Wonderstruck, el museo de las maravillas (3)

  31 Enero 2018

Odisea en el tiempo y la memoria

El-museo-de-las-maravillas-2Podría parecer que Todd Haynes toma un nuevo rumbo en su filmografía alejándose de la profunda exploración sentimental de los intrincados universos femeninos de Carol, para ofrecernos este juguete narrativo basado en el relato Maravillas (2012) de Brian Selznick, autor también de La invención de Hugo Cabret, obra en que se inspiró Martín Scorsesse para su película.

Y es que esta historia para todos los públicos llena de magia y sueños infantiles parece venir a demostrar la versatilidad de un director capaz de abordar con evidente talento nuevos temas y afrontar nuevos retos. Pero como suele suceder con cierta clase de cine en general y Haynes en particular, nada es lo que parece, pues nos encontramos con una película que ofrece muchas lecturas, reveladoras de una enhebrada red temática oculta bajo la historia del viaje de dos niños en busca de sus sueños.

El argumento se fragmenta en dos historias que comparten similitudes aunque se desarrollen en dos tiempos y espacios diferentes. La de Rose, una niña sorda e inquieta que vive con un padre que no la comprende, sucede en Nueva Jersey durante octubre de 1927. La de Ben, sordo a causa de un accidente, se sitúa en Gunflint Lake, Minnesota, durante junio de 1977.

Los cincuenta años que separan sus vidas establecen una distancia que desaparece cuando se evidencian las similitudes del sentimiento de abandono y soledad que ambos experimentan. En el caso de Rose (Millicent Simmonds), su obsesivo interés por la vida de Lillian Mayhew (Julianne Moore), actriz famosa que triunfa en Nueva York, se funde con la necesidad de ser reconocida como hija. En el caso de Ben, la orfandad provocada por la muerte de su madre, le impulsa a buscar al padre desconocido en la metrópolis estadounidense. Para los dos personajes se trata de un viaje iniciático cuya dirección determinará sus vidas.

El montaje en paralelo de las dos aventuras permite al espectador disfrutar de dos formas de contar, de dos lenguajes. El silencioso mundo de Rose se resuelve en un blanco y negro sin palabras, fruto del trabajo del fotógrafo Edward Lachman, colaborador frecuente del director. Su historia transcurre en un ámbito del que ha desaparecido el lenguaje verbal y no existe nada más que la intuición del gesto para comunicar las emociones, tanto entre los personajes como entre éstos y el espectador.

La banda sonora creada por Carter Burwell puntúa ligeramente una diégesis apenas perturbada por alguna vibración sonora y la broma de la ráfaga de Así habló Zaratustra, de Strauss, que remite a la película de Kubrick. David Bowie y Swet harán el resto en su momento.

El viaje de Rose se asienta en un espacio elaborado a base de fragmentos que remiten a una diversidad de medios de los años 30: revistas, folletos, carteles y el propio cine.  Convoca Haynes al New York de los coches de caballos y agobiadas multitudes que ha conformado el imaginario cinematográfico de un cine preindustrial y artesano. No podía faltar tampoco la panorámica nocturna de la Gran Manzana y su bosque de rascacielos con las ventanas iluminadas, en un filme donde se evoca a los cineastas que forjaron esta imagen como tópico sólidamente asentado en la memoria colectiva.

La referencia a D. W. Griffith resulta evidente en la proyección ficticia La hija de la tormenta, emulación de Las dos tormentas (1920) del creador del cine americano. Haynes transforma a la solitaria heroína de Griffith en una madre que abraza a su hijo mientras es azotada por la furia del viento y la lluvia. Así la cita se convierte en un indicio necesario dentro del esquema narrativo de la historia, ya que ese abrazo materno es el objetivo que persigue el personaje de Rose, lo que la impulsa hacia su aventura, la síntesis de sus deseos.

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El color, brillante y cálido, estalla en el New York vibrante y sonoro que acoge al fugitivo Ben en su peripecia metropolitana de los años 70. Mucha luz y cierta estridencia psicodélica configuran el entorno exterior por el que discurre el recorrido del niño protagonista. Los tonos más oscuros y monocromáticos se reservan para los interiores del museo, otro icono del cine y, en este caso, también espacio simbólico que contiene secretos y enigmas por desvelar.

De esta forma el argumento avanza dentro del proceso que descubre las claves de la historia. En esta primera parte de la película, las similitudes de los segmentos de las dos historias paralelas se incrementan de tal modo que en ocasiones vemos repetido el mismo plano, en blanco y negro y en color. La aparente falta de ritmo de estas secuencias en paralelo tiene sentido dentro de la lógica de la estructura del relato, pues corresponde a la presentación y descripción de los personajes y sus conflictos.

Una vez que el espectador conoce y comprende los detalles de los hechos que conforman los anhelos de ambos, el argumento progresa de forma lineal y alternante —la historia de Rose, primero, y la de Ben, después— para confluir ambas al final.

La convencionalidad de la estructura se compensa con la perfección de un guión cerrado y rigurosamente planificado, donde todas las piezas de la trama se ajustan entre sí y se complementan. Como sucede en las buenas películas, al final cada elemento ocupa su lugar en el conjunto aportando su sentido al significado general del filme.

El-museo-de-las-maravillas-1Lo que descubrimos es que estamos ante una película que va más allá de la magia y la fantasía de dos niños que persiguen sus sueños. Estamos ante una exploración de la vida que convoca un conjunto de símbolos mediante una diversidad de lenguajes visuales y sonoros manejados con gran talento y belleza.

Las estrellas de la cita de Oscar Wilde sacan al hombre del lodo para impulsarlo hacia el superior nivel de los deseos, pero gracias a su potencial polisémico, cobran distinto significado para cada personaje. La Star de Rose nada tiene que ver con la confusión de Ben, que no entenderá la cita hasta el final, como nosotros.

Los dos personajes reunidos en un tiempo y un espacio común —la terraza tras el gran apagón de 1977— miran hacia esas estrellas que confieren sentido a la particular odisea de sus vidas. Se cierra así la línea argumental en una estructura circular donde la línea narrativa gira hacia su origen uniendo el principio y con el final. Tanto la Star de Rose como la confusión de Ben han desaparecido. El orden ha sustituido al caos con el final feliz de los buenos cuentos.

Todo esto no es ninguna novedad como no lo es el libro Wonderstruck en su función de enigma y motivo impulsador y conductor del argumento hasta el final. Los libros, la emblemática e icónica librería, son símbolos de los objetos y espacios que guardan el conocimiento y lo preservan para las generaciones posteriores, como los museos.

La idea de que el coleccionista es ya un conservador que ordena y custodia los objetos que explican e ilustran los hechos de la Historia, aparece al comienzo del filme cuando Ben lee el preámbulo del libro-enigma que le introduce y conduce hacia el interior del museo, otro símbolo de la conservación de la memoria colectiva mediante los elementos que la representan.

Los dioramas y las maquetas son mensajes formados por signos pertenecientes a distintos códigos que hacen emerger su sentido. La preciosa maqueta de Nueva York, del Museo de Arte de Queens, aclara los misterios de una pequeña historia individual contenida en una hermosa representación de la Historia colectiva. Los personajes crecen hasta parecer gigantes durante el delicioso paseo por la ciudad miniaturizada como marco del relato leído y animado que guarda bajo sus edificios las respuestas a todas las preguntas. El museo es, pues, el medio que permite al ser humano comprenderse a sí mismo mediante el conocimiento de su pasado.

El encuentro de dos personajes pertenecientes a dos épocas distintas evidencia esa inevitable continuidad temporal que reconcilia al hombre con su memoria. Y también es muy de agradecer ese elogio del silencio, al menos en el cine, en un tiempo tan ruidoso.

En suma, la película no cuenta nada que no sepamos, pero ayuda a recordar lo que olvidamos. Y lo hace muy bien.

Escribe Gloria Benito

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