Translúcido (3)

  06 Diciembre 2017

Candidata de Ecuador a los Goya, intimista y trascendente

translucido-1Rubén, fotógrafo inmigrante en Nueva York, diagnosticado con cáncer de páncreas terminal y con una esperanza de vida de dieciocho meses con quimio y radioterapia, decide poner fin a su vida por sus propios medios. Esta es la premisa de la cinta candidata por Ecuador a los Goya de este año, que nos muestra las últimas horas del personaje interpretado por Roberto Manrique en su intento por atar los últimos cabos sueltos para poder marcharse en paz.

El guión, escrito por el propio director, Leonard Zelig, cayó en manos de Manrique cuando éste buscaba un mercado más próspero que el de su Venezuela natal, y así Ecuador nacionalizó esta pequeña película, con su actor protagonista también como productor, que se aleja del cine social que viene caracterizando al país latino.

Un total de once días de rodaje en Estados Unidos y siete en Ecuador, un presupuesto de doscientos mil euros y siete actores, cifras modestas para este drama con ambiciones que ya atesora premios a la mejor película en el festival de Guayaquil, el festival La Casa Fine Fest y en el Ecuadorian Film Festival.

El canto a la vida del condenado a muerte

La historia arranca con un brillante amanecer en un tejado de ladrillo, verano en la ciudad. Con un tono intimista, despojado del drama inherente a la propia muerte, enseguida comenzamos el viaje acompañando a Rubén, joven, soltero, lúcido, en su despedida final. Un relato fragmentado, en el que las escenas casi se cuentan por planos, un montaje coherente con el tono, sosegado y distante.

Se trata de una película militante, que aborda el tema del suicidio asistido: Rubén quiere morir en sus propios términos y no puede confiar en que cuando él se encuentre impedido la ley lo ayude, debe hacerlo él mismo. No es una idea nueva, Dalton Trumbo ya reflexionó sobre ello en Johnny got his gun a principios de los 70, al igual que Amenábar con Mar adentro y Barry Levinson en You don’t know, Jack. Distintos enfoques con un mismo trasfondo. Aquí nuestro protagonista no ha llegado aún a ese estado de desamparo, ni tiene intención de hacerlo; pero su entorno también le apoya, la reflexión es la misma.

Es esa diferencia de estados la que permite a Zelig ahondar en la otra lectura de la peli, que es intolerable que demos por sentado un regalo tan precioso como es la vida, que el «demasiado tarde» existe, que es un peligro real. Sirva de ejemplo el personaje de la madre, retratado por su ausencia.

Rubén, en pleno uso de todas sus facultades, goza no sólo de la oportunidad de compartir con sus amigos sus planes y la trascendencia de su decisión sino de descubrir sus anhelos reales gracias a la «translucidez» que da saber cuánto suma el recuento de tus horas. La paternidad, la búsqueda de significancia.

Una propuesta demasiado sobria

Es una película honesta y sencilla, que establece las relaciones humanas como patrón definitorio de unos personajes de los que apenas sabemos nada, ellos mismos son su propio contexto. No resulta estridente ni pedante pero coloca al espectador en una posición demasiado alejada, estamos demasiado distantes de Rubén y, aunque la película sí emociona al final, no terminamos de meternos en situación.

Roberto Manrique resulta demasiado sonriente y con un pulso demasiado firme. Por otro lado, la historia, aparentemente inconexa, enseguida va tomando forma gracias a los personajes secundarios, pero la familiaridad entre ellos que Zelig nos quiere mostrar resulta a veces un poco artificial pese a que el equipo ha reconocido que parte de los diálogos eran improvisados.

Tiene momentos logrados, como el ceviche que Rubén prepara con mimo y come solo en su cocina, la llamada vía Spype entre Manrique y Andrés Crespo, el único amigo al que vemos recibir la noticia del plan de suicidio; y la música, de Cristina Morrison (que además actúa en la cinta), el único elemento que marca el compás de los latidos de Rubén.

Es, en definitiva, una buena película, pero demasiado sosegada en su trascendencia. Un servidor necesita de aguas más bravas para mover el molino.

Escribe Rubén Tellería

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