Thor: Ragnarok (2)

  04 Diciembre 2017

Desde Asgard con humor

thor ragnarok-1Hace bien poco, en la crítica de Guardianes de la galaxia, Volumen 2, el que suscribe ponía a Thor como ejemplo de superhéroe intachable y serio. Esto era así porque las películas protagonizadas por Star-Lord —y también Deadpool, en una medida diferente— se tornaban en alegre contrapunto a la seriedad autoimpuesta por el dramatismo épico de las aventuras de la Marvel.

Las películas de Thor, a la sazón héroe cargado de historia y mito, debían ser respetuosas con el legado de generaciones que se habían nutrido de la literatura fantástica de las sagas —al menos en la medida en que una película norteamericana pudiese ser respetuosa con los mitos de la vieja Europa— y estos anhelos tuvieron fiel reflejo en la primera entrega de la serie, dirigida por el siempre excesivo y grandilocuente Kenneth Branagh.

Para el británico, el drama shakesperiano parecía acorde con las intrigas familiares de Odín y en coherencia con ello compuso una obra desmesurada y retórica. De un modo paralelo, casi todas las películas del Universo Marvel fueron tornándose oscuras, con accidentales toques de humor, pero partícipes de un telos trágico que no tenía nada que envidiar a las antiguas epopeyas, eso sí, preñadas de High Tech y sentido pirotécnico del espectáculo.

Pero nadie sabe muy bien si por el filón descubierto con Los guardianes de la galaxia, por la indudable vis cómica de Chris Hemsworth, o por la querencia por el sarcasmo de Taika Waititi —el pintoresco realizador que antes alumbró esa pequeña maravilla que es Hunt for the wilder people—, esta última entrega de Thor ha hecho saltar por los aires el libro de estilo de Marvel y se ha lanzado directamente al género de la comedia, no sin matar a algunos personajes relevantes y destrozar algún icono aparentemente indestructible en el camino.

Lo cierto es que la cosa funciona: puede que no vayamos a tener una película memorable sobre superhéroes —y bien visto no hace ni puñetera falta, dado que ya existen unas cuantas que se ocupan de ello—, pero creo que por lo general nadie puede decir que ha pagado una entrada por nada.

Digo por lo general porque quiero ser prudente sobre esto: siempre están los puristas que consideran una herejía el hecho de partirse la caja con un dios —nunca mejor dicho— del cómic, pero debo insistir en que el espectáculo está bien dimensionado y los buenos momentos exceden con mucho los sinsabores. Si estás dispuesto a ver cómo dos de los más circunspectos personajes del universo Marvel (Thor y el Doctor Strange) se desenvuelven en una escena típica de las comedias de situación, entonces esta es tu película. Pero si has asentido demasiado rápido, debo advertir de que ésta no es la única gran herejía de Waititi. Veamos...

Primero tenemos el enfrentamiento con Loki: cuando todo el mundo esperaba una gran venganza del dios del trueno sobre el engañador de Asgard por su nefanda traición, en una de las primeras escenas —con cameos memorables— Thor se muestra magnánimo con su hermano porque comprende que nada puede hacer con un bufón mediante la fuerza y decide medirse a él en el terreno de la astucia y el cachondeo. Esto descoloca no poco al respetable, que se queda sin su ración de venganza testosterónica, pero obtiene a cambio una serie de collejas dialécticas que no sólo son menos insanas, sino que convierten a la película en un entretenimiento más apto para menores.

Luego tenemos a Hulk —el otro vengador perdido— que forma una pareja estupenda con Thor. Hay que decir que a mí personalmente me cae mejor el bicho verde que el sosainas de Banner, pero que yo muestre aquí mis preferencias no es un ejercicio de narcisismo, sino el señalamiento de uno de los gags más afortunados de la película que inciden en la renacida astucia del rubio del martillo: hay doblez, no pureza divina en el vikingo del cielo. Hay que decir, en este caso, que de casta le viene al galgo: el personaje de Odín deja bien a las claras que el padre de todos no ha hecho tortillas sin romper huevos, y que su imagen intachable proyecta, como la de Thor, Loki y demás asgardianos, sombras nada tenues.

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Este apunte, uno de los pocos elementos “serios” de la película, nos hace ver que se han traspasado las fronteras de los géneros, pero no que se hayan trocado absolutamente: las historias de héroes y dioses también son trágicas, por muy graciosas que resulten, y la dignidad del personaje encarnado por alguien como Anthony Hopkins  no iba a desaparecer bajo los brochazos del más ocurrente sarcasmo así como así: aunque “Odín” —así, con comillas— tiene su momento lúdico en las primeras escenas de la película, no deja de ser una deidad suprema a la que se debe respeto. Su intervención, casi como Deus ex-machina, resulta la clave de bóveda de una película que retoma sus aires míticos en la medida en que sienta doctrina sobre qué sea un pueblo y qué sea el fin de un mundo: la interpretación, elemento primordial en toda narración mítica, halla su lugar en la boca de un dios que habla misterios, pero que dice verdad con ellos.

Por último, el personaje de Jeff Goldblum, tan exagerado como necesario: un sátrapa envanecido y tramposo, carente de moral pero no de sentido del espectáculo, que se constituye en la antagónica forma de gobierno de Odín, pero que también comparte sus luces y sombras. Es éste, desde luego, el retrato de algunos de los más famosos gobernantes de hoy día, a los que no nos atrevemos a poner nombre.

Es muy interesante también el duelo femenino, no por cuestiones de género, sino de personalidad: la poderosa presencia de Cate Blanchett, perfecta —como casi siempre en todo lo que hace— en su papel de villana, sólo es el plato principal de una serie de personajes de gran magnetismo: la rivalidad entre Valkiria (Tessa Thompson) y Topaz (Rachel House) hace saltar chispas en pantalla cada vez que coinciden en plano. La química entre Hemsworth y Thompson explota llevándose con su onda expansiva aquella meliflua relación de las dos primeras entregas entre el rubio y Natalie Portman. Al bebedor de cerveza le va más una cazarrecompensas jugadora y alcohólica que una dulce empollona.

Como se ve, nada excesivamente delicado o profundo. Nada que vaya hacer saltar los resortes del género. Sí algo lo suficientemente ocurrente y entretenido como para mantener la expectación de una saga que podría comenzar a aburrirnos. Sí la confirmación de que Waikiki es un tipo al que quizá merezca la pena seguir la pista.

Escribe Ángel Vallejo


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