Tres anuncios en las afueras (2)

  16 Enero 2018

Lo que necesitas es amor

tres-anuncios-afueras-1Un pueblo rural del Sur de los Estados Unidos, una comisaría de policía insertada en la vida de ese pueblo, un crimen… Y Frances McDormand. Sólo falta la nieve, pero en el sur no hay nieve, si acaso residuos del racismo ancestral. Si las nevadas acompañaran perfectamente podríamos estar hablando de Fargo, pero no, no se trata de Fargo.

Muchas son las concomitancias existentes, y más aun las que se han querido ver, entre la obra maestra de los Coen y este Tres anuncios en las afueras. El marco, con la diferencia apuntada, es casi intercambiable, y la línea argumental similar. Pero no así la fluidez del relato, la coherencia de la historia o la hondura de los personajes, por mucho que aquí quiera construirse esa profundidad casi a martillazos.

Una mujer (Frances McDormand, excelente en su trabajo, aunque sin llegar a la cima que alcanzó en la película de referencia, no tanto por ella sino por los altibajos del guion al que ha de someterse) contrata tres vallas publicitarias en una carretera secundaria para recordarle al jefe de la policía que el asesinato de su hija sigue sin resolverse.

El planteamiento sirve para ir mostrando las peculiares relaciones sociales de la comunidad, y para que vayamos conociendo a sus principales integrantes. Sabremos de los brotes racistas en la Policía, del cadencioso paso del tiempo en sus relajadas vidas, de la incierta autoridad que poseen sobre sus convecinos, se nos apuntarán algunos brochazos sobre el acoso escolar y sobre la juventud dispersa, o sobre la endogamia de sus habitantes. Y sobre todo se establece una polaridad (más aparente que real) entre la maldad y la bondad, encarnadas por la iracunda mujer y el paciente comisario respectivamente, la misma oposición que a la postre constituye la línea directriz de toda la película.

Mientras el director se ocupa de la descripción del ambiente local la película se mueve por cauces aceptables. Hasta la primera toma de contacto con los personajes resulta sugerente, como ese plano, quizá el mejor de toda la película, en el que vemos reflejados en el retrovisor de su coche los ojos de Mildred cargados de una infinita tristeza.

Sin embargo ya se pueden vislumbrar algunas de las falsedades o de los excesos que van a acabar delatando la fragilidad del entramado fílmico. El empeño de la protagonista en estar enfadada (recordado más adelante al espetarle que nunca se ríe, y eso es malo) va configurando un arquetipo que se completa con otro aún mayor, cuando se le busca una justificación apelando al sentimiento de culpa que la embarga por la muerte de su hija y a los malos tratos sufridos en su matrimonio, de modo que su mal humor no es más que una máscara justificadísima, ya que en el fondo su bondad es incuestionable, y para demostrarlo basta acudir a ese bochornoso plano en el que coge la mano de su maltratador.

Y por ahí todo seguido. Hasta los peores serán buenos, y lo serán porque sufren. Un sufrimiento redentor, que parece sacar lo mejor de las personas, pues la película se empeña en establecer que ese fondo es común a todos y a poco que se indague aparece en toda su magnitud. Hasta el policía racista y violento (y ahí su posesiva madre y su insinuada homosexualidad parecen tener algo que ver) se transforma casi milagrosamente cuando sufre las quemaduras en el incendio de la comisaría.

Y junto con la bondad el perdón. El empleado de la agencia de publicidad perdona al policía que lo ha maltratado, y éste no tiene empacho en ayudar a quien ha provocado el incendio en el que se vio involucrado. Y el enano que ayuda a quien le desprecia, o el jefe de la policía, quien hasta con su muerte quiere ayudar a los demás, convirtiéndose en una especie de Dios que marca el camino a seguir a quienes se quedan, al tiempo que les ahorra sufrimiento, pues conoce mejor que ellos cómo se van a sentir y qué es lo que les conviene, todo ello guiado, como no podía ser de otra manera, por el amor, el amor que todo lo resuelve.

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Acumulando todas estas piezas la película acaba siendo algo muy distinto de lo que parece. Y, por supuesto, peor. El resultado final se acerca mucho más, habría que decir que naufraga de lleno, a un pastiche dulzón que contentará a esa masa de espectadores devotos de la corrección, embriagados de buenos sentimientos, fascinados por las emociones propias y ajenas, aunque siempre y cuando, eso hay que matizarlo, sean amables, solidarias, integradoras, las que les permitirán salir del cine con una renovada fe en la bondad humana. Qué lejos queda el poder subversivo del arte, su capacidad para enfrentarnos con ojos nuevos a la realidad.

Si todo esto, al menos, fuera ofrecido de una forma brillante, quedaría justificado. Pero no es el caso. La historia va dando bandazos con un propósito claro, que se adivina casi desde el principio, y nada le va a impedir alcanzarlo.

Y así, como hay que ir rescatando a los distintos personajes, es necesario que Mildred incendie la comisaría, para lo cual es necesario que Dixon esté dentro en ese momento y no conteste al teléfono (porque Mildred llama para avisar, por si acaso quedaba alguna duda de su íntima bondad), y además es necesario que Dixon vaya a coincidir en el momento exacto y en el lugar preciso con el supuesto asesino, y que Dixon olvide de repente sus métodos habituales (obra y gracia del Comisario-Dios y del sufrimiento transformador) para diseñar en un instante toda una estrategia que le permita cazarle. O si no el peculiar manejo del tiempo con la fulminante recuperación del policía abrasado. Y más, y más…

Todo tan absurdo como la visita que hace el después sospechoso y aún más tarde exculpado a la casa de Mildred no se sabe a qué. Una trampa más para introducir al personaje en la narración y que el espectador se cree la falsa expectativa.

Ganará seguramente muchos Oscar a añadir a los premios que ya lleva conseguidos. Y con ello no se hará sino confirmar el desprecio que el cine actual —y hablamos del que se pretende más serio, porque al otro ya lo descartábamos— manifiesta por la inteligencia del espectador. Aunque tampoco parece que eso moleste, dado el entusiasmo con el que esta película, y otras de semejante jaez, son acogidas.

Escribe Marcial Moreno  

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