Coco (3)

  10 Diciembre 2017

No todo debe ser técnica

coco-1Más de una vez se ha recurrido al concepto de la “Disneyficación” de Pixar para señalar una aparente decadencia en la originalidad y atrevimiento argumental de la productora de Ed Catmull y John Lasseter.

Esto es así porque desde que en 2006 la gran corporación absorbiese de facto a su antigua colaboradora, nombrando a sus fundadores presidente y director creativo de Walt Disney Animation Studios, respectivamente, los contenidos de ambas productoras han venido padeciendo un efecto de vasos comunicantes no siempre pernicioso para sus películas.

Para sorpresa de muchos, Disney empezaba a hacer productos frescos y resultonamente gamberros como Zootrópolis (2016) y Pixar se descolgaba con guiones más blancos y familiares del estilo de Del revés o El viaje de Arlo, diluyendo en parte la dura crítica antropo-sociológica de películas como Wall·E y Up!, o mitigando los juegos de luces y sombras de las relaciones entre sus personajes, como sucedía en filmes como Toy Story o Monstruos, S. A.

Estos cambios eran bienvenidos en lo que respectaba a la productora matriz, siempre asociada —a veces de modo injusto— a la ñoñería y el rancio conservadurismo de sus películas clásicas, pero despertaban cierto resquemor en los más “progresistas” espectadores de Pixar, que veían cómo la osadía de la marca del flexo menguaba a medida que su público objetivo se agrandaba.  

El equilibrio entre líquidos ha llegado, por si no se esperaba, de la manera más gráfica posible: Disney ha colado un corto navideño basado en los personajes de uno de sus clásicos contemporáneos, Frozen, como prólogo a una de las películas más familiares pero menos mordaces  de Pixar.

Ni que decir tiene que esto no es un buen comienzo, no sólo por lo que significa —la efectiva equiparación de estilo, contenidos y marketing pre-navideño de ambas productoras—, sino porque Frozen, una aventura de Olaf, no pasa de ser un corto mediocre. Sus males, aunque corregidos y aumentados, son también en cierta medida los de Coco: la técnica de animación es tan depurada que los personajes hasta respiran, pero la historia está tan plegada a la escaleta, es a veces tan previsible, que pocas veces deja lugar para el asombro.

Pero no debemos ser injustos con Coco porque cuando quiere deslumbrar, la última creación de Pixar lo consigue.

Como es de esperar, continúa epatando en el apartado técnico: los volúmenes son espectaculares —hasta para la versión en 2D—; los rostros plegados de arrugas, de pequeñas imperfecciones —como ese gracioso hoyuelo del Miguel, el protagonista—, son el complemento perfecto a la muy discreta y cuidada caracterización étnica de los personajes, que abunda en todas las tipologías humanas del México contemporáneo. El colorido es llamativo y onírico, del mismo modo que mágicos y realistas son los fondos y paisajes, cuidados hasta el mínimo detalle.

Aunque llegados a este punto nadie pueda dejar de sospechar que estos elementos gráficos puedan estar inspirados, en cierta medida, en esa otra obra con la que comparte temática que es El libro de la vida de Jorge R. Gutierrez (2014), habría que señalar que quizá la raíz común de ambas realizaciones se encuentre en la obra de José Guadalupe Posadas y que no cabría señalar a una como plagiadora de otra sin ser injustos con alguna de ellas.

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Todo lo dicho debe servir para señalar Coco vive de un modo principal de la técnica, pero no sólo de ella. Igual que lo hacían los clásicos Disney, la última producción de Pixar apunta directamente a las emociones.

En este caso, la idea es colocarnos frente a un acontecimiento conyugal que marca el devenir de toda una familia a lo largo de las generaciones. Como señalando que las bolas de nieve pueden transformarse en ciclópeas amenazas y que las pequeñas afrentas pueden convertirse en guerras —con la condición de que pase el tiempo suficiente y se obvien los detalles—, Lee Unkrich y Adrián Molina, los directores, nos avisan de los riesgos del seguidismo acrítico hacia nuestros mayores, de los pactos de silencio familiares y de los prejuicios emotivos ante los distintos modos de vida, base de casi todos los odios irracionales.

Dentro de este apartado “pedagógico” de la película hay una dicotomía interesante: resulta apropiado acordarse de los difuntos, como es tradición en México, pero es recomendable hacerlo sólo para honrar su memoria: si el rencor es la base de ese recuerdo —que paradójicamente deviene en olvido—, se corre el riesgo de cometer serias injusticias... para toda la eternidad. Esta es una característica típica del “mensaje Pixar”: mírese con cuidado aquello en lo que se cree irracionalmente, porque puede tener consecuencias indeseables.

Pero, como ya hemos sugerido, en Coco esta característica viene endulzada con la marca de estilo Disney: el tiempo acaba por poner a todos en su sitio porque hay una especie de compensación metafísica, así que no te preocupes demasiado si han cometido contigo una injusticia porque será reparada por el destino.

Esta curiosa dicotomía se aprecia también en las motivaciones de los personajes. Hay un principio individualista típico del American Dream, que sugiere aprovechar tu momento y llegar a ser lo que quieras... a costa de todo. En Coco, como ya sucediera en Zootrópolis, se impone el criterio Pixar para como mínimo modular este principio, por no decir que se critica de un modo severo en las actuaciones de algún personaje. Sin embargo, no acaba de ser descartado porque contiene un elemento virtuoso —el que la sigue la consigue— que siempre merece ser señalado vívase donde se viva, al sur o al norte del Río Bravo.

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Otro aspecto reseñable es la profunda y efectivísima carga emotiva. Es fácil dejarse llevar por el encanto de las canciones interpretadas por los personajes y lo que significan en cada momento. El desvelamiento del misterio final —por lo demás no demasiado misterioso— está tan bien conducido, que uno es incapaz de sustraerse a la magia del momento culminante, aunque sepa que lo están engatusando con los viejos trucos de un prestidigitador muy hábil: si algo tiene Pixar es esa capacidad de maravillarnos con la perfecta ejecución de una técnica emocional. Lo logró con el prólogo de Up! y lo logra ahora con el desenlace de Coco.

Así pues, en Coco nos encontramos un intercambio perfecto entre los viejos patrones de Disney con las más atrevidas características Pixar, una receta infalible para el éxito en taquilla, si bien no tanto para gloria artística y cinematográfica.

Porque dicho todo esto, reconocidos los méritos de una película que puede hablar de México, sus tradiciones, valores y personajes famosos —todo un elenco dentro del filme— sin caricaturas en un contexto sociopolítico en que el país norteamericano parece ser víctima propiciatoria de todos los males, cabe señalar que Coco no está a la altura de lo que se espera de la creatividad fabuladora de Pixar.

Demasiados clichés en una historia plana, apenas disimulados con repentinos giros de guión que sólo descolocarán momentáneamente a unos pocos. La sensación que se tiene con Coco es que es una película de momentos construida sobre un armazón anodino, como bolas de navidad en un árbol de plástico. Estos momentos son sin duda brillantes: sin hablar del epílogo, son magníficas las escenas del viejo espíritu moribundo, o la primera actuación de Miguel y esa versión final de La llorona interpretada por uno de sus antepasados, que tocará el corazón de muchos; pero esos chispazos de genio no llegan para elevar a Coco a la categoría de perdurable obra maestra.

Sí pueden, sin embargo, servir para constatar que la banda sonora es uno de los elementos mejor construidos de la película, en la medida en que se recurre a clásicos muy reconocidos y reconocibles insertados perfectamente en la trama y en el momento preciso, sin tener la sensación de “pegote” que transmiten algunos musicales de Disney.

Coco parece apuntar en la dirección correcta de la recuperación de la excelencia artística de la productora. Le sobra fuerza visual y apenas le falta subtexto, pero sin duda debe trabajar aún más sus historias. No puede dejarse llevar por la molicie “disneyficante” que cada año colocaba productos clónicos en cartelera. Tampoco puede vivir de secuelas y sagas. Los que la admiramos, estamos esperando que vuelva a sorprendernos de nuevo con una fábula impactante.

Al menos, ahora, ha conseguido que volvamos a abrir los ojos para prestarle atención.  

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre Pixar y Disney:

http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/4347-buscando-a-dory-2 
http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/4074-del-reves-3 
http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/4491-vaiana-3 
http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/4264-zootropolis-3 
http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/3889-big-hero-6-2%20 

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