La última bandera (4)

  16 Febrero 2018

La guerra oculta

la-ultima-bandera-0Richard Linklater vuelve a las pantallas, esta vez con una película producida por Amazon, cuyos tentáculos no parecen conocer límites.

En un principio puede parecer una propuesta atípica para este director. Se trata de una película de guerra, cuando él, gamberradas al margen, se ha ocupado siempre de desmenuzar, en plano corto, las relaciones humanas, los sentimientos complejos y muchas veces inaprehensibles de sus protagonistas.

Sin embargo estamos ante una guerra extraña, en la que no escucharemos ningún disparo, ni veremos una gota de sangre, ni presenciaremos el sufrimiento de las trincheras o el esfuerzo físico de los combatientes. Por no ver ni siquiera veremos, salvo en los informativos que la televisión emite, el rastro de ningún muerto o herido. Pero sí, es una película de guerra, una guerra siempre presente, que va más allá de lo obvio, y que se alza como una fuente inmensa de dolor, porque como dice Sal en un momento dado (qué gran personaje, y qué gran actor detrás de él), «dolor es dolor».

Es una película de guerra y es mucho más, porque la gran virtud de esta obra es la multitud de capas que va superponiendo hasta alcanzar una densidad extraordinaria. Sin apenas esfuerzo (aparente) va diseminando los resortes que, una vez ensamblados, constituirán un universo que trasciende lo cinematográfico, algo que caracteriza, y que sólo le está reservado, a las grandes películas.

Bajo la forma de una no muy convencional road-movie, Doc y sus dos antiguos compañeros se dirigen a recoger el cadáver de su hijo muerto en la Guerra de Irak. En ese viaje, y en el regreso para enterrarlo, quedará constancia del absurdo de la contienda, de la tragedia que encierra, con referencia siempre presente a la Guerra de Vietnam que los protagonistas vivieron. No se escatiman diatribas contra la situación, y quizá ahí, en el tono en algún momento excesivamente discursivo hacia la mitad del metraje, está la parte menos brillante del filme, por otra parte pródigo en sugerencias veladas y en apuntes llenos de elegancia.

El enfrentamiento entre el coronel sometido a los absurdos procedimientos del ejército y los protagonistas, con esa alusión constante al Presidente de los Estados Unidos, o la crudeza con la cual se les presenta la disyuntiva de aceptar o no la compañía del amigo del soldado fallecido, así como el recuerdo de los poco honorables comportamientos que ellos mismos protagonizaron, trazan un perfecto mapa de la crudeza del tema abordado.

Sin embargo el aspecto bélico posee siempre el contrapunto de la humanidad de sus actores, de sus miserias y pequeños heroísmos, de la verdad con la que dotan a su actividad. Y del olvido que sufren.

En esta ambivalencia encontramos el comportamiento en Vietnam de Doc y sus amigos, y la persistencia, a pesar de todo, a pesar de la traición implícita, de su amistad. Como también la manera de morir del recluta, cuando se dedicaba a repartir material escolar entre la población iraquí, ejecutado por la espalda mientras compraba, como era ya rutinario, un refresco, y la consiguiente reacción descontrolada de sus amigos. Todo ello lejano al heroísmo que se quiere impostar y contra el que el padre del fallecido se rebela.

De todos estos acontecimientos tenemos noticias indirectas, muchas veces veladas, insinuadas, que hacen adoptar a los hechos un carácter irreal, como suspendido en un tiempo y en un lugar que no existen, o al menos del que no se tienen noticias más que por la televisión, como si de una película más se tratara. En las idas y venidas de los protagonistas, en plena guerra, observamos unas ciudades ajenas a lo que está ocurriendo, a lo que sus jóvenes están sufriendo, con una cotidianidad inalterada, con alegría incluso. No es sólo que los muertos hayan desaparecido una vez aprendida la lección de Vietnam, es que con ellos la guerra misma parece haberse evaporado.

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Todo ello está filmado con un respeto, una elegancia y una contención admirables. Cuando Doc consigue, con su insistencia, ver el rostro destrozado de su hijo, la cámara se queda a distancia, con sus amigos, evitando profanar un momento tan íntimo, y al mismo tiempo colaborando en esa ocultación pública del dolor.

Por otra parte, los lugares en los que transcurre la acción, desde la gelidez metálica del depósito de cadáveres a las oficinas o las casas por las que se desenvuelven, están dotados de un ambiente pulcro, acogedor, que insiste en ese olvido de la tragedia que está asolando los cimientos de la sociedad. La manera de filmar, la puesta en escena, se tornan cómplices, a la vez que delatan, la estrategia oscurantista de los responsables de la contienda. No anda muy lejos esta manera de presentar la acomodada sociedad americana de los paisajes urbanos que ofrecen en sus películas Tim Burton (aunque sin su carga de sarcasmo) o los hermanos Coen.

La guerra física, real, esconde otras guerras no menos devastadoras. Una de ellas lo impregna todo, y es la radical soledad en la que viven los personajes. Desde el inicio, cuando vemos a Doc deambular ya de noche por las lluviosas y solitarias calles hasta el bar de Sal, identificamos esta situación. Allí conoceremos al propietario y a su único cliente, y sabremos que en ocasiones se quedan a dormir allí, en el bar, a la espera del día siguiente en el que recomenzarán su rutina. Por su parte Doc, amén del hijo desaparecido, perdió también a su mujer, y vive, lo dice en un momento dado, prácticamente sin amigos. El hecho de que acuda a sus antiguos compañeros para que compartan con él el retorno del hijo habla por sí mismo de su situación. A partir de ese momento el constante tránsito por lugares de paso como estaciones o aeropuertos, con el desarraigo y la aspereza que semejantes no-lugares llevan implícitos, acentúan la cualidad de estos personajes a la deriva.

Todas estas circunstancias pueden ser entendidas, al menos simbólicamente, como consecuencias de la guerra que ellos vivieron, lo cual quedaría corroborado con las que atañen a la madre del soldado muerto que ellos van a visitar, y que reproduce el abandono que los protagonistas sobrellevan. Una escena ésta en la que la mentira piadosa, único y precario elemento defensivo y consolador (la misma mentira que el ejército propaga para hacer soportable la devastación que provoca), recuerda poderosamente al final de Smoke, otra fábula sobre seres solitarios.

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La soledad, la decadencia que la acompaña, es la manifestación de un tiempo ido. La película está llena de nostalgia. Cuenta el empeño de unos personajes por rememorar algo que se les ha escapado definitivamente. El primero encuentro entre Doc y Sal es en este sentido magistral. La iluminación del bar, la actitud del visitante, quien poco a poco va dando pistas para que descubra su identidad, el recuerdo de un nombre que ya nadie usa, la constatación del tiempo transcurrido, la sensación de pérdida que todo lo impregna, el cambio producido en su aspecto…, todo ello traza el marco impecable en el cual se desarrollará toda la historia.

Pero lo ocurrido requiere también la redención. La culpa habita entre ellos, y cada cual lidia con ella como puede. Para el reverendo Dios es el remedio, aunque adivinamos que tal remedio es menos sincero de lo que él mismo quiere hacer creer, una especie de arreglo para ir tirando. Pero Sal, más franco en esto, no escucha la llamada de Dios, no puede refugiarse en él. Su vida, y así lo tiene asumido, ha de ser vivida sin muletas, a cuerpo.

La salvación, compartida, vendrá de otro sitio, de la amistad, otro de los grandes temas de la película, y que no se limita al trío protagonista, sino que está presente también en las relaciones entre el hijo desaparecido y el soldado que los acompaña.

La amistad, más allá de la traición que la enturbió, permanece y acaba por ampararlos. Hay una escena espléndida, una más, que pone de manifiesto el alcance y las consecuencias de la relación que mantienen, y que deja constancia, a fin de cuentas, de la alegría que de ella emana y que permite sobreponerse a las penalidades que la película nos cuenta. Se trata de aquella en la que los tres amigos, junto con el soldado que los acompaña, bromean y ríen junto al féretro en el que va el cadáver del joven muerto. La vitalidad de esa escena arrumba, sin ignorarla, la tragedia constitutiva.

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El final es menos patriótico de lo que puede parecer. Es cierto que ondean banderas, que los veteranos lucen sus viejos uniformes, que se reproducen ceremonias vetustas, pero no lo es menos que todo ello nace de una claudicación, la que supone no enterrar al muchacho con su traje de graduación, tal como el padre quería, sino consentir que el Ejército, una vez más, se salga con la suya y consiga que el muerto vista el uniforme. Es verdad que así lo quiso él tal y como consta en la carta de sus últimas voluntades, pero es inevitable la sensación de manipulación que acompaña esta petición, como si las conciencias, y no sólo los cuerpos, no pudieran escapar del dominio al que los soldados son sometidos.

Pero aun así existe un patriotismo en ese final, aunque de más cortos vuelos. La asunción de la parafernalia con que se adorna el entierro muestra el compromiso con un deber que tiene que ser cumplido, un deber que nace de la amistad y la solidaridad, y que la mujer del reverendo le recuerda a su marido cuando éste flaquea, algo que con toda naturalidad adivina Sal antes de que su amigo comunique que continua. Se trata del deber cumplido que no posee un valor per se, que no es una apelación a esencias inmarchitables, sino que, como todo en la película, se dirige a aquellos que lo hacen merecedor, a nuestros acreedores. La escena final, con los antiguos camaradas acompañando la lectura de la carta del hijo desaparecido, en silencio, discretamente apartados, y la mano que levemente se posa sobre el hombro de Doc cuando termina, posee la emoción de los grandes momentos del cine, y un inconfundible aroma fordiano que dignifica aún más esta película.

En consecuencia, y a pesar del dolor que la inunda, su resolución no deja un regusto triste. Aunque la muerte siempre esté presente asistimos a una apología de la vida. Pero no de la vida en general, como una grandilocuente categoría filosófica, sino a la vida vivida y aún por vivir, a los restos de un naufragio a los que aún podemos aferrarnos, y en los que reconocemos a otros supervivientes con los que celebramos nuestra precaria existencia. Se trata de la cansada alegría de aquel viejo vaquero que se sienta en la mecedora resguardada por el porche viendo declinar el día. Ford, siempre Ford.

Quizá a Richard Linklater le faltaba, para su total consagración, una opera magna, la contundencia de una película cuyo alcance fuera más allá de las escaramuzas minimalistas que hasta ahora nos había ofrecido, sin que ello signifique un menoscabo en cuanto a su calidad. Esa obra ambiciosa e incontestable es La última bandera. Sin renunciar a sus claves estilísticas, a sus intereses de siempre, ha sabido elevarlos a una dimensión que lo lleva a entroncar, por fin, con el cine de los grandes maestros.

Bienvenido al Olimpo.

Escribe Marcial Moreno  

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