que parecen estar allí para rellenar un poco el vacío, pero que nada aporta a la historia.

Si la conclusión, la escena en la que los jóvenes salvan el tren, redimiera el conjunto, bien estaría, pero tampoco es así. Mermada la tensión todo acaba teniendo un aire fatigoso que sólo destaca por su excesiva duración. En ocasiones una escena justifica una película, o una película se construye para arropar a la escena que le dará sentido. Si esa era la intención de Clint Eastwood con 15:17 Tren a París le ha salido mal, pues ni una ni otra se sostienen.

Escribe Marcial Moreno  

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