Kékszakállú (2)

  12 Diciembre 2017

La mirada de Gastón Solnicki a la ópera húngara

kekszakallu-1Influenciada de manera bastante oblicua por El castillo de Barba Azul, de Béla Bartók, la película del argentino Solnicki sorprende tanto en forma como en contenido, si es que lo tiene.

En la pieza musical de 1918 conocemos la historia de Judith, que sigue a su amado duque Barba Azul hasta su castillo, donde obtiene siete llaves de siete puertas, detrás de las cuales se encuentran los temores y los errores del pasado del duque, imágenes alegóricas de la lucha entre la luz y las tinieblas, el amor y la sangre.

En la cinta, sin guión de ningún tipo, posamos nuestra mirada en un grupo de amigas en plena transición hacia la adultez, afligidas por el confort de clase y que buscan su sitio en el mundo. Una sucesión de escenas sin nexo aparente a veces enfatizadas por la aparición estridente de la música original de la ópera, contrapunto extremo a la calma que impregna el resto de la película.

Estética estática

Solnicki, que alcanzó cierto prestigio con su documental Papirosen en 2011 (mejor película en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires), nos ofrece ahora su mirada fragmentada acerca de la vacuidad del pudiente, el lado oscuro de una realidad idílica pero insulsa.

Una historia construida desde la improvisación narrativa, no así desde el punto de vista formal, con una composición de planos extremadamente cuidada: imágenes geométricas, etéreas, sin apenas movimiento de los actores.

Una especie de anemia cinematográfica que sólo se rompe cuando entra la música, un juego compositivo en el que la búsqueda de significado depende más de la intuición y la voluntad del espectador que de los méritos de la propia película, que parece hecha con la intención de retratar algún tipo de ausencia pero que no nos dice cual.

El viento en los árboles

Ya lo dijo David W. Griffith. Para el llamado «padre del cine moderno», el viento en los árboles supuso abandonar los estudios cerrados y salir al mundo, la búsqueda incesante de la realidad, el motor del cine.

Solnicki busca otra cosa, algo más del estilo de Robert Bresson, que también quería traducir el viento invisible por el agua que escupe a su paso, pero sin la pulsión narrativa del francés. El énfasis del drama a través de la contención fracasa en Kékszakállú, la ausencia narrativa sin un objetivo claro resulta desconcertante y la necesidad constante de la película de definirse por lo que no es hace que se olvide de decirnos qué es.

De entre tanta sofisticación hueca, sí destacamos a Laila Maltz, quizá no tanto por su méritos interpretativos sino por tener esa imagen frágil y encantadora que destaca entre tanta pretenciosidad. Suyos son los dos momentos con mayor significado del relato, mirando desde fuera al grupo de estudiantes, desubicada, y luego huyendo, cruzando el río en barca, una especie de Caronte para ese espíritu errático.

La película del eterno tal vez. Tal vez existan referencias meditadas a la crisis argentina de 2001, tal vez una crítica soterrada a la generación “ni-ni”, tal vez una intención en el enfrentamiento de espacios, Punta del Este y Buenos Aires.

Pero todo resulta tan anárquico, tan fatuo, que a uno le queda la sensación de estar buscándole tres patas al banco, agua en medio del desierto.

Escribe Rubén Tellería


Más información del film:
Kékszakállú

kekszakallu-2