Los archivos del Pentágono (3)

  15 Febrero 2018

El cuarto poder

los-papeles-pentagono-1Spielberg ha rodado una película necesaria para el momento en que vivimos. Habla, y no sólo, sobre la prensa y su código de actuación: promover una prensa libre por encima de cualquier imposición y poder, ya sea económico, religioso o político.

El comienzo nos lleva a Vietnam, una operación militar que, al igual que otras muchas, se convierte en un auténtico desastre. En el frente vemos a un periodista escribiendo sobre la contienda.

En un avión regresa el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Roger McNamara. Habla, discute sobre el papel de América en la guerra, en la que al parecer no cree. En el avión viaja un enviado directo al que pide su opinión sincera: “La guerra es un desastre”. Se congratula por esa opinión.

Los periodistas esperan la llegada del avión en que viaja McNamara con el fin de preguntarle sobre el Vietnam, saber lo que opina sobre el desarrollo de la guerra. Sus palabras ahora son totalmente distintas a las que pronunciara anteriormente.  El que dio su opinión escucha lo que el secretario opina. Su gesto deja traslucir la contrariedad, una contradicción que le lleva a sustraer de la oficina general el diario del propio McNamara, con sus verdaderas opiniones sobre la guerra, con el fin de pasarlos a la prensa para ser difundidos, de manera que el pueblo sepa la verdad.

El filme se desarrolla durante el mandato de Nixon, al que se presenta como un presidente personalista e iracundo, dispuesto a no admitir que nadie, y menos un periódico, se oponga a sus ideas.

El cine de Spielberg no suele brillar por la profundidad de sus ideas. Sus películas poseen planteamientos, en general, elementales, brillantes si se quiere, pero simples. Eso sí, algunos planos contienen tal fuerza que pueden representar la concreción de arduas reflexiones. Imágenes en esos casos cargadas de ideas. Como ocurre en el momento previo al final de este filme o en el plano con el que acaba Munich, sin duda una de las mejores películas de Spielberg: una conversación en Nueva York con las torres gemelas al fondo. La fuerza de la conclusión está en el cierre de la historia narrada y cuyas derivas llevarán irremediablemente al atentado, años después, contra los rascacielos neoyorkinos.

El mayor problema del cine de Spielberg consiste, pues, en la elementalidad con la que construye la mayor parte de sus personajes, son así y punto. Sin matices. Buenos y malos, simpáticos o desagradables. No suele haber término medio. Ni casi, en la mayor parte de ellos, evolución alguna.

En Los archivos del Pentágono, por ejemplo, la evolución de Kay, la presidenta del Post, se produce sin profundizar en sus cambios. Su redactor jefe, Ben, es un personaje claramente plano, como también lo serán McNamara o Nixon.

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No se crea que lo de la existencia o no de matices está en producirse, o no producirse, los cambios en las actuaciones de los personajes, el error se debe a que los personajes actúan de acuerdo a lo que marca el guión no a una lógica evolución personal. Sería el fruto de la empatía introducida por el realizador o por el deseo de cargar (o no) contra tal persona. Es el caso de McNamara. El filme termina por absolverle de las culpas por su actuación en la administración Nixon. Es simpático, agradable y además un gran amigo de Kay (Meryl Streep) (1).

Hay que fijarse como se presenta a McNamara y cómo a Nixon para entender la forma de acercarse a la realidad por parte de Spielberg. Al primero se le salva, al menos en gran parte, mientras que al segundo, el presidente, se le condena, justamente claro, de manera inexorable. Se le muestra siempre convulso, iracundo, terrible monigote de espaldas a la cámara encerrado en su habitación (se le encuadra desde fuera de la casa, a través del cristal de la ventana): representación del fatídico, inexpugnable y lejano poder, como tal por encima de cualquiera que se quiera acercársele (o criticarle). Más que una persona es un ente abstracto, la idea representativa del mal.

El comienzo de la película es simple, centrado en el claro asentamiento del cine de Spielberg, y de la ley de gran parte del cine norteamericano: lo narrado se basa en una relación causa-efecto. O sea si tal cosa ocurre de tal manera en el siguiente plano o secuencia se actuará de tal forma. Lógico, claro, pero el paso sólo se ajusta a una inmediatez resolutiva.  

El resultado otras veces se produce de manera no menos elemental, por medio de una visión/representación de momentos desarrollados al mismo tiempo y contrapuestos. Así, se puede entender, desde la más radical de las simplicidades, el personaje de Kay, para asistir posteriormente a su posterior reacción/cambio, pasando de ser una mujer pasiva, no resolutiva, una mujer florero no considerada por los hombres que forman el consejo de administración de su empresa, a una mujer fuerte, activa, resolutiva, capaz de dominar a los hombres de la empresa que preside. Kay, pues, pasa al otro lado del espejo, es un nuevo ser, concienciada como persona y como jefa.

Ese paso de una a otra Kay viene dado por dos momentos marcadores ambos de su primera posición para posteriormente reflejarse en otros contrarios. En el primer punto estaría la reunión del consejo de administración que ella desea presidir (pero no lo consigue) y la cena en la casa. 

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La secuencia del consejo es precedida del adiestramiento de Kay. Repasa lo que debe decir, lo va aprendiendo para llegar a la reunión y… no ser capaz de decir nada, de balbucear algunas palabras, de ser dominada por todos los hombres del consejo de administración. Una mujer aplastada, eclipsada por los hombres, aunque ella sea la qu manda.

En la segunda secuencia, al terminar la cena se produce la separación de los hombres y de las mujeres, para que ellos hablen de sus cosas (los negocios) y ellas de las suyas (cotilleos, vaguedades). Kay está en el segundo grupo, una mujer excluida del mundo de los hombres. Todo el dinero no le sirve de mucho. De hecho es hija del dueño del Post, dirigido después de la muerte del padre por su marido. Ahora éste ha muerto y ella ha heredado el periódico.

El despertar, la concienciación de su poder, la necesidad de imponerse, de ser alguien importante, se representará en otras dos secuencias resueltas de la misma manera.

La primera, una conversación telefónica a tres (ella la única mujer) en la que desde la duda pasa a la acción: su periódico dará a conocer los papeles de McNamara sobre el Vietnam.

En la segunda, rodeada de un cierto suspense sobre si el periódico sale o no sale a la calle después de estar preparado, es muy parecida. No se plantea el dilema de publicarlo, algo ya decidido, sino de dar la orden para que las máquinas procedan a imprimir los miles de ejemplares y de esa manera puedan difundirse. Nuevamente asistimos a la duda de Kay, lo que se muestra ahora por medio de conversaciones entre los personajes. La resolución, simple, en ambos casos se produce merced a un procedimiento casi tan antiguo como el propio cine: la cámara lentamente se va acercando a Kay hasta llegar al primer plano. Es decir, se explicita así su resolución, su toma de decisión.

Película, pues, con dos ejes de referencia: el papel del periodismo y el de la mujer. Dos caminos que transcurren paralelamente y que conducen a la misma idea: la de la libertad, necesidad de ser, de conocer y de actuar.

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El filme se preocupa más de relatar acontecimientos a la manera de un relato periodístico que a profundizar en los personajes, e incluso los secundarios son utilizados como meros elementos acompañantes, necesarios para el trascurrir de la acción. Sin mayor importancia: el que pasa los informes (y da pie a la escena de relativo suspense en su salida de las oficinas estatales después de haber violentado archivos secretos), la joven que entrega en el periódico los informes, el periodista que los recibe, el becario enviado a la redacción del New York Times para enterarse de lo que van a publicar.

Sobre periodismo libre, sobre su importancia y la necesidad de servir al pueblo (“La prensa nace para servir a los gobernados no a los gobernantes”, se dice en el filme) se han realizado muchas películas. De hecho en América se la denomina “el cuarto poder”. De esa manera se tituló un filme de Richard Brooks. Sobre sus devenires, valores, lucha, sin olvidar sus límites, se han realizado, sobre todo en Hollywood, numerosas películas importantes. La última, la oscarizada Spotlight (2015) de Tom McCarthy, cuyo guionista, Josh Singer, también lo es de ésta. Otros títulos políticos, o no, excelentes o más discutibles, son Todos los hombres del presidente, Trágica información, El gran carnaval, Ciudadano Kane, Network, Luna nueva, Primera Plana, Yo creo en ti… y muchos, muchos más.

Sin ser una película excepcional este filme, el último por el momento de Spielberg, es necesario, incluso a pesar de su simpleza, en un mundo donde gran parte de los medios de comunicación en general sirven a claros intereses ordenados y dirigidos desde distintos estamentos ya sean políticos, económicos, religiosos. La libertad de los medios debería ser un dogma categórico, irrenunciable.

Un buen guión, una aplicada realización y los actores, sobre todo los principales, en estado de gracia (Meryl Streep como Kay, la dueña del periódico, y Tom Hanks como Ben, el jefe de redacción) logran un filme correcto, fácil de seguir, de buena factura, que además nos regala un plano asombroso casi al final. Si sólo fuera por ese plano la película ya sería importante. Un plano, una secuencia, vale a veces por un filme entero. En éste de Spielberg hay más, claro, pero ese momento es grandioso —al igual que el final de Munich—, esos instantes mágicos, algunos de ellos ya los hemos analizado en nuestra sección El resplandor, que dignifican a cualquiera autor, a cualquier película y nos han llevan a afirmar: ¡Esto es el cine!

En ese momento, los dos personajes principales, Kay y Ben, salen juntos del periódico. Semeja una especie de ballena gigante donde resoplido a resoplido lanza sus chorros de agua (los periódicos) hacia… fuera. Dos personas saliendo del edificio, como si lo hicieran del vientre del animal, con los periódicos expulsados por las máquinas dibujando unos arcos triunfales. Nuestro compañero Juan Ramón ha dedicado uno de los artículos de la sección El resplandor a este momento. Lo recomiendo. La suya es una gran explicación de uno de los primorosos momentos de este filme de Spielberg.

Los planos que vienen a continuación poco aportan. El enfado de Nixon y su endiosamiento se yuxtaponen al comienzo del caso Watergate: la tumba del presidente. Algo demasiado recalcado, innecesario. Por eso nos quedamos con el plano indicado. Spielberg no será innovador, transgresor o profundo, pero sí sabe llegar, casi siempre, al espectador. No todos lo consiguen.

Escribe Adolfo Bellido López


Notas

(1)  Meryl Streep da una lección de interpretación en un año donde grandes actrices han mostrado su grandeza interpretativa. En poco tiempo, aparte de Meryl, hemos podido saborear lo que han dado de sí, sin ir más lejos, Frances McDormand en la muy discutible Tres anuncios en las afueras, o Kate Winslet, prodigiosa en Wonder Wheel, incompresiblemente no nominada para los Oscar, aun siendo, probablemente, una de las más soberbias interpretaciones de 2017. Bueno, tampoco el filme de Alllen ha obtenido ninguna nominación, lo cual no se vuelve contra la película sino sobre la misma Academia.

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