En la playa sola de noche (3)

  19 Diciembre 2017

Después de todo

en-la-playa-sola-de-noche-1¿Qué ocurre cuando todo acaba, cuando está en trance de acabar y se es consciente de ello?

Esa es la cuestión que plantea y a la que intenta dar respuesta la última película que nos llega de Hoong Sangsoo, la segunda este año tras la magnífica Lo tuyo y tú, pero que tampoco es la última, ya que quedan pendientes de estreno otras dos obras.

Lo que queda bien podría ser lo que nos transmite el plano final de la película, una suerte de compendio de lo que ha ido desgranando desde el inicio, cuando arranca con el primer plano de la protagonista Young-hee (interpretada de forma magnífica, y así se lo reconoció premiándola el Festival de Berlín, por Kim Min-hee) que se abre para englobar a su interlocutora, pero que establece ya un juego de fuerzas que no se va a resolver nunca. En ese plano final de la joven caminando frente al mar, éste, recurrida metáfora de la libertad, adopta más bien un tono áspero, casi amenazante, espejo de un futuro preñado de la desolación que la semilla originaria ha introducido en esta especie de historia, que ni eso es.

Sería si acaso un fresco, una mirada, un informe de los restos del naufragio. Y hasta, podríamos decir, la dación de fe de una claudicación.

Y es que, cuando todo acaba, lo que acontece es la soledad, y la película es una meticulosa descripción de las formas que ésta adopta, de los esfuerzos para escapar a ella, de la dolorosa constatación de que tras las apariencias acecha implacable, de su desesperanzada asunción.

Los personajes construyen una poblada gama de seres abandonados, algunos de los cuales ni siquiera son del todo conscientes de su situación, mientras que otros lo tienen tan asumido que parecen condenados a vivir eternamente ese abandono, como si se hubieran corporeizado en él. Es el caso de la amiga a la que Young-hee visita en Hamburgo, quien también ha puesto fin a su relación, y que se refugia ahora en un aislamiento que no quiere romper.

También ocurre así entre la pareja del bar, los cuales viven su relación de una manera tan opuesta, y hasta resignada, que son casi un ejemplo paradigmático de la destrucción que anida, y que se acabará revelando (eso en el mejor de los casos), en semejante noviazgo.

En ocasiones el aislamiento se disfraza. El alcohol, las risas, las bromas parecen ejercer de antídoto del soterrado dolor. La expresión máxima podría ser el beso entre las dos mujeres en esa reunión llena de tensiones. ¿Un puente hacia un estado distinto? No. Como tantas otras veces (el viaje a Hamburgo es una de ellas) no se trata más que de otro callejón sin salida, un intento de romper un muro que la película presenta como infranqueable.

Como decíamos, unos personajes se han resignado, otros no. La protagonista es uno de estos últimos. La postrera escapada tiene forma de sueño, cuyo despertar la devuelve al abandono de la playa, de su soledad. Y ahí es donde llega el plano final que deja inconclusa la película.

La puesta en escena cuida los elementos que colaboran en la plasmación de este estado de ánimo, sea la presencia del ignorado, y un tanto fantasmal, limpiador de cristales en el hotel, sea el afán por el tabaco de los personajes. La salida a fumar que se repite una y otra vez a lo largo del metraje introduce sutiles acentos que dotan de densidad a las imágenes en apariencia intrascendentes. La salida a fumar es ante todo eso, una salida, un desplazamiento, un desarraigo, una convivencia interrumpida. Y a la vez es la búsqueda de un momento de soledad que, aunque en ocasiones resulta compartido, transmite siempre la sensación de tratarse de una compañía ocasional y pasajera, destinada a desaparecer y restituir el abandono inicial. Aunque se encuentran en el mismo lugar, los fumadores no son otra cosa que abandonos yuxtapuestos.

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Y el cigarrillo significa también la intemperie, la pérdida del cobijo, de la protección que la casa ofrece, la exteriorización del gélido interior de los personajes.

El estilo narrativo que adopta Sangsoo adquiere la forma de largos planos fijos que dejan actuar a los personajes. Se confía en que sus conversaciones y sus actitudes vayan construyendo y desvelando sus estados de ánimo. Hasta que en determinados momentos la cámara parece esforzarse por salvarlos. Y es así que en ocasiones los primeros planos se abren con un súbito zoom para romper la soledad del encuadrado. El juego de los planos actúa no sólo como testimonio de lo que ocurre, sino como impulso a la corrección de una situación dolorosa.

Sin embargo ese impulso resulta siempre baldío. Se fuerza a los personajes a una integración, a una comunicación, que ellos mismos se ven incapaces de mantener. Es como si la cámara les ofreciese una oportunidad que acaban desperdiciando porque no son capaces de aprovecharla.

Y de ahí que el alejamiento sea también en ocasiones acercamiento, y que las panorámicas aíslen tanto como integran, como si la misma sintaxis fílmica acabase admitiendo, tras sus esfuerzos en sentido contrario, el fracaso de lo que está contando.

No se trata pues de un cine naturalista, de una mera constatación neutral de una situación establecida. La implicación de la forma en el fondo posee la suficiente potencia para desmentir aquella opción. Los toques surrealistas, los ocasionales recursos al humor, finalmente amargo, la insistencia en un planteamiento que no teme la redundancia, y la peculiar manera que tiene el director de inmiscuirse en lo narrado, representan un diáfano testimonio de que estamos ante un cine singular, arriesgado.

A la salida de la proyección a la que asistí un espectador se refería a la película, entre burlas, como un tostón aburrido e insoportable. Como si eso fuera un criterio para valorar lo que acabábamos de ver. Estuve a punto de recomendarle una visita al circo. O una cena de empresa.

Escribe Marcial Moreno  

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