El autor (3)

  25 Noviembre 2017

Interesante y extraña oda al fracaso, al falso artista, a la vacuidad

el-autor-1Manuel Martín Cuenca vuelve a la gran pantalla para contar algo que afecta a todo artista en algún momento de sus vidas: la falta de ideas y de inspiración. El autor es también una curiosa historia sobre la manipulación y los límites morales del creador. Martín Cuenca destaca por ser un gran director de actores y plasmar grandes interpretaciones en sus obras. Anteriormente había dirigido películas como La flaqueza del bolchevique, La mitad de Óscar o Caníbal.

Es inevitable hablar del parecido existente entre el filme de Martín Cuenca y Un cubo de sangre de Roger Corman. En esta última obra se retrata la vida de un camarero de un bar de artistas al cual comienzan a adular por su gran dote para la escultura. Pero detrás de ese talento se esconde un secreto más oscuro: lo único que hace es matar seres vivos y untarlos en arcilla. Si bien es cierto que la idea de Corman es más física que la de Martín Cuenca, el cual decora su película con tintes más psicológicos, no se puede negar que ambas se asemejan bastante. Y es que el protagonista de El autor unta de arcilla la realidad para transformarla en lo que él quiere.

El autor es por tanto una oda al fracaso, al falso artista, a la vacuidad. Son muy numerosos los creadores que han manifestado explícitamente que la fuente de su arte y de sus ideas es la vida misma. Dicha mentalidad es repetida y defendida por el personaje de Antonio de la Torre en la obra de Martín Cuenca con el afán de lograr que su alumno despierte su inspiración y su voz como escritor. Durante unos instantes maravillosos que recuerdan a una de las escenas más bonitas del filme Oslo, 31 de agosto, Álvaro (Javier Gutiérrez) intenta observar, escuchar, vivir. Pero finalmente se descubre que el aprendiz no entiende, y decide tergiversar las enseñanzas de su maestro adaptando los conocimientos a su terreno. Es entonces cuando se da paso a la manipulación de la realidad, el escritor juega con la vida real como si de una ficción se tratase. Así, se oculta la verdad, y tanto su obra como su espíritu de artista quedan contaminados, condenados.

A lo largo de todo el metraje se hace patente la influencia de la literatura en la película. Ello se debe principalmente a que sabemos que está basada en el libro El móvil de Javier Cercas, pero a su vez lo vemos en los hechos de que el protagonista quiere ser un escritor y de que la historia gira en torno a su proceso de escritura de una novela. Además también encontramos la idea del personaje colectivo, algo que se reconoce expresamente cuando se cita La colmena de Camilo José Cela.

Entramos aquí de lleno en el ámbito de la interpretación, donde Martín Cuenca se desenvuelve como pez en el agua. Y es que todos los personajes que aparecen en el filme son ricos y complejos gracias al duro trabajo que existe tanto por parte de los actores como del director. Es inevitable citar los nombres de Adelfa Calvo, Javier Gutiérrez y Antonio de la Torre. Ya sean principales o secundarios todos los miembros del reparto están espectaculares.

Pero es precisamente el punto fuerte de la película lo que se convierte en su debilidad. La dedicación y devoción que siente Martín Cuenca por el aspecto actoral de la obra no es la misma que tiene por el encuadre. Ello es algo que se observa en toda su filmografía, donde encontramos filmes de una gran calidad fotográfica como La mitad de Óscar o Caníbal y otros que descuidan completamente este importante elemento cinematográfico. Y es que no debemos olvidar la imagen habla, tiene vida, refuerza el contenido de la historia y retrata el mundo interno de los personajes. La posición de la cámara, la elección del encuadre y la composición que observamos en él también han de apoyar la historia.

Martín Cuenca realiza por tanto una curiosa y extraña obra acerca del ejercicio que supone la creación artística en el cual destaca sobretodo la poderosa interpretación de todo el elenco. El autor es pues un ejercicio humilde que nos mantiene atentos a la pantalla y por momentos nos hace olvidarnos de que estamos viendo una película convirtiéndose en aquello que su protagonista no puede alcanzar: arte.

Escribe Pepe Sapena  

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