El tercer asesinato (3)

  08 Noviembre 2017

Historia de un fracaso

el-tercer-asesinato-1Cuando esperábamos una nueva incursión en el mundo de la familia y la infancia, el tema sobre el que ha girado la mayoría de sus películas, según él mismo confesaba por el hecho de su reciente paternidad, Kore-Eda sorprende con una especie de drama judicial y de asesinatos, que lo sitúa más en la órbita del cine negro que en el entorno familiar.

Sin embargo ésa es sólo una impresión superficial. El director japonés se sirve del género como una estratagema para ir más allá de sus límites y abordar temas que no distan tanto de sus preocupaciones habituales, si bien el estilo y el enfoque han variado de manera sustancial.

El arranque de la película ya nos avisa del verdadero interés del autor. Contemplamos, de manera abrupta, un asesinato, pero inmediatamente nos ofrece un plano general nocturno en el que la secuencia del crimen es casi imperceptible, mientras que cobra protagonismo el fondo de la escena ocupado por una ciudad iluminada, el marco que será desde ese momento el verdadero objeto de atención. Inmediatamente después el plano se corta y enlaza de nuevo con imágenes de la ciudad, esta vez de día, pero con una luz mortecina que no representa una ruptura real con la noche del crimen. No el hecho concreto del asesinato, sino el envoltorio en el que tiene lugar va a ser el auténtico protagonista del filme.

La misma planificación, siempre próxima a los rostros de los personajes, nos advierte de las verdaderas intenciones del relato. No hay lugar para la acción, ni siquiera para el descubrimiento objetivo de los hechos, sino que se establece una indagación constante y siempre inacabada de los pensamientos, de los temores, de lo que, en definitiva, esconden estos personajes.

Si nos mantenemos en ese primer nivel de lectura la película es la historia de un fracaso. Peor aún, es la historia de un fracaso que no importa. Los espectadores, siguiendo la indagación del abogado, lo acompañamos en su sospecha, cada vez más cierta, de que no es posible averiguar qué pasó, lo cual, y ahí reside el verdadero drama, no es óbice para que se condene a muerte al acusado, dando cumplida cuenta de que lo decisivo no es descubrir la verdad sino engrosar las estadísticas de los casos resueltos, sin que importe la manera en que eso se lleve a cabo. La advertencia sobre lo caro que resulta repetir el juicio vale por sí sola para descalificar todo el sistema judicial.

Sin embargo el alcance de la reflexión de Kore-Eda va más allá de la crítica política. El fracaso de la investigación no obedece ni a la torpeza de los artífices ni a la precariedad de los medios utilizados. El problema parece ser más estructural, como si la aprehensión de lo real fuera de por sí imposible, siempre sujeta a una parcialidad que no puede salir de sí misma para adentrarse en el mundo ajeno que la dotaría de valor. El desconcierto del investigador no lo es tanto ante un procedimiento fallido como ante la propia incapacidad de acometer una tarea imposible. Como pone de manifiesto la fábula china del elefante, nuestras convicciones siempre serán parciales, deudoras de un punto de vista que distorsiona aquello que abordamos, y cuya insistencia, en lugar de permitirnos profundizar en la realidad, lo que consigue es autoafirmarnos en el error.

Y para que la sensación de frustración sea aún mayor se acaba borrando la realidad objetiva, inalcanzable para sus perseguidores, para convertirla en objeto de creación. Nuestra percepción, así, ni siquiera sería errónea, sino una mera afirmación sin sustento más allá de ella.

El episodio con los canarios del acusado nos muestra a alguien que juega a ser Dios y se regodea con ello. De hecho, si bien se mira, es él, con sus declaraciones cambiantes, quien va provocando las dudas y las certezas de quienes intervienen en el caso, quien va dirigiendo la trama por las sendas que le interesan. El acusado se comporta, en definitiva, como el director de la película, quien conduce nuestra mirada y sitúa ante ella la realidad que le más adecuada para llevarnos al lugar que decide.

el-tercer-asesinato-3

El cine como ficción, pero también como seducción, como gran mentira en manos de quien dirige nuestra credulidad más allá de lo objetivo. El cine en este caso, pero también otras expresiones de la imagen, de la información, de todo aquello que se nos enfrenta y nos convence, de todo aquello que tanta vigencia tiene y que la película recoge de manera sutil pero implacable.

Sin embargo siempre quedará en pie la última cuestión, irreductible: ¿Quién fue el asesino? La tozudez de la realidad.

El fracaso de la investigación acompaña a otros fracasos que entroncan El tercer asesinato con obras anteriores de Kore-Eda. De tal forma que reaparece también aquí el drama familiar que parecía descartado. Todos los personajes viven desgarradas relaciones con sus hijos. Desde los abusos sufridos por la hija del asesinado hasta la gélida relación del abogado con la suya. Cuando tiene que ir a recogerla a la comisaría no se le ocurre otra cosa que preguntarle por qué no ha avisado a su madre en lugar de a él, a lo que ofrece ella una respuesta pragmática alejada de cualquier calor filial.

El optimismo que a pesar de todo irradiaban las relaciones familiares en sus anteriores películas se ha tornado aquí tristeza, desolación. En Nuestra hermana pequeña el director construía una bóveda de cerezos en flor bajo la que hacía avanzar a los jóvenes enamorados, hacia un destino quizá inseguro, pero ilusionante, recorriendo un camino en sí mismo ya gozoso. Aquí los cerezos no han florecido aún. La película parece instalada en un perpetuo sentimiento de pérdida que se traduce en los tonos grises, en los ambientes lluviosos, la luz mortecina, donde apenas aparece una sola sonrisa, y en la que el único rayo de sol se proyecta en el interior de la celda del acusado en la escena en la que éste convoca a comer de su mano a unos pájaros que no acuden.

Kore-Eda nos ha mostrado, en definitiva, la otra cara de las historias que hasta ahora nos había contado. La música de Ludovico Einaudi, próxima al serialismo, acentúa ese tedio nostálgico y sin salida que toda la película compone, donde las aparentes escapatorias no son sino espectros que nos reintroducen en un laberinto que no es posible dejar atrás.

Las filiaciones cinematográficas de la obra son variadas, desde Rashomon a Zodiac o Crónica de un asesino en serie. Sin embargo su valor reside en haber sido capaz de asumirlas y ofrecer un producto original, un ejemplo más de una de las voces más personales del cine actual.

Escribe Marcial Moreno  

el-tercer-asesinato-2