The Disaster Artist (3)

  10 Enero 2018

Ciudadano Wiseau

the disaster artist-1El polifacético James Franco (actor consagrado amén de director de películas independientes) realiza a través de este su último largometraje —tanto como director como actor principal— un rendido tributo a la que en círculos cinéfilos norteamericanos está considerada una de las peores películas de la historia del cine: The room  (2003), de Tommy Wiseau.

Huelga decir que este homenaje es una mera excusa, un mero macguffin para reivindicar un modo peculiar y sui géneris de hacer cine, una manera de arrostrar el arte y la vida, una cosmovisión. A lo que dedica sus esforzados —y logrados— ímpetus el villano de las primeras entregas de la serie Spiderman es a invalidar desde dentro de la propia industria cinematográfica los engranajes que la constituyen, con el prurito de realizar una apología del impulso artístico, un canto del modus vivendi americano, de su esencia congénita: seguir los sueños hasta alcanzarlos…o morir en el intento.

Esta reivindicación no es individual, sino que responde a una intención grupal, amistosa, generacional: aquí están retratados los hijos de Spielberg, aquella generación que disfrutó como espectadores infantiles y adolescentes del sabor de un cine de aventuras y de ciencia-ficción remozados y revitalizados por un director que insufló un balón de oxígeno a unos géneros agónicos. Una generación que se embebió del espíritu trasgresor de los porkys y de los sucesivos desmadres a medida que afrontaba la juventud, a la par que utilizaba la verborrea del judío Allen y sus diálogos al modo de los clubs de la comedia para rebajar su sofisticación de alta cultura, apostando por el primer Woody más gamberro y grotesco.

Una generación que se nutrió de discursos de segundo orden, bien intertextualizados o bien parodiados, en donde la mención, la mirada a la realidad de una manera directa era prácticamente imposible. De ahí la proliferación de prefijos: post-modernidad, meta-ficción… De ahí la necesidad de conocer el código, de compartir un imaginario referencial común para hilvanar los nuevos discursos, las nuevas producciones, con ese sabor a guiño implícito, a codazo de complicidad por ser copartícipes de un mismo entendimiento común, anclado todo este nuevo océano significativo y simbólico en una ampliación desbordante y desmesurada del concepto de cultura, sin distinción entre alta y baja, pues al fin y al cabo todo es mercancía y no hay que renunciar a ningún nicho simbólico-cultural-económico.

Y, a pesar de esta constricción de referentes, de este aire a cogollito generacional, el filme de Franco sale airoso en su empeño por exteriorizar y compartir su aparente reducida esfera cultural y artística. Y entre el cogollito, destacan la retahíla de cofrades que desfilan por el palimpsesto franquiano: Ike Barinholtz, Kevin Smith (sí, Bob El silencioso), Adam Scott, J. J. Abrams, Kristen Bell, Bryan Cranston (el protagonista de la serie Breaking Bad) todos ellos en cameos más o menos directos y discretos.

No podía faltar, por supuesto, el primus inter pares Jude Apatow, protagonizando una de las más trilladas secuencias del subgénero cine dentro del cine, aquella en que el protagonista perseguidor de su oportunidad se encuentra casualmente con algún representante consagrado de la industria del cine al que le solicita, con mayor o menor fortuna, una oportunidad para demostrar su valía (Apatow interpreta al productor asediado durante una cena y renuente en un principio, fuera de sus casillas al final, con la petición del protagonista).

También desfilan actrices consagradas como Melanie Griffith y Sharon Stone, interpretando pequeños papeles como directora de escena en un teatro y productora, respectivamente. Dos de los más cotizados actores juveniles se prestan gozosamente a reírse de sí mismos: Zac Efron y Josh Hutcherson, dando vida a dos de los actores de la original The room.

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Obviamente, Franco también reconstruirá a través del paratexto los límites entre realidad y ficción. Al finalizar The Disaster Artist, se proyectan imágenes en paralelo (las mismas secuencias) de The room y la recreación de las mismas en la película de Franco, cuya voz en over se superpone sobre la música que acompaña los títulos de créditos finales: se le oye tatarear y silbar la canción que suena, en su papel de Wiseau.

En una vuelta de tuerca aún mayor, después de la proyección de todos los títulos de crédito, se nos agasaja con una secuencia añadida en la que Franco-Wiseau, acodado en una barra de bar medio borracho, recibe el ofrecimiento de un tal Henry para mitigar su soledad. El tal Henry está encarnado por el propio Tommy Wiseau. Cameo dentro del cameo… Esta secuencia sí que clausura la película, pero no su sentido.

Cabe resaltar que el director encauza toda la historia a través del punto de vista del protagonista Tommy Wiseau (al que también interpreta, claro) y cabe resaltar que la interpretación de Franco roza lo sublime, encarnando a un personaje que partiendo de lo estrafalario, estrambótico, extravagante no sólo no provoca el rechazo del espectador, sino que al final consigue su aquiescencia, su beneplácito, su identificación. Consigue que apostemos por la perspectiva vital (emocional, intelectual, artística) de un sujeto que en ocasiones raya aparentemente la oligofrenia, que transita constantemente por el filo de la navaja de la locura, pero que no transige con la resignación, con el apocamiento, con la mentira y la mendacidad.

Un antihéroe, un offsider sin vergüenza pero no sinvergüenza, dispuesto a sacrificarse en la pira de la creación artística y a arrastrar con él y con su sueño a todo el que se le ponga por en medio. Este payaso acaba convirtiéndose en nuestro payaso, en el espejo en que se ha contemplado todo este cogollito generacional y cuyo reflejo nos han querido mostrar a través de la mirada entregada de James Franco que, lo reiteramos, convierte a un tipo de apariencia y modales simiescos en un homo erectus, en un sapiens sapiens.

Así pues, este discurso parodiado se asienta sobre un texto que busca desbordarse, superar los límites de lo políticamente correcto, refutar la manera racional y productiva de hacer cine (de encarar la vida), aun construyendo otro modo paralelo e igualmente productivo (todo es digno de comprarse y venderse, de ser mercancía, ganancia).

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Las secuencias que emulan el rodaje de The room alcanzan momentos hilarantes. La audacia casi suicida, ignorante pero incandescente del protagonista, su afán incombustible envuelve la pantalla. En cierto modo, mutatis mutandis, el guión parece acogerse (no es herejía ni blasfemia) al modelo fundacional wellesiano, convirtiendo a Tommy Wiseau en un alter ego de Kane, compartiendo con su amigo Grez/Mark su sueño creador, un sueño trenzado en una amistad indisoluble (más dulce, sí, claro, que la ruptura entre Kane y Leland, esto es un homenaje —y ella misma quiere serlo— a una comedia gamberra) que una mujer —el supuesto amor—  está a punto de romper.

Que quede nítido que no se extrae ningún conocimiento sobre el verdadero ser de Wiseau: no sabemos de dónde viene, se desconoce de dónde y cómo ha extraído los más de seis millones de dólares invertidos en su proyecto onírico y surrealista, ningún atisbo de psicologismo o dramatismo en la construcción del personaje: está ahí, aparece, actúa e interactúa por un código de generosidad y sinceridad irrenunciable, sus hechos y sus actos son su objetivista ser.

Pues he aquí la causa última, el leitmotiv que acciona el resorte del personaje retratado, del propio retratista y de su coro de fans: perseguir a través del cine, del arte, la emoción del respetable espectador. Esta parece ser —es— la ley suprema de Franco, Apatow et alia: ofrecer al público un discurso basado en la sinceridad personal, que no traicione las esencias de lo que es uno mismo, aunque uno mismo sea un simple… payaso.

Una cosmovisión posmoderna y acorde con los tiempos en los que vivimos, en los que todo es objeto-mercancía-signo-exhibición-deseo. Lo privado ocupa la esfera de lo público y lo público… se difumina, se privatiza. Posiblemente lo único que pretenden Franco y Apatow y los demás es provocar esa carcajada en el espectador, esa entrega al observar algo burdo, tosco, zafio, chabacano… pero sincero, verdadero.

Como le dice su fiel amigo a Wiseau, inicialmente humillado ante las sonoras y estruendosas carcajadas y aplausos que despierta su película en la proyección de la première, ni siquiera a Hitchcock lo recibieron de tal modo (afortunadamente, claro). Posiblemente a Trump sí, pero esa es otra historia o, tal vez, sea la misma.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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