Star Wars: Los últimos Jedi (2)

  02 Enero 2018

Por fin, una nueva esperanza

los-ultimos-jedi-1El despertar de la Fuerza de J. J. Abrams pretendió una recuperación del espíritu de la saga original de Star Wars mediante el recurso a la clonación de aquello que ya había desaparecido. Como la oveja Dolly, el resultado fue desesperanzador: una quimera de muy corto recorrido que apenas pudo dar algunos pasos sin caerse sobre sí misma como la gran impostura que era. Su espíritu estaba muerto hacía años y de la carne apenas podían sacarse sabrosas chuletas: un placer pasajero. Las nuevas generaciones demandaban algo nuevo, verdaderamente nutricio.

Milagrosamente, la película triunfó en taquilla porque quizá los nostálgicos vieron en ella un recuerdo exacto de su infancia y porque los muy jóvenes no conocían bien aquellas lejanas epopeyas y se contagiaron del entusiasmo de sus progenitores.

A muchos nos desagradó y decepcionó grandemente, suponiendo no sólo el enésimo desconchón en la memoria de la saga, sino la definitiva constatación de la incapacidad de J. J. Abrams, el prestidigitador que durante tanto tiempo nos mantuvo engañados con su aura de nuevo Rey Midas del audiovisual.

Rogue One fue más honesta, al situar el final de la acción en el mismo momento en que el Episodio IV comenzaba, con lo que el recurso a la nostalgia estaba al menos justificado de un modo cronológico.

Aunque la película adolecía de los mismos defectos que todas sus antecesoras —y veremos cómo Los últimos Jedi saca petróleo precisamente de ellos—, al menos fue capaz de brindarnos una de las mejores escenas sobre Darth Vader que se hayan rodado nunca. Algo parecido a una nueva esperanza surgía de tantos años de despropósitos.

Pues bien, ha tenido que llegar Rian Johnson para que, en palabras de Kylo Ren (Adam Driver), lo viejo acabe de morir y lo nuevo pueda reinar, si es necesario, mediante su asesinato.

Esta última entrega de la Space opera más famosa del mundo por fin enfrenta sus miedos —la respuesta de la legión de fanáticos que la sostienen como culto a lo largo de las décadas— y decide hacer una película coherente, entretenida y con nuevos mimbres que la alejan tanto del acartonamiento y la repetición como de las loables pretensiones de la anterior trilogía de 1999.

Por fin alguien comprende que una película de culto no necesariamente es una buena película, una obra maestra de la cinematografía —en ese sentido casi ninguna película de Star Wars lo es, y por eso ésta, siendo de lo mejor de la saga, tiene sólo un dos—, ni puñetera falta que le hace: basta con que sea honesta, entretenga y aporte un mínimo de valor añadido a los fans de hace cuarenta años que buscan algo más que las mismas cosas que les gustaban cuando críos: en el mismo sentido, ni los críos de ahora son como los de antes, ni nosotros somos los de entonces… ¿A qué demonios viene entonces hacer las mismas películas?

El salto de calidad de Los últimos Jedi viene de la mano de su atrevimiento: ha mostrado las dos caras de los héroes intachables y de las revoluciones idealizadas, no sólo señalando sus contradicciones, sino incluso riéndose en ocasiones de ellas.

Ha hecho humanos a sus protagonistas, ha desterrado —en gran medida, pero no del todo, tampoco nos felicitemos— el maniqueísmo, y ha criticado aquello que antes nos pareció, de un modo insensato, pueril, injustificablemente bueno: los héroes que se lanzan con temeridad a la batalla, que se infiltran en la boca del lobo sin apenas opciones, no son héroes, sino locos peligrosos, o como se sugiere muy bien en una de las metáforas menos sutiles al principio de la película Kamikazes.  

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Los últimos Jedi sigue, como Rogue One, jugando con estas metáforas, de manera que todo aquél que sepa buscar encontrará gran cantidad de guiños históricos. A los ya mencionados referentes japoneses les sigue más de una apelación a la revolución rusa o las guerras de descolonización americanas y africanas y a los golpes palaciegos de Roma.

Pero además, la película de Rian Johnson se atreve con la crítica política y sociológica: dando la vuelta a la escena de la cantina de Mos Eisley con bastante más gracia que la burda copia de El despertar de la Fuerza, la acción nos sitúa en un “sitio despreciable” en palabras de Rose Tico (Kelly Marie Tran) que no es sino un casino donde los ricos traficantes de armas se solazan mientras bajo sus terrazas el mundo agoniza por el yugo del hambre y la esclavitud. En esta aventura, Rose y Finn descubrirán un secreto poco amable de la alianza rebelde, una muestra de la realpolitik que alcanza por fin al supuestamente impoluto combate ético de los opositores al imperio.

Tenemos entonces una película que abandona el infantilismo sin renunciar a la aventura, poniéndonos frente a dilemas insolubles y frente a amenazas reales: los “malos” no son tontos y las esperanzas de los “buenos” no pueden ser la única arma de su triunfo. Los héroes lo son de carne y hueso —aunque la Fuerza los acompañe y sirva más de una vez de excusa para salvar situaciones poco realistas— y dudan y fallan a veces de modo estrepitoso, comprometiendo el triunfo y la supervivencia de sus protegidos.

Los últimos Jedi supone por todo esto una revitalización de la saga, que enmienda con provecho los reiterados errores de otras entregas y que gracias a ello me atrevo a decir que es la mejor película del ciclo desde El Imperio contraataca (1980).

No puedo entender, por tanto, las críticas de algunos fans que hablan de traición al espíritu o de típico producto Disney, siendo como es una salvación mediante reflote del mismo, y además el episodio más oscuro y ambiguo de todos, alejado de las florituras de la corporación del viejo Walt.

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Y es que Rian Johnson sigue golpeando fuerte y a veces al hígado, como lo hizo con aquel acto nefando de Bruce Willis en Looper (2012) que nos descolocó a todos. El autor de la dura Brick (2005) quizá sea el mejor realizador para poner al frente del resurgimiento de una saga que necesitaba una buena sacudida.

Por ello tampoco puede entenderse la afirmación totalmente gratuita de críticos de vejiga floja que dicen ver en esta entrega más de lo mismo; el ínclito emisor de tal comentario debió pasar más tiempo del debido en el excusado y se perdió gran parte del metraje para decir esas cosas, porque hay tantas rectificaciones en esta película, que más bien cabe comprender a quienes la critican por revolucionaria.

Para su alivio —no sólo físico— cabe decir que en esta película se recupera al Yoda original en forma de animatronic y que siendo —como dice el mencionado crítico— un personaje fascinante, no podía dejar de realizar actos fascinantes, aunque para algunos resulten heréticos: Yoda sigue siendo maestro de maestros y no pierde ocasión para enmendarle la plana al mismísimo Luke Skywalker (Mark Hamill), el mismo huérfano desorientado de siempre, tan fuerte, tan desvalido, tan lleno de dudas humanas.

Por último, cabe señalar otras enmiendas que han resultado enriquecedoras para el resurgir de la fuerza en esta entrega: sigue habiendo guiños a otras películas de la saga, pero los denominados easter eggs son tan sutiles que no cabe verlos más que como eso: chispazos de complicidad con los fans.

Por otro lado, los comic reliefs son ligeros —no impresentables, como Jar Jar Binks—, y atesoran cierta carga ética: Chewbacca es un involuntario protagonista de esta vis cómica de la película al enfrentarse a una desafortunada cena, con unos personajillos que por primera vez no producen rechazo. Por otro lado, Finn ya no es el estúpido insoportable que era y ha abandonado aquel antiguo rol para crecimiento de su personaje y de su importancia en la aventura.

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Otro tanto le sucede a Kylo Ren (Adam Driver), mucho mejor definido: siempre necesitado de aprobación y con mimbres de villano resolutivo, pero también en exceso impulsivo. Atentos al combate soterrado entre él y su comandante, el General Hux (Domnhall Gleeson), por el ejercicio legítimo del poder en la Primera Orden, porque dará mucho juego en próximas entregas.

Como se ve, se aprovechan antiguas debilidades de entregas anteriores para convertirlas en fortalezas, y casi siempre, desde la construcción de los personajes.

En ese mismo sentido, Rey (Daisy Ridley), no será una discípula entregada y sumisa. Protagoniza algunas de las escenas más extrañas de un filme que no responde a todos los enigmas, pero que señala la fuerza de alguien que está dispuesta a ir más allá de la obediencia ovina: se atreve a darle algunas lecciones al propio Luke, cosa que tampoco parece haber gustado a algunos fans.

Los personajes de Leia (Carrie Fisher), o el personaje de Benicio del Toro y Laura Dern como Amilyn Holdo, aportan sobre todo inteligencia, a veces luminosa, a veces oscura, a veces ambigua... Todo un desafío para una epopeya que siempre ha construido de la oposición entre oscuridad y luz una paleta ausente de grises.  

No creo que sea necesario alargarlo más para decir lo obvio: el episodio octavo ha sido un revulsivo para una saga que se apergaminaba por momentos. Unos pergaminos que Johnson ha acabado por incendiar de un modo metafórico.

Nadie debe esperar encontrar una película brillante que deba pasar a la historia. Es simplemente un producto de entretenimiento que cumple con algunos cánones y que puede avanzar gracias a la ruptura de otros, innecesarios, caducos, perjudiciales.

Quizá a muchos no les guste, pero Johnson ha mostrado que hay fuerza más allá de los Skywalker.

Esperemos que este auténtico fan dirija muchas más entregas.

Escribe Ángel Vallejo


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