Loving Vincent (4)

  24 Enero 2018

El cuadro que no cesa

loving-vincent-1Vincent Van Gogh es uno de los artistas más importantes de la historia de la pintura. Tan famoso y apreciado hoy en día como desgraciado y marginado lo fue en vida. La magnitud de su personalidad artística y su trágica experiencia vital ha sido recogida hasta la fecha en multitud de películas de ficción y documentales (1), pero ninguna tan original como la presente.

Loving Vincent es un proyecto de cine de animación que se diferencia de sus predecesoras, de cualquier género, en que hace de la materia pictórica pura emoción plástica y visual cinematográfica, con la intención de llegar al personaje a través de su expresiva y vibrante forma de pintar. Sus autores, la directora polaca Dorota Kobiela y el realizador británico Hugh Welchman, haciendo suya una frase de la última carta que Vincent escribió a su hermano «no podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros» tratan de introducirnos literalmente en su pintura y dejar que sea ella la que nos cuente su historia. 

La magnitud de su empeño les ha costado siete años de trabajo y un laborioso proceso de producción en el que un equipo de 125 pintores de todo el mundo (entre ellos dos artistas españolas: Sara Calderón y Sara Campos) han pintado a mano, en los Studios Loving Vincent de Londres y Polonia, cada uno de los 65.000 fotogramas de la película.  

La película es el sueño hecho realidad de una mujer paciente y obstinada, propensa a la depresión, como el propio Vincent lo era, materializado al fín. Pero en su caso, en vida. Loving Vincent es un cortometraje devenido en largo que Kobiela ha puesto en movimiento con la implicación y colaboración de Welchman, coautor también del guión junto a Jaceck Dehnel. Un guión que rastrea con tono y ritmo de thriller las causas de la muerte del pintor, mientras nos cuenta su vida a través del testimonio de algunas de las personas que le conocieron.

Vincent  

Casi siempre firmaba sus cuadros solo con su nombre (2), el mismo que había heredado de un hermano mayor muerto a los seis meses de nacer. Algunos psicoanalistas piensan que aquel lazo invisible con el finado pudo crearle algún sentimiento de culpa que desde niño desajustó sus relaciones con el mundo, con su familia en particular y con su padre, en especial. La película no obvia este hecho.

Vincent Willem van Gogh nació el 30 de marzo de 1853 en Groot Zundert, un pueblo del sur de Holanda. Después de él nacieron otros cinco hermanos, dos niños y tres niñas y con ninguno tuvo una especial relación excepto con Theo, cuatro años menor.

Theo (1857-1891) fue para Vincent su ángel de la guarda en la tierra. Ejerció de confesor, amigo y mecenas. Siempre creyó en su talento y le animó en su empeño, sacrificando su vida para construir la del genio. La gratitud de Vincent hacia él era infinita, tanta que nunca se cansó de agradecérselo y de reconocer que su obra era de ambos. En su numerosa correspondencia así se lo hace saber en muchas ocasiones: «Ahora no encuentro todavía mis cuadros bastante buenos para los beneficios que he recibido de ti. Pero una vez que esto sea bastante bueno, te aseguro que tú lo habrás creado tanto como yo, y es que los hacemos a medias…».

En otra ocasión firma la obra Melocotones en flor con el nombre de ambos (Vincent y Theo) para enviársela como regalo a una prima viuda (3). La película hace especial hincapié en el protagonismo de Theo en la vida de Vincent, implicándole especialmente en el desenlace.

Al niño Vincent le gustaba dibujar pero nunca hasta que fue adulto sintió el arte como una vocación, aunque su primer trabajo estaba ligado a él. A los dieciséis años empezó como vendedor de obras de arte en la Goupil & Co. (4) de La Haya y siete años después, en 1876, tras pasar por las sucursales de Londres y París abandonó el empleo para siempre. Este intervalo de su vida estuvo marcado por la inestabilidad profesional que le llevaba de una ocupación a otra (maestro, librero, predicador, misionero) hasta que encontró en la pintura su pasión/obsesión definitiva.

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Cuando halló su camino, Vincent era un hombre muy culto, había vivido en muchos sitios y conocido a mucha gente diferente, sabía inglés y francés y era un devorador de libros, además de un gran entendido en arte. Su temperamento, en cambio, era hosco e inestable. Tenía un carácter difícil y su actitud oscilaba entre los arrebatos de rabia y el entusiasmo. Un hombre con dos almas en un solo cuerpo: una tierna y delicada, la otra dura y egoísta. Nunca fue el hijo convencional que sus padres esperaban, por lo que sus relaciones con ellos siempre fueron tirantes. Nadie le comprendía como su querido Theo.

Su vida sentimental siempre fue un fracaso, encadenó una desilusión tras otra y tantos rechazos marcaron su alma llegando a renunciar para siempre a una vida sentimental plena lo que le llevó a considerar a la pintura, según le decía a su hermano, como su único amor. 

Autodidacta, excéntrico e inquieto, Vincent era un hombre de extremos en la vida y en el arte. Él mismo se declaraba inconstante y poco ortodoxo. Le gustaba arriesgar, mezclar y experimentar sin comprometerse, buscando siempre nuevas vías de expresión. Pintaba con un fervor casi religioso, con una pasión febril y compulsiva obsesiva que le impedía descansar y alimentarse en condiciones. Su estilo hay que buscarlo en la profundidad de su alma herida y en la sensibilidad con que miraba a la naturaleza y sus moradores. «Me siento lleno de nuevos goces que encuentro en las cosas que veo, porque tengo una nueva esperanza de hacer algo grande dondequiera que haya alma» (5), decía a Theo cuando empezaba a pintar y a descubrir las posibilidades del color.

La unidad interna de su obra radica en una voluntad inquebrantable de superación, su mirada entusiasta y su personal manera de concebir la pintura, a la que por otra parte consideraba una profesión como cualquier otra. Por eso da igual que copie a los maestros como Delacroix, reproduzca a sus pintores más admirados, como Millet o Daumier, y reinterprete sus obras o tome préstamos de otros artistas, su personalidad hace indeleble su sello. Postimpresionista por filiación pero claramente expresionista por sentimiento.

Le preocupaban las clases más desfavorecidas. El hombre trabajador, los tejedores, mineros, campesinos… en plena faena le inspiraban. «Prefiero pintar los ojos de los hombres a las catedrales» —escribía a Theo en 1885 desde Amberes—, «el alma de un hombre, aunque sea un pobre vagabundo o una muchacha de la calle, me parece más interesante» (6). Se mimetizaba tanto con ellos, con su miseria, su esfuerzo y su aspecto, que en algún período de su vida le costó un disgusto (7).

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Su etapa como artista fue intensa y dramática. Apenas duró diez años. Empezó a pintar en agosto de 1882, hasta entonces llevaba dos años dedicado exclusivamente a perfeccionar las distintas técnicas del dibujo. Obstinado y trabajador la pintura fue su obsesión hasta que la locura se cruzó en su camino.

Los últimos dos años de su vida fueron agónicos, de un auténtico sufrimiento. Aquejado de fuertes y frecuentes crisis (identificadas entonces como episodios epilépticos que hoy en día coincidirían más con diagnósticos de bipolaridad o esquizofrenia) aceptó internarse en un sanatorio mental en Saint-Rémy, a 27 km. de Arlés, donde intentó suicidarse una vez ingiriendo pintura.

Dado de alta en mayo de 1890 se instaló en una pensión de Auvers-sur-oise y pasó los últimos dos meses de su vida bajo la supervisión del doctor Gachet, un médico excéntrico con pretensiones artísticas que se hizo su amigo. Murió prácticamente con los pinceles en la mano. El 27 de julio de 1890 estando solo en el campo se pegó un tiro en el estómago, según la versión oficial. Falleció dos días más tarde en brazos de su hermano Theo. Hoy en día existe otra teoría sobre si su muerte pudo ser accidental, un hecho sobre el que la película también incide.

Para entender su mente y su obra en profundidad no hay como leer sus cartas: sus proyectos artísticos, sus investigaciones plásticas, su preferencia por el campo frente a la ciudad, sus reflexiones sobre la muerte, sus ataques, sus largas convalecencias… Su razón maltrecha le tenía sumido en una continua depresión de la que no obstante intentaba salir, pintando. Sus mejores cuadros son de este período oscuro de su alma. Consciente de su demencia, en los períodos de lucidez decía que la pintura era lo único que podía curarle.

Fue un artista muy prolífico. Su manera compulsiva y entusiasta de pintar le hacía acabar un cuadro, a veces, en una sola sesión. Su obra la componen más de 1600 dibujos y casi 900 cuadros, de los cuales muchos se han reproducido total o parcialmente para la película. 

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La película

Verano de 1891. Un año después de la muerte del pintor, Armand Roulin, hijo del cartero Roulin, recibe de su padre el encargo de entregar a Theo, el hermano de su amigo Vincent, la última carta escrita por éste. El joven emprende el camino muy contrariado pero termina muy implicado en su cometido. Empieza así una búsqueda que le llevará por los lugares en que vivió el artista, conversando con algunas de las personas que le conocieron. A través de su testimonio reconstruye el retrato de un hombre melancólico, pobre y solitario que murió de puro agotamiento existencial y el relato de lo que pudo ocurrir para desencadenar su trágico desenlace. 

El argumento aborda, a través de una estructura de flash-back, los acontecimientos más significativos de la vida del artista desde su infancia hasta su trágica muerte durante el verano de 1890.

Cada narrador le aporta su particular visión del artista, casi todas amables y condescendientes. El primer testimonio que recibe Armand es el de su propio padre, el cartero de Arlés, un hombre que ayudó siempre a Vincent, aun cuando todo el pueblo le rehuía y rechazaba. Él es quien le cuenta que era un hombre triste y educado con algunos malos momentos, (no le juzga) como aquel que le llevó un día a cortarse parte de una oreja y entregársela como regalo a una prostituta después de una violenta discusión con su amigo Gauguin. 

De él recibe el encargo de entregar la última carta que escribió el pintor a su hermano del alma Theo. El hombre desconoce que éste también ha muerto. El joven llega a París y se entrevista con Julien Tanguy, el proveedor de pinturas de Vincent, y a quien todos los pintores conocen por Pêre (padre) porque en realidad ejercía como padre emocional de toda aquella generación de jóvenes artistas a los que animaba y ayudaba. Cuando Pêre le dice que Theo murió poco después que su hermano, Armand se encamina hacia el sur en busca de alguien a quien entregarle la carta o se la haga llegar a su viuda.  

En Auvers, a la espera de entrevistarse con el doctor Gachet, el médico que le trató durante su estancia allí conoce a Adeline Ravoux hija de los caseros de Vincent, a Marguertire Gachet, hija del médico, a Louise Chevalier, su ama de llaves, al doctor Mazay que le trató tras el disparo e incluso al barquero del pueblo. Todos ellos y algún otro testigo aportan su personal visión del personaje: la mirada amable y cariñosa de Adeline, la respetuosa y admirada de Margarite, la desconfiada de Louise… o la mirada envidiosa del doctor Gachet… quien a la postre se erigirá en altavoz del desenlace.

La película baraja las dos tesis existentes, hoy en día, sobre la muerte del artista, dejando al espectador la postrera elección, si bien el argumento se decanta, sin demasiado énfasis, por una. Sea cual fuere, suicidio u homicidio, intencionada o accidental, el resultado es el mismo. El mito no pierde intensidad con ninguna de ellas ni enturbia la leyenda romántica del artista bohemio y atormentado. 

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Cuadros en movimiento

La película reproduce 94 cuadros del artista de aspecto similar al original y otros 31 de forma parcial —reproducidos en los sets de rodaje—, que incardina en el metraje haciendo coincidir su composición con la de la escena representada. Son algunas de las obras más conocidas del artista como: Terraza de café por la noche (1888), el primer cuadro en el que Van Gogh pinta la noche estrellada, el humilde Dormitorio del pintor en Arlés (1888), tantas veces reproducido, o Café nocturno que representa el ambiente de un café de Arlés donde «los vagabundos nocturnos podían encontrar refugio si no tenían demasiado dinero para un alojamiento o iban demasiado ebrios», según comenta el propio artista en una de sus cartas a Theo.

También encontramos los famosos «girasoles» y multitud de imágenes de paisajes, naturalezas muertas y retratos como el de su amigo el cartero Roulin, el de su hijo Armand, el de Père Tanguy, el de Marguerite al piano, o el del doctor Gachet con su gorra y su inconfundible chaqueta azul… además de sus propios autorretratos.

Toda la película ha sido rodada con imagen real, con actores de carne y hueso, y pintada después al óleo. En total han sido 65.000 fotogramas animados pintados al óleo sobre lienzos de 103 x 60 cm. Se trataba de reproducir en cada fotograma el estilo del artista y hacerlo coincidir con el del cuadro correspondiente incluido en ese momento procurando que el ensamblaje entre texturas, formato y algunos elementos del encuadre enlazaran a través de un preciso ejercicio de montaje.    

Se tarda unos minutos en hacerse al cambio continuo, al baile de pinceladas que van y vienen de las figuras al fondo del espacio pictórico en movimiento. Pero una vez el ojo se ha adaptado y ha pasado la primera impresión epatante fluye la magia como de un chorro de óleo modelado por un pincel.

Estéticamente, la película es un torrente de pintura en acción que se desborda del tubo en cada fotograma recorriendo la pantalla de forma alucinante y alucinatoria. Similar a como tenía que ver el mundo en su cabeza, muchas veces, Vincent, capaz de congelar en sus cuadros aquel vértigo sensitivo y que ahora Loving Vincent trata de revertirnos en una vorágine de trazos que se agitan, se ondulan y se retuercen en febril movimiento.

La narración en cambio es elíptica y selectiva y el desarrollo dramático ortodoxo. Con una estructura de puzle con flash-backs incluidos que alterna presente (en color) y pasado (en blanco y negro) para construir una historia que se decanta por equilibrar biografía y suspense con un ritmo cambiante y sin alardes artificiosos. 

El tratamiento técnico desigual entre las imágenes del presente y del pasado, aparte de una convención cinematográfica tiene también razones, además de conceptuales, puramente físicas.    El ritmo vibrante de las pinceladas en color nos conecta con el pulso certero y vehemente de Vincent, con su emoción desbordada ante el fenómeno creativo. Por el contrario, la tranquilidad formal de las imágenes del pasado se utiliza, según dice Kobiela, como descanso para la vista y como una referencia a las imágenes fotográficas de aquella época. Sin embargo también se pueden interpretar como un homenaje a la etapa dibujística del artista aquélla en la que se detuvo durante dos años para capturar la vida antes de poder abordarla en color.

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Homenaje

Loving Vincent es un tierno y sentido homenaje al hombre inquieto y desajustado con el mundo que amó tanto a los que tan poco le entendían. Es así mismo una declaración de amor al artista y a su obra inmortal y por supuesto una invitación al espectador para acercarse, con amor también, a su imagen desde cualquier ámbito del ser.  

Intencionadamente se omiten todos aquellos acontecimientos no estrictamente fotogénicos de su biografía, como la estancia en el manicomio, sus reflexiones sobre la muerte, sus crisis o sus impulsos suicidas… optando por una exposición amable y convencional, un retrato complaciente del personaje tratando de huir de la imagen del loco para centrarse en la del hombre/genio incomprendido, taciturno y humillado.

Loving Vincent apela al alma no al cerebro. No es una película para acercarse a ella con el intelecto o con sólidos conocimientos adquiridos, es un viaje estético para experimentar con la mente abierta, despojada, si es posible de convencionalismos o ideas preconcebidas sobre el artista o su mito. Es una película emocional donde la intriga argumental, aunque secundaria, coadyuva a vivirla intensamente de principio a fin.

No obstante, lo puramente estético no está exento de misterio. La profundidad de su mensaje formal está en la sensibilidad con que hace vibrar nuestra alma y deviene en representación simbólica de lo omitido, un mapa conceptual de códigos emocionales cuidadosamente escondidos.

Escribe Purilia

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Notas

(1) Hasta ahora la película más conocida, y la primera, sobre su vida es Lust for life (1956), titulada en España El loco del pelo rojo, de otro Vincent, Minnelli, con guión de Norman Corwin basado en la novela homónima del escritor norteamericano Irving Stone, publicada en 1934, con unos inmensos Kirk Douglas como Van Gogh y Anthony Quinn como Gauguin.

También muy conocido es el episodio Los cuervos dentro de Los sueños de Akira Kurosawa (1990), un fragmento de 10 minutos de duración donde el personaje (un pintor japonés) se introduce literalmente en la realidad reproducida de la obra del artista.

Coincidiendo con el centenario de su muerte Robert Altman realizó, también en 1990, Vincent y Theo, con Tim Roth y Paul Rhys en los papeles principales, haciendo de la relación entre los hermanos su principal baza dramática. De un año después es la película francesa de Mauricel Pialat Van Gogh (1991) centrada exclusivamente en los últimos dos meses de vida del artista.

A medio camino entre el documental y la ficción está la obra de autor del director australiano Paul Cox Vida y muerte de Vincent van Gogh (1987) un proyecto experimental sin diálogos con imagen, música y narración conducido por una voz en off con las palabras del propio pintor.

Entre las incursiones documentales destaca el cortometraje realizado en 1948 por Alain Resnais Van Gogh rodado en una exposición sobre el artista en L’Orangerie, una original manera de mirar la obra del artista que sólo tiene en su contra estar rodado en blanco y negro. Además de hasta otros once documentales realizados en distintos países como Francia —Vincent Van Gogh. La revancha ambigua (1989) de Abraham Segal, titulada en castellano Un genio en el mercado-, Holanda —Vincent van Gogh. Imágenes en la vida de un genio (1990) de Richard Hock— o Alemania —Vincent Van Gogh (1853-1890). Una vida en cuadros y cartas (1890) de Franz Baumer—.

(2) Preguntado una vez por qué lo hacía contesto que porque Van Gogh le parecía un nombre demasiado difícil para el público francés e inglés que algún día contemplara sus cuadros.

(3) Vincent van Gogh en Cartas a Theo. Barral Editores. Barcelona, 1971, cartas 541 y 472 págs.. 262 y 192 respectivamente. En otra ocasión habla de «nosotros» refiriéndose a su obra como un trabajo conjunto.  Escribe: «digo “nosotros” porque el dinero que viene de ti, ese dinero que, ya lo sé, te cuesta no poco trabajo ganar para mí, te da el derecho si algo bueno surge de mi trabajo, de considerarlo en parte como tu propia creación» ( Ibidem, carta 300, pág.131).

(4) La Gouil & Co. era una importante empresa dedicada al comercio de reproducciones artísticas de alta calidad. Tenía sucursales en La Haya, Bruselas, Londres, París y Berlín. Solo la sede central de París, negociaba con originales. El trabajo lo consiguió gracias a su tío Cent asociado a la empresa.

(5) Op.  cit., carta 230, pág. 85.

(6) Ibidem, carta 441, pág. 171.

(7) Durante su etapa como predicador en el Borinage (zona minera del sur de Bélgica) fue despedido por las mismas autoridades eclesiásticas que le habían contratado porque se excedía en su concepción de la abnegación y humildad cristiana. Las condiciones en que vivían los mineros le impresionaron tanto que vivía, comía y se vestía como ellos llegando incluso a renunciar a su atuendo de predicador. Su proceder aunque apreciado por sus superiores no lo consideraban apropiado para un representante de la Iglesia.  

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