Las hijas de Abril (3)

  02 Noviembre 2017

¡Madre!

las-hijas-de-abril-1Desde ya hace años podemos constatar que las cinematografías latinoamericanas están viviendo una época dorada, evidenciable en su relevante y progresiva penetración en las secciones oficiales de festivales de primera categoría, en una comercialización internacional mayor y en la realización de proyectos cada vez más ambiciosos, con la colaboración de figuras de renombre mundial.

Más allá de las facilidades que ofrece la cara positiva de la globalización, esto se debe al surgimiento de un renovado grupo de voces que, en lugar de seguir las líneas más clásicas y contribuir a la larga tradición melodramática exacerbada propia de dichos países, han seguido el camino de las tendencias europeas.

A diferencia de cineastas totémicos del nuevo continente, como puede ser Jodorowsky, su europeización dista de la experimentación radical y del juego genérico y apuesta por el melodrama de corte realista y distante. La complejidad de las relaciones interpersonales entre caracteres inestables sumidos en una cotidianidad reconocible es retratada desde una frialdad que evita ejercer juicios morales sobre ellos, en un presente que ya es imposible dictaminar qué es lo correcto y lo incorrecto.

Sobre esta base, Michel Franco —al igual que otros cineastas como Lorenzo Vigas (Desde allá, 2015) o Gabriel Ripstein (600 millas, 2015)— perfila sus obras y Las hijas de Abril no se sale de esta puesta en escena.

En Las hijas de Abril se ofrece otro episodio de relaciones humanas tóxicas y de múltiples facetas, esta vez vehiculada a través de una madre y sus dos hijas. La maternidad es abordada desde una óptica oscura, con un trasfondo malévolo, por medio de una madre dual y desequilibrada emocionalmente, a la que da vida una Emma Suárez que, dentro de su segunda juventud interpretativa, nos ofrece otra potente composición que añadir entre lo más notable de su trayectoria.

La Abril del título deambula entre la protección maternal, el interés personal y los caprichos propios de la inmadurez, resultando en un personaje de imprevisible actuación y moral dudosa que, sin embargo, no es penalizada. Tras alejarse de su madre, Valeria, una adolescente de 17 años, tiene un hijo. Ante la dificultad que supone hacerse cargo en todos los aspectos del bebé, su hermana contacta con Abril para que eche una mano con la sacrificada carga de Valeria. Cuando Abril irrumpe, al principio parece entregarse al bienestar de su hija, pero luego regresa a los caminos del egoísmo que la hicieron separarse de sus hijas, fruto de su frustración e inmadurez emocional.

Ante este texto, Franco acierta en no ser maniqueísta y demonizar a la figura de Abril, sino más bien en potenciar la ambigüedad del rol de una madre, focalizando en las varias maternidades visibles en Abril y en Valeria, cuyos modelos terminarán conectando en puntos clave. Sobre esta ambigüedad, no obstante, el conjunto parece confundir por momentos la sugestión con el hueco narrativo, derivando en ocasionales comportamientos de personajes borrosos y algunas acciones arbitrarias.

Desnuda, pausada —pero sin lanzarse de pleno al tedio—, Las hijas de Abril busca (y consigue) desde su calculada distancia generar más preguntas oscilantes en el espectador que respuestas categóricas. Porque la maternidad es una relación cambiante y voluble su percepción, y más ahora que, según el prisma, todo y nada puede ser válido.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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