Algo muy gordo (2)

  16 Noviembre 2017

En los límites de la irrealidad

algo-muy-gordo-1No seremos nosotros quienes vayamos a poner ni un solo pero a todos aquellos directores que se atrevan a experimentar nuevas vías para el humor patrio filmado. A lo largo de los últimos años el nivel de la comedia hispana dista mucho de ser el adecuado si lo comparamos con los grandes ejemplos que ha parido nuestra cinematografía, habida cuenta de que desde hace ya mucho tiempo seguimos viviendo de los réditos del pasado, con el maestro Berlanga a la cabeza. Es algo así como aquellos míticos récords del mundo en el ámbito deportivo, a prueba de avances y nuevas técnicas. Por mucho que pasen los años en lugar de observar cómo el hito será superado tenemos la sensación de que cada vez queda más lejos.

Es muy raro encontrarnos con algún trabajo meritorio en el que el goce a través de la carcajada se asocie a una comedia rodada aquí. Sí que existen películas que pueden hacerte esbozar alguna que otra sonrisa, pero se trata de meras excepciones y en la mayoría de las ocasiones sales del cine con una sensación extraña de vergüenza ajena, seguramente con el fenómeno Ocho apellidos vascos y sucedáneos como máximos culpables.

Lo podemos decir alto y claro: nuestra comedia sigue anclada en lo populachero y pedestre. El mismo Berto Romero, protagonista absoluto de Algo muy gordo, que ahora nos ocupa, ya ha bebido las mieles del triunfo taquillero con Ocho apellidos catalanes, continuación del film seminal citado anteriormente, además de con otros títulos menos vitoreados como El pregón, Losers o Anacleto, agente secreto, todas ellas meros entretenimientos para pasar el rato y poco más.

Y parece que el cómico está cansado de que se le encasille en ese tipo de humor chabacano y se aventura a ponerse en la piel de un personaje característico de lo que los críticos más engolados ya se han apresurado a llamar posthumor. ¿Y qué es el posthumor? Según la revista Jot Down Cultural Magazine se trata, y citamos literalmente, de la tortilla deconstruida de la risa”, aludiendo a su vez a Jordi Costa, a la sazón padre de la palabreja, definiéndola como «la comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas. Puede servir para hacer comentarios sociales, políticos o puramente filosóficos».

La búsqueda de esa deconstrucción es la base del engranaje por el que se mueve la no acción de esta película: el antihéroe de la ficción luce durante casi todo el metraje un traje de captura de movimiento, anticipando una serie de efectos especiales que nunca tendremos oportunidad de ver a no ser que sea a través del ordenador; el argumento prácticamente no existe, fundamentándose el encadenado de escenas en una proliferación de diálogos que rayan en muchas ocasiones el absurdo y el surrealismo, y donde destacan sobremanera los momentos en los que los actores crecen en la retroalimentación de sus respectivas improvisaciones ante la cámara (ojo al duelo verbal in-crescendo entre Miguel Noguera y Berto Romero, de lo mejorcito de la función); el ejercicio de metacine que se quiere suponer se bifurca y lo que parece ser una cosa se convierte en otra muy distinta…

El conjunto desprende cierto aire de pretenciosidad urbanita que lo hace inaccesible a públicos menos entendidos en materias intelectuales de nuevo cuño. El humor sin gracia es difícil de digerir, pero es que además se nota cómo algunos de los participantes en el experimento hacen cara de no saber qué es lo que pintan allí, e incluso otros, como ocurre con el caso del siempre hilarante Carlos Areces, están desaprovechados.

El director de tan peculiar propuesta, Carlo Pardial, catalogado por algunos como el Woody Allen barcelonés, ya había demostrado maneras (sobre todo para los críticos más sesudos, pues el pueblo llano suele aborrecer este tipo de propuestas radicales) moviéndose como pez en el agua en el cine low cost con títulos como Mi loco Erasmus y Taller Capuchoc.

En definitiva, se echa un poco de menos un término medio en nuestro cine a la hora de abordar la comedia: si echamos un vistazo a la cosecha de este año, casi todos los trabajos presentados se decantan o bien por el humor “demasiado chusco” o bien por el “demasiado inteligente”.

Algo muy gordo sustituye la historia por la histeria, en un afán por buscar la complicidad de aquéllos que en una obra disfrutan más de los márgenes y de las acotaciones que del propio meollo del texto.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado también en Cine Nueva Tribuna 

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