¡Lumière! Comienza la aventura (4)

  13 Noviembre 2017

La belleza de vivir el nacimiento de un nuevo arte

lumiere-0Thierry Frémaux, quien es director del Instituto Lumière y también del Festival de Cannes, realiza y comenta una maravillosa obra que versa acerca de los orígenes del cine, de la forja de una leyenda. En esta aventura le acompaña el gran cineasta Bertrand Tavernier ayudándole en las tareas relativas a la producción del filme. El resultado es un agradable documental compuesto por 108 piezas filmadas por los hermanos Louis y Auguste Lumière y por varios de sus operadores, entre los cuales destaca Alexandre Promio. La narración de Frémaux es amena, didáctica, reflexiva y, sobre todo, alegre.

La creación del cinematógrafo marca un antes y un después no solo en la historia del arte, sino en la historia de la humanidad. Independientemente de quien fuese el primero en poder dotar a la imagen de movimiento (Si Le Prince, Edison, los Lumière o los Skladanowsky) lo realmente importante es el hecho de su aparición.

A partir de entonces el cine vivirá un desarrollo prematuro, pasando en un siglo por todas las etapas que han pasado otras artes en miles de años. De la prehistoria se evoluciona a lo que hoy se conoce o se comienza a conocer como postpostmodernismo. De un mundo sin imágenes llegamos al reino de las mismas.

Pero a pesar de ello el cine sigue teniendo la misma esencia que se le adhirió en el momento de su creación. Aunque hoy en día se utilice mayoritariamente como un vehículo comercial y manipulador (cosa que se ha hecho a lo largo de toda su existencia, como también en las otras artes) siempre existirá una parte de él dedicada a buscar el enriquecimiento de los espectadores. La esperanza es algo que nunca muere en el arte. Esta frase de Louis Lumière citada por Frémaux al final de la película lo explica a la perfección: «El cine entretiene al mundo entero. Enriquece las personas. ¿Qué otra cosa podemos hacer que nos genere más placer y nos haga sentir más dichosos?».

Y precisamente eso es lo que consigue esta obra, combinando entretenimiento y reflexión a partes iguales. ¿O quizás es simplemente que las meditaciones que despierta son entretenidas? Es increíble ver como se desenvuelven los cineastas primigenios grabando pequeñas escenas cotidianas, tomas que al fin y al cabo intentan mostrar el mundo tal como es. Desde sus inicios este arte tiene una vocación universal, y por ello viaja documentando todo lo que puede. Poco a poco sus precursores se van dando cuenta de lo que tienen entre las manos, y las primeras piezas de ficción cobran vida, convirtiéndose el cine de los orígenes en un curioso teatro filmado.

Más adelante se comenzarán a descubrir numerosos efectos ópticos que llevarán todo a un nuevo nivel. Y así continua su avance hasta hoy en día, donde parece que sabemos más, pero en el fondo estamos igual de perdidos que aquellos viejos exploradores, tratando de encontrar una voz que nos represente.

Igual de relevante es la cuestión relativa a lo temporal, y es que el cine es el arte del tiempo. Esto no lo hace ni mejor ni peor que el resto de ramas artísticas, pero es un hecho indiscutible el que no haya ninguna otra que sea capaz de plasmar el paso de los segundos como lo hace el cinematógrafo. Quizás en este aspecto las tres más cercanas son la fotografía, la música y el teatro. Pero la primera supone la congelación de un fragmento temporal más pequeño y sin movimiento. La segunda, a pesar de sí transcurrir en un lapso de tiempo, juega más con ciertas características rítmicas y obviamente sonoras que el cine, el cual es capaz de captar tanto la imagen como el sonido de la llamada realidad.

Con respecto al teatro cabe decir que se parece en el hecho de que ambos suceden en una línea temporal que requiere ser vista en su totalidad para conocer y valorar la obra en toda su extensión. Pero el cine es una realidad filmada y representada mientras que el teatro solo esta representado, por lo cual varían siempre ciertos elementos entre un pase y otro, en cambio una película permanece inmutable cuantas veces sea reproducida. Además, el teatro es semejante en lo que a la ficción respecta, pero jamás tendrá ese lado documental o cotidiano que si desprende el cine, esa captación del mundo tal y como es, a pesar de que la posición de la cámara nunca pueda ser objetiva.

La obra de Frémaux supone pues un maravilloso ejercicio que despierta la curiosidad e incita a la meditación, una obra que entretiene y enriquece a las personas, una película que genera placer y que, en suma, nos hace sentirnos dichosos.

Escribe Pepe Sapena  

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