Sin amor (3)

  15 Enero 2018

Hijos del desamor

sin-amor-1Después de tres largometrajes admirables y de recabar premios a mansalva con sus historias individuales que metaforizan el colectivo ruso actual, Andrey Zvyagintsev vuelve con esta cruel a la par que bella obra sobre la disolución de una pareja, su vida y las estructuras sociales que creemos mantener.

Arranca la acción cuando vemos que un nuevo matrimonio visita un piso para adquirirlo. Al preguntar esta pareja joven el motivo de la venta del inmueble, la respuesta es clara: “Estamos en proceso de divorcio”. El director ya nos deja explícito desde el primer momento en que estamos delante del tortuoso fenómeno de las separaciones matrimoniales y los efectos que estas tienen tanto en los ex conyugues como en las personas directamente vinculadas a éstos.

Como su título indica, esta es una cinta sobre lo que queda cuando ya no hay ni pizca de amor, cuando los días felices han desaparecido y sólo queda dolor y quemazones emocionales por todo el cuerpo. Es en este punto donde encontramos a Zhenya y Boris, dos personas que ya no tienen nada en común, ya no comparten nada y sienten repulsión mutua. El antaño sentimiento marital se ha convertido en odio visceral, especialmente por parte de ella.

Pero ahí queda entre ambos, ese punto minúsculo, diminuto, de unión entre ambos. Tan diminuto que ni sus padres se percatan de que está ahí, delante de ellos, observando sus discusiones constantes y viendo cómo se destrozan el uno al otro. Es su hijo Alyosha, de 12 años de edad, que día tras día llora en silencio viendo cómo sus padres ya no se aguantan mientras éstos ni siquiera se percatan de la presencia de su hijo.

Zhenya y Boris, además, ya tienen nuevas parejas sentimentales. Ella se pasa el día mirando la pantalla de su móvil, y tecleando sin parar. Boris, por su lado, ha dejado embarazada a su nueva pareja sin parecer estar muy convencido de esta nueva relación, pero dejándose querer de todos modos. Ante este derrumbe familiar que siente Alyosha tanto física como emocionalmente, un día jugando en el parque desaparece sin dejar rastro.

Es en este punto donde sus padres, que se percatan de que habían dejado al niño completamente solo pensando ambos que estaría con el contrario y de que han pasado dos días desde su desaparición, tienen que unir sus caminos para intentar encontrar el pequeño Alyosha. Y es en este punto donde Zvyagintsev se convierte en el Antonioni de la Rusia contemporánea y Loveless pasa a ser una Aventura, como la diseñada por el magistral director italiano en el año 60.

La aventura de la incomunicación

Zhenya y Boris probarán, a partir de este momento, todos los sinsentidos de una sociedad maloliente, podrida y enferma a través de un viaje para intentar encontrar a su hijo. Zvyagintsev vuelve a radiografiar a su país y su tiempo presente como ya hiciera con sus anteriores filmes, especialmente la excelente Leviatán, para retratar toda la decadencia de una nación que aún bascula dolorosamente entre pasado y presente.

Ambos emprenderán la aventura del camino para descubrir que ya no pueden aguantarse ni por una buena causa, que tienen pocos recursos para descubrir el paradero de Alyosha, que ya no saben comunicarse y que quizás nunca hayan sabido y que todo el dolor de ese matrimonio hundido sale a la superficie a la mínima ocasión.

Zvyagintsev lo filma todo con entereza, preciosismo y elegancia, lo que provoca que sea una experiencia sobrecogedora y terrible a la vez, inteligente y sórdida. Su tratamiento visual es impecable, al igual que su dilucidación de la intriga por descubrir esa aventura en común y lo que les depara a Boris y Zhenya. Quizás haya que achacarle al director y sus guionistas que no acaben de desgranar todo el relato y que queden partes ciegas que provoquen cierto desasosiego argumental.

A Zvyagintsev le prima el subrayado de la tragedia de ambos padres, en la que no hay lugar para nada que no sea cortarse las venas, y el reflejo de esas estructuras sociales que mantienen en pie a una sociedad hundida y corrupta, la de su Rusia natal con Putin dando discursos televisados.

Todo es negrísimo en Loveless, todo es sencillamente desolador. Y por ello, resulta una experiencia cautivadora y envolvente hasta su último plano.

Escribe Ferran Ramírez

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